Implosión

Los paisajes invisibles
La historia nos recuerda que cualquier proyecto político, noble o ruin, es realizable.
La historia nos recuerda que cualquier proyecto político, noble o ruin, es realizable.

Ni hablar. Donald Trump ya es candidato del Partido Republicano. Supongamos que gana la presidencia de Estados Unidos y contrario a todo cálculo político o escepticismo racional, al mudarse a Washington el magnate cumple sus más fieras amenazas: levanta un muro en la frontera sur financiado por un embargo comercial o por las remesas de los migrantes, a través de una rudísima imposición fiscal en las transferencias monetarias (materializando así, aunque en metáfora, la advertencia de que México iba a pagar por esa barda). Acto seguido emprende una caza de brujas en contra de los chivos expiatorios de sus delirios supremacistas, en la que no solo están los indocumentados sino los afroamericanos pobres, los extranjeros, la comunidad LGBTTTI, los antipatriotas por sospecha (Remember Joseph McCarthy?) y los “delincuentes de conciencia” cultural o religiosa, y desata una ola de repatriaciones, una severa vigilancia y espionaje (¡ups!, creo que eso ya se aplica), la inquisición política, los encarcelamientos y la tolerancia policiaca menos cero. Aquel Trump presidente, ya encarrerado en el poder, tal vez restablezca el bloqueo a Cuba y ahorque a Venezuela (no descartar la invasión completa en ambos casos), impulse la creación de más prisiones extraterritoriales tipo Guantánamo o Abu Gharib y reactive con más saña la lucha contra el terrorismo que, en la práctica, solo ha sido una cruzada de exterminio bombardeando aquí y allá donde se considera que las células del Estado Islámico hacen su nido y, para cerrar la pinza, su administración se ostente lista para declarar la guerra a cualquier nación por quítame estas pajas.

¿Cómo serán los Estados Unidos, el continente americano y el orden internacional con un régimen de esa calaña?... Quizá no es descabellado (o necesario) vislumbrar atmósfera más hostil, porque resulta paradójico que el ambiente actual en el país vecino no dista mucho de tremebundo panorama, ahí están las catástrofes domésticas por el libre acceso a las armas (la generación Columbine y sus réplicas salvajes), las matanzas por homofobia (Orlando), la tensión racial (Dallas, Baton Rouge), el discurso xenófobo y la doctrina de odio hacia los adversarios políticos (“Hillary for Prison!”, decía una pancarta esgrimida con orgullo en la Convención Nacional Republicana en Cleveland, y no solo eso: el New York Times reporta la proliferación de souvenirs para presumir el respaldo a Trump con eslóganes misóginos y el llamado para que la señora Clinton sea ejecutada por traición. Su falta: los republicanos la hacen responsable de la muerte de sus compatriotas en el asalto al consulado estadunidense de Bengasi, Libia, el 11 de septiembre de 2012, e incluso hay quienes afirman que tiene un pacto con Satanás. ¿Así o más tenebroso?).

La historia nos recuerda que cualquier proyecto político, noble o ruin, es realizable. También nos ha mostrado que el ejercicio (y el exceso) del poder, es la antítesis de la camisa de fuerza. En cuestión de votos, Donald Trump confía en el apoyo de los segmentos radicales. Los Minuteman, los Watchmen. El inmenso porcentaje de sajones con baja escolaridad o sin educación. Los que creen con fervor en el Destino Manifiesto o los que le temen al otro, al diferente, hasta la enajenación. Los que siguen pensando que tienen una deuda mística que cobrar. Los que creen en los ovnis. Los que no sobreviven sin televisión. Los enviados de Dios. Los nostálgicos de la esclavitud y el KKK. Los homofóbicos, los intolerantes, los fanáticos nacionalistas, los puritanos. Los redneck, los hillbillies. Los psychos potenciales que cada vez que miran su colección de pistolas y fusiles sienten que les hormiguean las manos.

Si Donald Trump llega a presidente, ese electorado le demandará cumplir sus promesas aunque no las firme ante notario. Explosión habrá, implosión también. Y eso no es poca cosa para un planeta que apenas anda en el siglo XXI.


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