Un mundo feliz

Los paisajes invisibles
Cámara de diputados
Cámara de diputados (Especial)

Si usted fuera diputado, en este momento sus manos lo atormentarían con una inefable comezón que nace en las yemas de los dedos, patina hasta las palmas y se desliza a las muñecas, un prurito parecido al piquete de un zancudo retozón pero que no deja forúnculos ni provoca chikunguña, es inofensivo, signo de buenaventura, ese escozor —aseguran las abuelas— se alivia frotándose las zarpas en el interior de los bolsillos o con algo suave al tacto, digamos la cartera.

Si usted fuera diputado, ahorita andaría agobiado haciendo sumas y multiplicaciones, esta temporada el botón de sustracción desapareció de su calculadora pues mientras los regalitos navideños se amontonan en la oficina que visita esporádicamente y le provoca el mismo apego que un hotel de paso (ubérrimas canastas con botellas de alambique fino, latas, jamones, quesos; un pavo regordete; algún relojillo; un libro o libros condenados al hipogeo de un anaquel para dormir el sueño de los justos; el cuadro de un artista contemporáneo que no le gusta ni comprende y ni siquiera piensa colgarlo en algún muro porque para eso están las fotos de usted mismo roncando en la curul o con los secuaces de bancada, con algún adalid del charrismo sindical o con el mismísimo C. Presidente de la República), su cuenta bancaria, como máquina tragamonedas, rechinará con el tintineo sin pausa que produce la morralla: entre el aguinaldo, algo llamado apoyo económico y el bono, contabilizará la modesta suma de 450 mil devaluados pesos aunque, momento, si usted fuera diputado en realidad no recibiría esos 450 sino 760 mil baratos pesos (caray, cómo han subido el dólar, el euro, ya no hablemos de la libra esterlina) porque las fracciones partidistas, siempre fieles al espíritu cleptócrata y precavidas, clarividentes, en vez de los 150 mil de bono le adjudicaron 316 mil morlacos a cada “representante” por sus encomiables servicios a la patria.

Sin embargo, si usted fuera diputado no estaría del todo satisfecho sino inconforme, resentido, porque en la otra Cámara, a la que le dicen Alta, la indecencia está mejor remunerada: a los aguinaldos, apoyos, bonos, los senadores se agregan dos centenas de miles de depreciados pesos supuestamente para tareas oscuras como atención ciudadana y asistencia, aunque el rubro es lo de menos, lo que importa es que el depósito caiga con puntualidad de relojero y eso nunca falla, como en la pinta de la granja de Orwell: “Todos los animales son iguales pero algunos animales son más iguales que otros”.

Por tanto, si usted fuera diputado ¿qué es lo que más apreciaría de su organismo efímero, mortal? ¿El cerebro? ¿El corazón? ¿El estómago? ¿El hígado? ¿Las tripas? Quizá lo que más apreciaría de sí serían las extremidades superiores y, en especial, sus sagaces dedos: ellos le dispensan del incordio de pensar ya que funcionan por instinto y se yerguen a la primera señal del mulero de la bancada; no enfrentan disyuntivas de ningún tipo (los conflictos aspiracionales, de ideología, ética o conciencia son abstractos, no se palpan); son tan útiles para hacer más llevaderas las soporíferas sesiones en el pleno (gracias al cielo que ahora los celulares son digitales y más inteligentes que sus dueños, están provistos de tarjeta wi–fi e infinidad de aplicaciones para entretener hasta a un macaco) y, sobre todo, porque los dedos adivinan la abundancia con una picazón que, si existiera la justicia divina, a tipos como usted —si fuera diputado, por supuesto— debía darle en otra parte más sensible y fibrosa por cínico, ladrón, indecente, parásito e insaciable.

@IvanRiosGascon