Imre Kertész: la cognición del horror

La obras del novelista ganador del Nobel de Literatura hablan de una manera seria, a veces desgarradora, pero nunca retórica o falsa.
El novelista húngaro Imre Kertész.
El novelista húngaro Imre Kertész. (Henrik Montgomery)

Uno de los novelistas más conocidos, Imre Kertész, húngaro, Premio Nobel de Literatura 2002, nos ha dejado. Su libro más difundido en el mundo se titula, Sin destino (Plaza & Janés, 1996), es de los años setenta, y narra la historia de cuando tenía quince años de edad y estuvo prisionero en el campo de concentración de Auschwitz. Kertész sobrevivió a la estadía en ese lugar terrible y casi treinta años después, narró su experiencia. Con excepción de Primo Levi y del poeta rumano en lengua alemana Paul Celan, nadie logró exteriorizar aquella experiencia con la misma fuerza trágica, con la misma capacidad para describir lo inenarrable, lo que no se puede plasmar con los medios expresivos a disposición de un escritor o de un poeta. Junto a estos tres nombres podemos mencionar un cuarto: Art Spiegelmann autor norteamericano de fumetti, conocido por la graphic novel en dos volúmenes Maus. Lo que estos autores hicieron para no olvidar el horror, contándoselo a los hombres y volviéndolo indeleble en la mente de los lectores, no lo ha logrado, según yo, ningún otro.

¿Quién era Imre Kertész? Nacido en 1929, hijo de una familia de judíos de la pequeña-mediana burguesía de Budapest, deportado a Auschwitz a los quince años, regresó a Hungría tres años después del fin de la Segunda Guerra mundial, desarrolló un cierto aprendizaje en diversos periódicos y comenzó a escribir narraciones, obras de teatro, sketch de cabaret, para ganarse la vida. Durante los años del estalinismo llevó una vida muy difícil, porque no compartía la filosofía y la praxis de aquel régimen, aun manteniéndose alejado de toda organización política. Pudo publicar Sin destino hasta 1975, ya que antes no se lo permitieron de ninguna manera. Sin embargo, ese libro no pudo salir de la oscuridad, no había sido elegido ni patrocinado ni distinguido por nadie. Tuvieron que pasar muchos años para que fuese publicado en Alemania. Vicisitudes privadas, estrecheces económicas y enfermedades en la familia agravaron todavía más su situación, hasta que un segundo matrimonio y una cierta mejoría en su posición social le permitieron, después de la caída del Muro de Berlín, extender sus relaciones intelectuales, favoreciendo que sus obras emergieran en la literatura mundial.

Mientras tanto, otras novelas y relatos suyos empezaron a circular en Europa, donde fueron traducidos a varias lenguas. Cuando alguien lo propuso para obtener el Premio Flaiano de Pescara (en donde luego le otorgarían un reconocimiento especial), nadie del jurado conocía todavía ni su nombre ni sus obras. Corría el año 2002. Pocos meses después llegaría el Premio Nobel. Y de esta manera, las tragedias padecidas en el campo de concentración, las restricciones que soportó por parte de los estalinistas, la pobreza, la miseria civil, de alguna manera, le fueron recompensadas por el destino; Kertész se hizo famoso en todo el mundo y fue invitado a dictar conferencias en muchas naciones, a escribir en los periódicos, a desentrañar los problemas del racismo, del antisemitismo que nuevamente se volvía a propagarse por el mundo. Durante los últimos años dividía su vida entre Berlín y Budapest, ciudad donde murió.

Sus obras hablan de una manera seria, a veces desgarradora, pero nunca retórica o falsa. Desde el punto de vista literario y filosófico, se trata de libros de un rigor y de una transcendencia de tal manera fuertes, que provocan un nudo en la garganta. Estos trabajos no se adaptan a los criterios de publicación de las direcciones editoriales, no conceden fáciles entretenimientos, sino que obligan al lector a una reflexión rigurosa, seria, humana. Sin embargo, precisamente por esto, ofrecen un disfrute fuera de lo ordinario, una fuerza que nuevamente nos vuelve a dar energía y confianza en el mundo, en la vida, a pesar de lo vano y oscuro que pueda ser el primero, y llena de terribles obstáculos la segunda.

Sin destino, de la que se realizó una adaptación cinematográfica, es otro tipo de lectura: pertenece a un tipo de narración ajena a cualquier esquema o tema precedente. Es tan fuerte que alguna vez le escuché decir a un escritor que se sentía envidioso de los sufrimientos que había padecido Kertész en los campos de concentración, porque lo habían dotado de una fuerza y de una inteligencia inalcanzables.

Una consideración que tiene que ver con el hombre Kertész. Para aquellos que lo llegaban a conocer en persona, les tenía guardada otra sorpresa. En ninguna de sus palabras o frases era posible encontrar ninguna forma de odio, deseo de venganza, o amargura. Ninguna presunción por haber superado una prueba existencial tan dura, tan mortal. Acerca de sus vicisitudes pasadas ni siquiera hablaba: las había transferido a sus obras, que debían hablar por sí mismas. No eran fruto de artificio, de maquinación artística; eran jirones de carne humana todavía sangrante, palpitante.

Era una persona radiante, solamente cuando uno se despedía de él, se predisponía a la seriedad, a la benevolencia, al sentido de solidaridad. Pero en esta actitud no había nada de premeditado o de ostentación. Todo era normal, auténtico, sin ninguna posibilidad de equívoco. Por esto era una alegría reunirse con él y un pesadumbre no verlo durante algún tiempo. Junto a su segunda esposa (la primera había muerto hace mucho tiempo) formaban una pareja inocente e ingenua como la de Tamino y Pamina de Mozart, en La flauta mágica. En efecto, se trataba de dos grandes amantes de la música, sin exclusión de ningún género.

Extrañamente, su cognición alegre transportaba a sus amigos precisamente al ámbito de la música, y no al ámbito del negro dolor, del oscuro sufrimiento al que la vida los había arrastrado. La primera cosa que se percibía, al estar con ellos prodigándose abrazos y palabras de amistad, estaba fuera del poder de la palabra, pero ceñido por la dulzura y la fuerza de Frau Musika, la Señora Música, como la llamó Bach.

La última vez que me encontré con él, hace unos años, en Montecassino. Subimos juntos para visitar la abadía, y se sentía el esfuerzo que le había costado el recorrido. Habíamos sido invitados por los organizadores de un Premio Literario sobre Literatura de Guerra. Abajo, en el museo, se podían ver documentales del ataque aéreo que arrasó con el  monasterio en 1944. La sonrisa de Kertész no se había desvanecido, solamente se había vuelto menos luminosa, menos radiante que antes. Por lo demás, no había externado comentarios, solamente dejaba escapar palabras sueltas como ya o bien así es. Durante todo el descenso hacia la sala de conferencias fue canturreando en alemán la aria de una ópera, no pude oír bien de cuál se trataba, ni habría osado perturbarlo, porque bajo aquella melodía yo percibía que se celaba un lancinante dolor.

Ahora el mundo tendrá que prescindir de la presencia de un hombre que le hacía honor el género humano, a su nación, a su siglo. El tipo de escritor, el tipo de poeta al que pertenecía, hoy se vuelve cada vez más raro, pero su ejemplo demuestra que, de cualquier manera, la humanidad genera ejemplos siempre nuevos, los cuales no somos capaces de vaticinar.

_________

Traducción de María Teresa Meneses

Texto tomado de Il Corriere della Sera, jueves 31 de marzo de 2016.