El loco, el malo, la guapa

Hombre de celuloide
Sangre de mi sangre
Sangre de mi sangre (Especial)

Con la imagen de una chica guapa que puede comprar balas, pero no cigarros, comienza la película Sangre de mi sangre, regreso de un Mel Gibson que se resiste a dejar de filmar por más que Hollywood lo aborrece. Razones hay: se pone como león cuando lo detienen borracho, suelta comentarios antisemitas y de pronto… se vuelve cristiano. Pero Sangre de mi sangre funciona gracias a su extravagante protagonista y a otros dos actores que están bastante bien. Erin Moriarty es la chica cándida que sabe disparar, preparar heroína y meter en líos a papá. Diego Luna es el malo. Buen malo a quien funciona la carita angelical tanto como el mohín de niño consentido. El loco estelar es, por supuesto, el renacido cristiano: Mel Gibson, un Mad Max que no ha dejado nunca de ser Mad Max.

Tres actores en una película que no está mal aunque tengo la impresión de que la única que se dejó dirigir fue Moriarty. Después de todo, Gibson es Gibson y Diego Luna nunca deja de ser él mismo, pero en ningún caso la fuerte personalidad de los actores trabaja contra la trama sencillísima: una persecución. A diferencia de los complejos estudios psicológicos que el cine comercial suele espetarnos de cuando en cuando, en Sangre de mi sangre los malos son malos y —confirmaría Arendt— más bien banales. Es cierto que tienen recursos: saben disparar, conducen heridos y aman a sus hijos. Aun así, la maldad no los vuelve especiales. Tal vez sea éste el mensaje que confirma Gibson y que tan odioso resulta en un país que, como Estados Unidos, tiende a ver en la maldad un aura de superioridad e inteligencia: ya lo dice Gibson en uno de los diálogos más interesantes: “Estados Unidos está condenado a la destrucción porque adora a los personajes subversivos”. Es cierto. Pero no solo eso. En un momento dado la hija apunta que los subversivos de los subversivos son los mexicanos que siguen cruzando la frontera.

No hace falta ser político para estar de acuerdo con Gibson. El gran cine de Estados Unidos está hecho de grandes criminales. Tan sofisticados como el Padrino o tan pobres diablos como este padre dispuesto a dar la vida por su hija metida en líos con un cártel de mafiosos mexicanos. Sangre de mi sangre es una película que sin grandes fuegos de artificio cumple lo que promete: diversión.

Loco y con ilusión de iluminado, Gibson sigue trabajando a contracorriente. Será siempre uno de esos cínicos que ha interpretado antes: el desparpajado Frank que no cree ni en la guerra ni en la patria pero debe emprender la carrera más espectacular en la historia del cine por amor a su amigo en el Gallipoli de Peter Weir o el loco Max quien con su Ford Falcon 1973 se lanza a la carretera para acabar con una pandilla de punks. Como Eastwood, Mel Gibson se ha hecho de una imagen que trasciende la ideología y sus ideas políticas. Es un personaje de cine en quien se borran las fronteras entre realidad y ficción.

Sangre de mi sangre (Blood Father). Dirección: Jean-François Richet. Guión: Peter Craig, Andrea Berloff. Con Mel Gibson, Erin Moriarty, Diego Luna, 2016.

@fernandovzamora