Indigencia existencial

A fuego lento.
'Última vez en Plutón', de Arturo Vallejo.
'Última vez en Plutón', de Arturo Vallejo.

Que una novela intente capturar las existencias banales de un grupo de adolescentes no significa que deba erigirse en un monumento a la banalidad. Es decir: que la existencia de un joven de 16 años en la provinciana Ciudad Satélite carezca de ilusiones y atributos no significa que tal existencia sea narrada con un lenguaje silvestre, una muy limitada baraja de recursos estilísticos, un desdén por las más elementales reglas de la precisión.

Última vez en Plutón (Alfaguara México, 2016), un título con sabor a Jaime López, es la prueba incontrovertible de que la novela mexicana parece cada vez más un asunto de diletantes que de novelistas. No tiene, por principio de cuentas, una voz, ni las herramientas adecuadas para hacernos cómplices del protagonista, el mismo que narra y evoca algunos días del verano de 2006, mientras deja pasar el tiempo como empleado de un parque recreativo y la Ciudad de México padece el plantón perredista en Reforma. Y no tiene voz ni herramientas porque a las andanzas inocuas del protagonista —sus viajes en Metro, sus noches en blanco frente a la pantalla de la computadora, su deseo inconfesable de aparearse con su compañero de trabajo, sus visitas a McDonald's— agrega cuatro subtramas que avanzan de manera independiente. Nada pasa si prescindimos de cualquiera de ellas; nada pasa, es más, si terminamos por ignorarlas a todas.

Seguimos de este modo a una aprendiz de reportera por los campamentos de opositores instalados en Reforma, y seguimos también al padre del protagonista que en su juventud buscó sin éxito las ruinas de una civilización extraterrestre en el subsuelo de la Ciudad de México. Por si estas distracciones no fueran de poca monta, Vallejo tiene la gentileza de ofrecernos la minuta del debate astronómico que en aquel verano de 2006 impugnó la naturaleza planetaria de Plutón y una biografía sucinta de H. P. Lovecraft. Corren alternadamente, con la intención de espesar y, claro que sí, elevar a un plano cósmico la indigencia existencial del protagonista. Es probable que nada de esto resulte insufrible, a no ser porque se presenta bajo la prosa de un escolar con el cerebro licuado por el consumo excesivo de cómics, videojuegos y series de televisión ("sentía un calor que se empezaba desde mi estómago", "alrededor del vehículo se habían escurrido pedazos de vidrio", "pero no pude evitar que se me saliera una sonrisa", etcétera).

¿A qué clase de lector se dirige Última vez en Plutón? ¿A un alumno del CCH que después de un esfuerzo colosal ha podido al fin escribir "ese oso sí se asea"? ¿A un cuarentón que cada noche se planta frente al televisor sin despojarse de su camiseta estampada y sus tenis rojos? ¿A una suerte de primate diseñado en un laboratorio que es capaz de resolver algunos problemas aritméticos? Pienso en ello mientras observo mi ejemplar de Última vez en Plutón y no sé aún si abandonarlo en la banca de un parque, dejarlo caer en el mostrador de la librería para exigir la devolución de mi dinero, o depositarlo en la próxima sonda que viaje a Plutón.

Última vez en Plutón

Arturo Vallejo

Alfaguara

México, 2016