Error electoral

[Toscanadas]
“Un hombre no le debe obediencia al soberano que no lo protege”
“Un hombre no le debe obediencia al soberano que no lo protege”

Hace algún tiempo se confabularon Iglesia y monarcas para inventar la fantasía del derecho divino de los reyes. El rey era rey porque así dios lo quiso, y quien lo cuestionara se iba al infierno. El rey no se regía por la ordinaria moral humana. Él tenía línea directa con el todopoderoso, que le daba concesiones especiales. Por eso eran tan importantes las misas de coronación. En ellas bajaba un espíritu cósmico para investir de autoridad a quien se pusiera la corona. Todavía hay quien se cree estos embustes en el Reino Unido, España y otros países. Si bien Felipe VI evitó en su proclamación como rey estas cabriolas sobrenaturales y se limitó a seguir lo que marcan las leyes terrenas.

Por fortuna el mundo tuvo valientes filósofos que cuestionaron el matrimonio Iglesia–Estado y supieron disolverlo, no sin que antes muchos de ellos pagaran en prisión o en la hoguera. También la justicia eclesiástica se empeñó en enviar gente al infierno, como al buen Voltaire, a quien en su lecho de muerte sucesivos curas se negaron a darle la absolución; olvidándose de la tan mentada frase “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

En México tuvimos nuestra Guerra de Independencia y nuestras Leyes de Reforma para poner las cosas en su justo sitio. El detalle es que con el paso de los años sustituimos el dios que está en los cielos por el dios que está en las urnas. Y ese dios no se manifiesta ardiendo en una zarza o haciendo llover azufre sino con una ordinaria suma de papeletas, sin importar cómo llegaron ahí, sin importar que no sumen una mayoría, sino simplemente más que las de los rivales.

Recordemos que a Fox lo eligieron el 27% de los ciudadanos; a Calderón el 21%; a Peña Nieto el 24 por ciento.

Ahora bien, incluso en comicios limpios y con garantía de mayoría, las urnas no representan la voluntad de un pueblo, sino apenas una elección, casi una apuesta. Se elige a un candidato, pero la voluntad es sanar la situación económica, eliminar la corrupción, mejorar la seguridad, la educación pública, los servicios de salud.

Entonces, ningún jefe de Estado ni de estado ni de municipio ni diputado ni senador habría de legitimarse en las urnas sino en el acatamiento de esa voluntad. El pueblo se expresa cada tantos años en las urnas, pero también se expresa cada día en las calles.

Lo dijo Hobbes hace cuatro siglos: “Un hombre no le debe obediencia al soberano que no lo protege”. Tampoco se la debe al que no cuida sus intereses, al corrupto, al mal administrador.

Si yo elijo un plato en un restaurante, pero éste resulta salado, frío y grasoso, tengo el derecho de devolverlo. Si yo apuesto por un candidato que resulta corrupto, ratero, incapaz y hasta asesino, ¿por qué he de desayunarlo, comerlo y cenarlo diariamente durante años? ¿Por qué la apuesta de un domingo electoral ha de pesar más que la subsiguiente y diaria voluntad? ¿No tenemos los electores derecho a reconocer un error y tratar de enmendarlo?

No. No lo tenemos.