Los intelectuales aún van en rebaño

Entrevista con Javier Cercas 
Javier Cercas
Javier Cercas (Marta Calvo)

Barcelona

Javier Cercas pronunció cinco conferencias en la Universidad de Oxford en 2015. En ellas habló de su obra y desarrolló la teoría de las novelas del punto ciego, en cuyo centro existe una pregunta sin respuesta clara, taxativa, aumentando con esto sus significados. “El Quijote, Moby Dick y El proceso perduran en el tiempo porque, gracias en gran parte a su ambigüedad central, a su punto ciego, no cesan de resonar en nosotros, suscitando nuevas y contrapuestas interpretaciones”, escribe en El punto ciego, libro en el que reúne esas conferencias, publicado recientemente en España por Random House Mondadori.

A comienzos de abril, en un bar de Barcelona, el autor, entre otros títulos, de Soldados de Salamina, Anatomía de un instante y El impostor nos concedió la siguiente entrevista, en la que habla de la novela, del papel de los intelectuales en una época en la que los medios de comunicación parecen devorarlo todo y de la forma lamentable con que en España se recuerda a Cervantes en su 400 aniversario luctuoso. 

En El punto ciego hablas de la mutua canibalización que existe entre el periodismo y la novela. ¿Puedes ampliar esta idea?

La idea es aún más general: la novela se define por su capacidad de devorar no solo a los demás géneros literarios, sino también a los géneros adyacentes. Para mí esa es la historia de la novela: cómo Cervantes crea un género que no se inscribe en los géneros clásicos de la lírica, la épica, etcétera, que ya estaban muy agotados por sus normas, dando lugar a un género degenerado, que se puede cruzar, mezclar, un monstruo mutante que va cambiando en la medida que devora todo lo que encuentra a su alrededor; esa es su principal virtud. En ElQuijote están todos los géneros de su época, no solo los tradicionales. Con el paso del tiempo, la novela asimila la historia con Balzac, asimila la poesía con Flaubert, asimila el ensayo, y en los últimos tiempos está asimilando el periodismo.

Esa es la virtud máxima que tiene la novela, la de devorar todo —y para mí, esa es la garantía de su perdurabilidad. Por eso, cuando se habla de la muerte de la novela, no lo creo—. La perdurabilidad de la novela depende de los novelistas, de que seamos capaces de usar toda la libertad que nos dio Cervantes. Si esto sucede, la novela va a durar muchos años. Irá cambiando y mutando como ese monstruo del que hablo, pero si nos conformamos con un modelo determinado, la novela se irá para abajo definitivamente. 

Cuando hablas de un modelo determinado, ¿te refieres a las novelas realistas, a las novelas sin punto ciego, como las llamas?

Las novelas realistas operan de un modo distinto a las novelas del punto ciego, que son antirrealistas. La novela realista es, por decirlo de algún modo, hermética, mientras que la novela del punto ciego es abierta. Es una obra en cuyo centro existe una paradoja, una ambigüedad que lo impregna todo. ElQuijote, por ejemplo, es esencialmente una novela del punto ciego, llena de ironía —que es la gran y genial invención de Cervantes—, sobre todo en la segunda parte, que parece que la haya escrito Dios nuestro Señor. Todo en El Quijote son verdades ambiguas, contradictorias y poliédricas, todo tiene doble y triple cara. Así son las novelas del punto ciego. 

Dices que toda literatura genuina es antiliteratura, de lo contrario generalmente es falsa.

Para mí esa es una convicción importante y, desde el punto de vista histórico, una evidencia. Todo aquello que digo en contra de la literatura se refiere al canon literario del momento. Ejemplos hay a montones: cuando los poetas españoles adaptan el verso italiano al castellano, no suena a literatura, suena a otra cosa, parece prosa. La obra de Shakespeare tampoco era considerada literatura, y el Lazarillo de Tormes fue una novela despreciada por los literatos.

Hay una frase sobre Kafka que dice que él no buscaba la belleza, buscaba la verdad, y esa verdad es la que busca la literatura. Cuando me dicen de alguno de mis libros: “lo tuyo parece periodismo, o historia, o ensayo”, yo digo “perfecto”, porque es lo que quiero, que suene a verdad, a algo que está ocurriendo. Digámoslo de otra manera: la verdadera literatura es lo contrario a la literatura ornamental. Por eso, cuando escribo una frase que suena bonito, la borro de inmediato. 

¿La literatura no es entretenimiento?

¡Claro que lo es! Pero no es solo eso, es también un juego entre el escritor y el lector y muchas cosas más. Las grandes novelas han cambiado nuestra percepción de la realidad, y eso es lo que debiera hacer la literatura que yo llamo comprometida, una literatura que nos compromete por entero, que no es lo mismo que la literatura propagandística, pedagógica, populista.

Una literatura como la de Kafka y Borges, que es comprometida en el sentido de que aspira a cambiar la percepción del mundo del lector, en el sentido de que lo revoluciona, en el sentido que vuelve más compleja, más intensa y más rica la vida. Eso es lo que han hecho los libros de Borges, Kafka y otros autores de literatura comprometida.

Después de leer a Kafka, uno ya no es la misma persona; después de leer a Borges, de leer a Joyce y a todos los grandes, la percepción del mundo ha cambiado. La verdadera literatura no es simplemente un juego que sirve para pasar el rato, es absurdo, eso no es literatura. 

En tu libro, citas a Mario Vargas Llosa, quien dijo que estaba dispuesto a robar a su madre con tal de hacer una obra maestra, pero tú dices que no es cierto, que a cambio de una obra maestra no solo estaba dispuesto a robar a su madre, sino a venderla a una red de trata de esclavas. ¿Hasta dónde puede llegar un escritor en la aspiración de una obra maestra?

Esto es algo que está en el primer libro que escribí (El móvil, 1987) y está en la obra que estoy estudiando de Vargas Llosa. Es fascinante y maravilloso lo que dice desde sus escritos de juventud: que un escritor tiene que ponerlo todo al servicio de su vocación, en eso no tiene límites, todo está justificado. El primer libro que escribí trata de eso: ¿cuáles son los límites?, ¿qué es justificable para escribir una obra maestra?, ¿todo está justificado o no? Ese es el tema y no tengo respuestas, solo preguntas, aunque es claro que el escritor está sometido a reglas morales, como todos. Lo de la madre fue un chiste en el fondo, una ironía. Pero lo que realmente admiro, y de joven me influyó y me dio coraje, fue la manera en que Vargas Llosa asumió su vocación de escritor. Para él, un escritor es como un héroe o un titán capaz de subordinarlo todo a su propia vocación, y esa idea me fascina. En mi primer libro me preguntaba: ¿hasta dónde puede llegar un escritor?, ¿hasta dónde es legítimo que un escritor llegue en la búsqueda del mejor libro que pueda escribir?, ¿puedo sacrificar todo, puedo sacrificar a mi familia? Como en la novela, las preguntas resultan más interesantes que las respuestas. En todo caso, no tengo respuestas claras, las respuestas siempre son ambiguas, contradictorias y, en mi caso, algo totalmente irónico. 

En El punto ciego, resulta conmovedor el texto “El hombre que dijo no”, dedicado a Kafka. ¿El intelectual debe ser el hombre que dice no?

Es lo que creo. Lo que intento en ese texto es reformular dos conceptos, dos ideas con las que nací como escritor: la idea de la literatura “comprometida” y la idea del intelectual. Nací contra eso, como gran parte de mi generación, no solo en España sino en Latinoamérica. Éramos antiliteratura “comprometida” porque la veíamos propagandística, populista, y contra la idea del intelectual, al que considerábamos una figura antipática, inútil, ególatra, frívola, soberbia, muy perjudicial en muchos sentidos (no hay que olvidarlo, intelectuales notables del siglo XX apoyaron causas atroces, espantosas), además del uso que le daban a las nuevas causas para la autopromoción y generación de prestigio.

Pero ahora, del mismo modo que pretendo reformular la idea de la literatura comprometida, también intento reformular la idea del intelectual. En los últimos tiempos, me he visto a mí mismo ejerciendo de intelectual. Resulta que escribo en un periódico nacional (El País), que no es precisamente poco leído, y es cierto, un día puedo escribir que me encuentro en Londres con Ringo Starr y otro día puedo escribir sobre mi madre, pero también escribo sobre cosas que nos atañen a todos: la polis, los refugiados, sobre si Cataluña debe ser independiente (yo considero que no), sobre la crisis. ¿Por qué?, porque soy un ciudadano y porque reivindico la figura del intelectual como un hombre que es capaz de decir lo que piensa, sin pretender que su opinión valga más que la de los demás, sin subirse al púlpito, sin depender de nadie, sin seguir las consignas de nadie.

La política es algo que nos atañe a todos. Si solo te preocupas de lo tuyo, ¿de qué estás hecho? Así es imposible ser un gran escritor y una persona decente. Cualquier persona decente hace algo que les atañe a sus vecinos, porque todos tenemos una mínima obligación para con ellos. Y en este sentido, escritores que creíamos anticomprometidos y antiintelectuales, como Borges o Kafka, para mí no lo son, al contrario.

Es mentira que Borges viviera en una torre de marfil, es completamente falso, es una tontería inmensa. Escribió grandes textos políticos, aunque no en el sentido duro de la palabra. Hay tantos relatos fantásticos de Borges que en realidad son relatos políticos; además, fue un hombre que participó en la vida política de su país.

Kafka hizo exactamente lo mismo. Es completamente falso que se hubiera perdido en sus pesadillas; sus libros son libros políticos —una cosa es la política y otra la politiquería, que es la que practican los políticos profesionales—. Kafka fue un hombre independiente, capaz de decir no, algo que no hacían los intelectuales clásicos, que eran como borregos e iban todos juntos a firmar manifiestos y ya.

En 1912, en medio de una protesta, de una batalla entre policías y manifestantes, Kafka desobedeció la orden de dispersarse y permaneció en su sitio hasta que los guardias se lo llevaron a la comisaría. Kafka, como escribí en El punto ciego, encarna la dignidad del intelectual. 

Dices que es imposible ser un intelectual decente sin ser un hombre decente.

Yo lo creo, la moral está antes que la política. Una de las cosas que más me interesa y que además está en mis últimos libros, es la relación entre la moral y la política. Es decir, una persona decente se puede equivocar políticamente, como sucedió con Borges. 

Se equivocó con la dictadura chilena.

Sí, y no entenderlo es no entender la naturaleza humana. Hubo gente decente que apoyó el comunismo, que se convirtió en un infierno que acabó con millones de personas; hubo gente intachable que apoyó a Stalin. Este tipo de cosas lo aceptan muchos, pero si yo digo que hubo gente decente que apoyó al fascismo me acusan de querer edulcorar el pasado, de ser un parafascista, pero quien no entiende esto, no entiende cómo estamos hechos los seres humanos.

En la Guerra Civil española quienes tenían la razón política eran los republicanos y quienes no la tenían eran los fascistas, pero si se piensa que por eso todos los republicanos eran moralmente buenos, que no cometieron crímenes, es absurdo, es moralmente perverso, como creer que entre los fascistas no hubo gente moralmente decente, que se equivocó en lo político pero que no cometió crímenes. Es algo que muchos no aceptan, y es un tema que a mí me apasiona. 

Volviendo a lo que mencionabas antes, ¿existen aún los intelectuales que se suben al podio, que circulan en rebaño y que creen que solo sus ideas son válidas?

Claro que existen. Por desgracia, la mayoría de los intelectuales sigue yendo en rebaño, obedeciendo consignas y utilizando las causas que defienden para su propia promoción. De los otros, de los que se atreven a decir no, existen muy pocos. Pero así ha sido siempre: Orwells hubo muy pocos, Camus hubo muy pocos… Ellos fueron rebeldes y lo pagaron, porque se paga, no es gratis. Camus y Orwell, además, les dijeron no a los suyos; siempre es difícil decir no, pero más cuando es a los tuyos. Ellos nunca se acoplaron a una ortodoxia, que es lo que hicieron y hacen la mayoría de los intelectuales; por eso su actual desprestigio. 

¿Qué tan importante es la participación del intelectual en una sociedad democrática?

Uno tiene que administrar muy bien sus intervenciones. Los medios de comunicación son invasivos y uno tiene que mantenerlos a raya, hablar solo cuando tienen que hablar, eso es lo más importante. Hay una frase que me encanta, es de una amiga de Umberto Eco que le decía: “Umberto, cada vez que no te veo en la televisión, me pareces más inteligente”.

Los medios de comunicación tienen un poder extraordinario —no solo para reflejar la realidad sino para fabricarla, aquello que no está en los medios de comunicación no existe—, por eso implican una gran responsabilidad y uno tiene que mantenerlos a distancia, tiene que usarlos también, en el mejor sentido de la palabra, no dejarse devorar por ellos para que tu voz tenga un valor y no se pierda en medio del inmenso guirigay en que se ha convertido la realidad.

Hay intelectuales a los que les encantan los reflectores, que buscan las cámaras y micrófonos.

No solo los intelectuales. En El impostor le diagnosticaba a mi protagonista una enfermedad llamada mediopatía, que no solo padecen los intelectuales, sino una cantidad formidable de gente. ¿Por qué?, porque, como te decía antes, si lo que no está en los medios de comunicación no existe, si los medios de comunicación crean la realidad, entonces la gente se angustia cuando no la toman en cuenta y se pregunta: ¿ya no existo? A los intelectuales les pasa lo mismo, no son una excepción. Pero creo que cuanto menos se aparezca en los medios de comunicación más poder real se tiene. 

Por último, en su 400 aniversario luctuoso, me llama la atención la pobreza con que se recuerda a Cervantes en España frente al despliegue que hay en Inglaterra con Shakespeare.

Es desolador. Cuando fuimos conscientes de esto, en El País me preguntaron qué opinaba y les dije: “Lo mejor que podemos hacer es regalarles Cervantes a los ingleses, ellos fueron quienes mejor lo entendieron”. Es asombroso que lo mejor que tiene no solo este país, sino nuestra lengua, lo despreciemos de una manera tan flagrante, tan repulsiva; esto delata la estupidez inmensa de los gobernantes españoles. No tengo palabras para decir lo que pienso.

Hay cosas que unen y cosas que separan a Shakespeare de Cervantes. Lo que los une es el total desdén que las elites sintieron por ellos. Las obras de Shakespeare ni siquiera eran consideradas literatura, eran algo popular y ya, y Cervantes era un autor fracasado que escribió un best seller que le valió el desprecio de la elite política, literaria, de todo tipo. Como dice un maestro mío: Cervantes nunca hubiera ganado el Premio Cervantes.

Shakespeare escribió varias obras maestras, mientras que Cervantes solo una, pero con ella crea un género inagotable. Nadie, ni siquiera él, fue consciente de lo que había hecho al escribir El Quijote, porque es un libro que lo supera por completo. Si no hubiera escrito esa obra, sería un escritor muy bueno, pero con El Quijote crea un género entero que cambia la modernidad.

Al final de El punto ciego, lo que digo es que sin Cervantes, sin su ironía, nuestro mundo sería distinto. Sin Cervantes no tendríamos las ventanas abiertas: las verdades se contraponen sin necesidad de que la gente se mate, porque son verdades ambiguas y contradictorias, sometidas a un permanente cuestionamiento. Cervantes, lo repito, crea con ese libro asombroso un género entero y acota su territorio, que es inagotable.

Por eso repugna la estupidez de nuestros gobernantes. ¿Cómo es posible que no aproveches lo mejor que tienes? La comparación con los ingleses es humillante. Shakespeare está en todas partes, y nosotros no hacemos nada con Cervantes.