Jorge Michel Grau: “Quería contar una historia claustrofóbica”

7:19 evoca el terremoto que en 1985 devastó a la Ciudad de México pero también es la metáfora de la tragedia en que vivimos
7:19
7:19 (Especial)

La mañana del 19 de septiembre de 1985, Martín (Héctor Bonilla) y Fernando (Demián Bichir) se encuentran, como todos los días, en la recepción del edificio de gobierno donde trabajan. Un terremoto derrumba la estructura y, atrapados, muestran sus miedos, prejuicios y rencores. En su filme 7:19, Jorge Michel Grau crea una metáfora del pasado y el presente del país.

¿Qué lo hace regresar al terremoto de 1985?

Tengo una afición por escribir historias de personajes en situaciones extremas. Quería contar una historia claustrofóbica, porque además lo soy. La sensación de encierro me aportaba elementos dramáticos interesantes y esto me llevó a pensar en el terremoto de 1985 para hablar de varias cosas. El rodaje no fue sencillo, por momentos sentí que se me iba la respiración porque el espacio era muy cerrado.

El guión lo coescribió con Alberto Chimal. ¿Qué le aportó a su idea original?

Aportó intriga. Aunque sabíamos los puntos nodales, él los tejió; le dio forma y vida a los diálogos.

Usa el terremoto como metáfora social y política.

Quería hablar de corrupción e incluir comentarios sociales. La metáfora de la película es que la tragedia nos está asfixiando. Estamos en la misma situación, vivimos una tragedia de magnitud similar. La única posibilidad de salir adelante es reorganizándonos. El terremoto funciona muy bien para mostrarlo.

Pese a contar con actores conocidos, la película tiene una propuesta cinematográfica arriesgada: sucede en una locación, inicia con un plano secuencia, el escenario es de encierro.

La idea es mostrar cómo el terremoto cambia la vida de esta gente. El plano secuencia inicial dura 7:19 minutos y es para mostrar el fluir natural de la vida y cómo un evento de pronto nos obliga a detenernos. A partir del terremoto la cámara es fija y estática. Por otro lado, nos interesaba hablar del destino. Queríamos que el público sintiera el terror de estar en los escombros y no poder salir.

Un poco como sucede en Rojo amanecer de Jorge Fons.

Al principio no la tenía en el radar, pero es curioso cómo se fue acercando a esa película. Uso a dos de sus actores. Ambas películas se refieren a un hecho que cambió el perfil político y social de la ciudad, y las dos ocurren en espacios cerrados de la misma zona.

¿Por qué usar elementos teatrales: el coro de voces, por ejemplo?

Disfruto trabajar con actores. La apuesta era tener a dos grandes intérpretes que actuaran con los ojos. Siempre digo que el director es el arquitecto de la carretera y ellos traen los coches. Me gusta darles libertad siempre y cuando respeten el universo de la película. El coro nos ayudó a extender la posibilidad dramática.

En otro plano, la lectura confronta al hombre y su circunstancia, algo similar a lo que sucede en 127 horas, de Danny Boyle.

Quería regresar a lo más básico de la animalidad y a la idea de tribu. Si nos despojamos de la clase social y la educación, somos lo mismo. Los personajes descubren quiénes son a partir de su circunstancia.

¿No le parece que la ficción cinematográfica tardó en reaccionar ante un tema como el terremoto?

Quizá porque era un tema muy sensible, una herida abierta. Conforme avanzó el tiempo sucedieron cosas muy importantes y los cineastas le pusieron foco a los temas inmediatos. El terremoto es más que la caída de los edificios, es algo más amplio.

En general, la ficción cinematográfica nacional no va al ritmo de la historia.

Creo que el público está acostumbrado a ver melodramas televisivos: la historia de la chica pobre que se enamora del chico rico. Una película que te obliga a pensar o ponga en cuestión tu conocimiento da flojera. Apenas ahora está cambiando con el boom de las series y de los contenidos por Internet.