Jack London: el combate en su tinta

A cien años de su muerte, Jack London (12 de enero de 1876–22 de noviembre de 1916) reclama para sí el título de pionero de la narrativa boxística del siglo XX

Le habían antecedido en la liza George Bernard Shaw y Arthur Conan Doyle. Y le sucederían muchos más: desde Ring Lardner con su cuento “Campeón”, publicado el mismo año de su fallecimiento, hasta F. X. Toole en el 2000 con Rope Burns: Stories from the Corner, el libro en que se basa la película Golpes del destino, pero como señala J. Lawrence Mitchell, profesor emérito de la Texas A&M University, a London le corresponde haber sido el primer escritor en arriesgar su reputación al adentrarse en un territorio —el de la dulce ciencia del aporreo— en el que ningún autor de respeto en Estados Unidos se había atrevido a hacerlo.

Antes que “Por un bistec” y “El mexicano”, Jack London debuta en el ensogado de las historias de púgiles con la novela El combate, hacia 1905. Para entonces —advierte Mitchell en su ensayo “Jack London on Boxing”, para la revista American Literary Realism de la primavera de 2004—, la publicación de La llamada de lo salvaje y El lobo de mar lo ubican ya como un referente de la literatura de aventuras. Y el boxeo a puño limpio del que escribieran Shaw y Conan Doyle en sus novelas Cashel Byron’s Profession y Rodney Stone va quedando cada vez más lejos de la nueva realidad del juego, ahora bajo las reglas del Marqués de Queensberry: esa de la que su obra ofrecerá registro.

Con base en su experiencia en el gimnasio y su pasión por las peleas, London construye el empalagoso romance entre Joe Fleming y Genevieve Pritchard, joven pareja de “aristócratas de la clase obrera”, que ve ensombrecida su felicidad por un final por demás melodramático arriba del cuadrilátero. A petición de su amada, Joe promete que la contienda con John Ponta —“una criatura salvaje, primordial, feroz”— será la última de las últimas. Confía en su calidad de favorito (10 a 6 en las apuestas), aunque sabe bien que “siempre puede haber un golpe de suerte, un accidente”. En medio de la reyerta, la advertencia de Fleming se vuelve destino fatal cuando el resbalón de uno de sus pies sobre la lona mojada le abre la ocasión a Ponta de juntar “las fuerzas exhaustas de su cuerpo”, asestarle un golpe violento en la punta del mentón y hacerlo volar de espaldas por los aires.

A través de un hoyo en la pared del camerino contiguo al ring desde donde sigue el tiro a escondidas, Genevieve oye el ruido seco de la cabeza contra el entarimado: sin saberlo todavía, sus ojos han visto la muerte de su prometido en vísperas de la boda.

Tres años después, un golpe de suerte en carne propia perfila el retorno de la pluma de Jack London al boxeo cuando en Australia, aquejado por problemas de salud, se ve obligado a interrumpir el sueño de su travesía por el mundo a bordo del yate Snark. Como por accidente, su estancia forzosa en Sidney le permite disponer del lugar en primera fila desde el cual, el 26 de diciembre de 1908, cubre para el New York Herald la batalla por la corona mundial de los pesos pesados entre el monarca canadiense Tommy Burns y el retador afroamericano Jack Johnson.

En un choque que describe como “un funeral en el que el fallecido fuera Burns, y Johnson el director de la funeraria, el enterrador y el sacristán”, el negro somete al blanco en 14 asaltos y, finalmente, se hace del campeonato mundial de peso completo. Por vez primera, el hombre blanco es destronado del lugar que parecía destinado a ocupar durante la existencia del pugilismo. Así parece verlo el propio London, al suscribir su crónica con un llamado a Jim Jeffries a dejar el retiro en su granja de alfalfa y volver a borrarle la sonrisa al insolente Johnson.   

A decir de George Kimball, coeditor junto a John Schullian del volumen At the Fights: American Writers on Boxing, éste sería el primer puyazo de una incansable campaña en la prensa de la época que, al cabo de un año en búsqueda de quien devolviera el título a su raza, lograría el regreso de Jeffries como la Gran Esperanza Blanca.

Inspirado en el pleito entre Johnson y Burns, en 1909, durante su trayecto de Australia a Estados Unidos vía Ecuador a bordo del SS Tymeric, Jack London escribe “Por un bistec”, quizá su relato más balanceado y evocador en torno a una pelea, en opinión de J. Lawrence Mitchell.

En una edición más del inexorable drama del relevo generacional, a Tom King le llega la hora de servir de escalón al joven Sandel. Mientras el muchacho ambiciona dinero, fama y futuro, lo único que el viejo quiere es ganarse 30 libras para saldar deudas y conseguirle carne a la hembra y los cachorros que le esperan en el hogar. Episodio tras episodio, King echa mano de toda su experiencia y artimañas para cansar a Sandel y mandarlo varias veces a la lona. En el undécimo, con el chamaco a un pelo de la derrota, le tira a la mandíbula… aunque apenas le conecta en el hombro. Había apuntado más alto, pero sus músculos no le obedecen. Con un bistec en el estómago habría alcanzado a asestar el golpe final. Recuperado, ahora Sandel es quien le apunta a la quijada. King ve venir el peligro e intenta reaccionar, pero su brazo parece cargado con un quintal de plomo: velo de noche, puñetazo de nocaut.

De vuelta a casa, Tom King se sienta en un parque donde, exhausto y hambriento, las lágrimas le mojan el rostro. Solo entonces le es dado comprender por qué el veterano Stowhser Bill también había llorado aquella noche lejana cuando él, entonces mozo, lo había apabullado: “Pues la Juventud es siempre joven; solamente la Edad envejecía”.

Otra vez en guardia de periodista, en el verano de 1910, comisionado nuevamente por el New York Herald, Jack London cumple su cita en Reno, Nevada, para la cobertura del combate del siglo, como pasaría a la posteridad el enfrentamiento entre Jack Johnson y Jim Jeffries.

En el que es calificado por Kimball como el primer circo mediático en los anales del boxeo, London reporta durante los doce días previos al encuentro, en una especie de remotísimo antecedente de la serie de televisión 24/7 de HBO. Desde su envío del 23 de junio, queda clara la magnitud de la expectativa generada por el tiro: “No había más de once corresponsales cuando los japoneses enviaron a través del río Yalu a 50 mil hombres a las garras de los rusos. […] Se jugaba el destino de grandes imperios y antiguas dinastías, y sin embargo solo once hombres estaban presentes. […] Hoy, en Reno, el número de corresponsales es diez veces mayor”.

Cinco años atrás, al amparo de la barrera de color, Jeffries se había retirado invicto, harto de aplastar a rivales blancos de poca monta, pero sin aceptar el reto del negro Johnson. De ahí que, todavía una tarde antes del pleito, declarara: “Cuando me aten los guantes mañana por la tarde y esté a punto de defender lo que realmente es mi título, será a petición del público, que me sacó de mi retiro. […] Esa porción de la raza blanca que ha esperado verme defender su supremacía atlética puede sentirse segura de que estoy listo para dar lo mejor de mí”.

Al día siguiente, 4 de julio, Johnson le enmienda la plana a puños durante 14 asaltos para noquearlo en el decimoquinto, haciéndole ver que cuando un campeón abandona el cuadrilátero se convierte en ex campeón. Contrario al pronóstico en uno de sus previos, Jack London reconoce: “No ha sido un gran combate, después de todo, excepto por su puesta en escena y su importancia. […] Ha sido un monólogo que un negro sonriente que no ha dudado ni un segundo, y que no ha tenido que ponerse serio más de una vez, ha ofrecido a veinte mil espectadores”. Por encima de su simpatía por Jeffries —finalmente reportero—, London consigna las habilidades del triunfador —“en la defensa y el ataque, una y otra vez, adelante y atrás, Johnson centelleaba como el asombroso mecanismo de lucha que es”—, aunque sin el menor entusiasmo.

Frecuentemente señalado como evidencia de racismo, su despacho desde Reno —publicado por Gallo Nero Ediciones como El combate del siglo (traducción de Laura Salas), junto con un análisis de las consecuencias políticas y sociales del acontecimiento— termina por convertirse en un documento que, de manera involuntaria, dimensiona la gesta del Gigante de Galveston, a pesar de los intentos por censurarlo.

A partir de su experiencia como cronista de las peleas de Johnson —estima el doctor Mitchell—, Jack London confronta su fe en el darwinismo social para, al menos veladamente, dejar de lado su convicción en la supervivencia del más fuerte y apostarle al poder de la inteligencia y la gracia.

Hacia diciembre de 1910, London regresa al pugilato de ficción cuando, sobre un argumento original de Sinclair Lewis, reescribe la novela The Abysmal Brute —algo así como El monstruo abismal—, acerca del encontronazo del cándido Pat Glendon con la corrupción en el negocio de la bofetada rentada.

Criado en las montañas del norte de California por su padre viudo, Pat es una especie de buen salvaje de 22 años y 220 libras con un dominio total de la correlación mente–músculo, esa extraña habilidad que le permite administrar tiempo, distancia y pegada y así elegir a placer cuándo finiquitar cada batalla. Malicioso, Sam Stubener —el manejador con el que el viejo Pat lo ha encargado rumbo al campeonato mundial de los pesados— le propone acordar antes de cada tiro el episodio en que habrá de terminar e, inocente, Pat accede. Pleito a pleito, su fama crece cada vez más, pero nunca tanto como las ganancias de Stubener bajo la protección de la mafia secreta de apostadores.

No es sino hasta su entrevista con Maud Sangster —una señorita de sociedad metida a reportera— que el chico se entera de la farsa, en tanto que ella descubre que el bruto del que habla la prensa deportiva en realidad es un tipo retraído y taciturno que gusta de los versos de Shakespeare, las galerías de arte y la fotografía a color: flechazo instantáneo.

Durante la presentación de la riña con Tom Cannam, el amor por Maud y la rabia por el fraude precipitan el retiro de Pat. En su despedida, fustiga a promotores, entrenadores y boxeadores por igual. Indignado, el campeón Jim Hanford sube al ring solo para ser anestesiado de un golpe a mano limpia. Ya con guantes, misma suerte hace correr a Cannam. La arena arde.

En contraste con The Abysmal Brute, la última incursión de Jack London en el ensogado de las historias de púgiles quizá sea uno de sus relatos más conocidos: fechado en 1911, “El mexicano” da testimonio de la proeza de Felipe Rivera, “frijolero” en quien encarna la rebelión contra Porfirio Díaz para rifarse por 5 mil dólares que doten de rifles a los alzados.  El rival a vencer: Danny Ward, contendiente por la corona de los ligeros. Pero también el réferi, los promotores, el público, la policía y hasta la gente de su esquina: en el odiado juego de los gringos odiados, la “rata mexicana” —como le llama con desprecio Ward— está rodeada de traición.

Con lo que nadie cuenta es con la metamorfosis que obrará Rivera sobre el encordado: en una reyerta de alarido, el pequeño mago de las fintas es la cascabel que ataca; al no dejar puntos vulnerables, torna ciempiés que pica; ambidiestro que pega de donde sea, muta a lobo salvaje; sublime ángel destructor, contra todo y contra todos, acaba con Danny. La Revolución podía continuar.

Lejos de cráneos reventados y dobles nocauts de un solo mandarriazo, la crónica de la pelea entre Rivera y Ward —realista y emocionante— es una de las cumbres de la narrativa boxística de Jack London, que bien da cuenta de la revolución que él mismo había vivido en los últimos seis años.

Más allá de los idilios ridículos y los finales inverosímiles de El combate y The Abysmal Brute, en las letras de London hay una profunda humanidad, con la que sus personajes lo mismo hacen frente a la muerte, la pobreza y el paso del tiempo que a la injusticia, la mentira y la opresión.

Vendedor de periódicos de niño, London llegaría a ser una de las figuras más publicadas de su época y uno de los primeros escritores en vivir de su trabajo: antes que en los libros, sus relatos ven la luz en las páginas del Saturday Evening Post y sus novelas en las revistas Metropolitan Magazine y Popular Magazine.

Pero más que su popularidad, Jack London le debe al periodismo el ser, en paralelo, protagonista y testigo privilegiado de una nueva época: la del surgimiento del boxeo en Estados Unidos como deporte–espectáculo de masas y como materia prima de una prolífica estirpe de autores, entre quienes destacan —además de Hemingway, Mailer y Oates— Budd Schulberg, A. J. Liebling, W.C. Heinz y Leonard Gardner. Todos ellos, igual que London, en algún momento rendidos ante el combate, ese al que el hombre —según comprueba con amargura la doliente Genevieve— ofrece sus esfuerzos del día y de la noche, el tributo de su cabeza y de sus manos, su trabajo encarnizado y sus más violentas esperanzas. Ese al que le da el deseo ardiente de su corazón.