Henning Mankell. Dignidad ante la muerte

“Moriré, pero mi memoria sobrevivirá”, dijo Henning Mankell en 2014, luego de que le diagnosticaran un cáncer de pulmón que se había extendido como una sombra sobre su nuca. 
El escritor sueco Henning Mankell.
El escritor sueco Henning Mankell.

Madrid

“Moriré, pero mi memoria sobrevivirá”, dijo Henning Mankell en 2014, luego de que le diagnosticaran un cáncer de pulmón que se había extendido como una sombra sobre su nuca. Nada más cierto cuando se lee su última obra, Arenas movedizas (Tusquets), un relato de su convivencia con la enfermedad que tuvo el aplomo de enfrentar con la mejor arma que poseía: la escritura.

Mankell dedica esta obra —dividida en tres partes, 67 capítulos y un epílogo— al panadero Terentius Neo y a su mujer, cuyas caras se ven en un fresco de su casa en las ruinas de Pompeya. Sorprendidos por la erupción del volcán en el año 79, se trata de dos seres en la plenitud de la vida, dos personas que parecen tomarse la existencia muy en serio pero que no tuvieron tiempo para comprender qué estaba ocurriendo. Como Mankell, tal vez. Y murieron “sepultadas en cenizas y lava ardiendo”.

Todo ocurre de pronto. Mankell estaba lleno de expectativas. Pero sin saber siquiera por qué, puso fecha a su cáncer: 16 de diciembre de 2013. Los tumores debieron crecer antes, durante largo tiempo. Una semana después despertó con un dolor en el cuello. El 8 de enero de 2014, dos radiografías revelaron el tumor de tres centímetros de longitud en el pulmón izquierdo. La metástasis alcanzó la nuca. Tenía 65 años.

Más tarde escribiría. “Lo que he pasado y lo que he vivido”, anota. El relato carecía de final. Ya no.

 

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La vida es maravillosamente tozuda. Y Mankell quiere vivirla así. Se sumerge en el tobogán de la memoria, que le lleva a su infancia: para comprender, para comenzar a enfrentarse a la catástrofe que le ha sobrevenido. Todo lo demás es incierto, pero al recordar la infancia vuelve el miedo, su miedo original, el que sintió cuando era niño: a morir ahogado bajo el hielo y a las arenas movedizas. Diez días tardó en superar la angustia de verse así, atenazado por el miedo. Pero al fin salió para enfrentarse a lo ocurrido. Y el tiempo se detuvo: ni “entonces” ni “después”, solo “ahora”. Y su primer paso fue leer libros sobre arenas movedizas hasta saber que son una invención. Y a la postre consiguió liberarse de su miedo.

 

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Mankell asume cada minuto como una oportunidad, como una ocasión para desafiar al mundo. Adquiere perspectivas nuevas sobre asuntos como los residuos nucleares, que se guardan bajo una gran roca en su Suecia natal para que la radiación se extinga dentro de cien mil años. Piensa en la supervivencia de la especie dentro de cien mil años y deduce que solo las civilizaciones se creen inmortales. Pero “morir siempre es difícil”, considera. A los 66 años se somete a quimioterapia y a partir de ahí comienza a tejer una espesa red de historias y viaja en el tiempo para imaginar y recordar. “El olvido es oscuridad”, sostiene. “En cambio, los recuerdos son relatos”.

 

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El proceso avanza. El tratamiento avanza. Mientras siga vivo, todo avanzará. Todo va cambiando, hasta la basura que se acumula y que al paso de los milenios forma estratos sedimentados unos sobre otros. “En la basura, la vida de las personas se hace patente”. Mankell hace conciencia de lo que nos espera sin ecología. Incluso piensa, y estudia, lo que sucederá cuando él mismo sea un desecho y su cuerpo se descomponga. Pero hay que mirar atrás para poder mirar adelante. Y Mankell hurga en el pasado y se forja una esperanza porque sin ella no hay supervivencia y sobreviene la muerte y el olvido. La verdad de nuestra existencia, muestra Mankell, es provisional. Y para muchas personas la vida consiste en algo que no consiguen acabar.

 

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El miedo, su lucha contra el miedo, vuelve una y otra vez a lo largo de todo el libro. Dominar el miedo, ese es el objetivo. Pero “hace falta valor y valor para morir”.

 

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Pregunta Mankell: “¿Qué tipo de sociedad quiere uno contribuir a formar?” Esa pregunta, que implica enfrentarse a una de las principales decisiones de la vida, marcó la suya: el privilegio de poder elegir. Algo que, naturalmente, no está al alcance de millones de personas.

 

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La reflexión que crece contra la enfermedad, que trata de explicar lo inexplicable, es una serpiente que recorre el libro. “Todo este tiempo he pensado con frecuencia en las palabras que Selma Lageröf escribió en El cochero: ‘Dios, deja que mi alma alcance la madurez antes de cosecharla’ ”. Sin atender a la alusión religiosa, Mankell entiende que es una verdad general: aquellos que han alcanzado una cierta forma de madurez espiritual no se esconden en las sombras. “Sigo siendo un ser vivo, no una persona que está al borde de la tumba o a punto de caer dentro”. Esa es la dignidad, eso es lo que está de nuestra parte: la generosidad de otorgarle dignidad al otro. Lo cierto, advierte Mankell, es que vérselas con el cáncer es una lucha que se desarrolla en muchos frentes a la vez. Y lo principal, recomienda, es no malgastar fuerzas en combatir con ilusiones. “Necesito toda la energía para fortalecer mi capacidad de oponer resistencia al enemigo que me ha invadido”.

 

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Leer. Ver. Oír. Música, arte, literatura. Esos fueron también sus buenos compañeros a la hora de resistir lo insoportable que era dirigir toda su atención a la enfermedad, al tratamiento. Mankell recuerda, ya se ha dicho. París, decisivo. África, su amor. Suecia, el origen, el fin. España, el comienzo de la literatura. Ahí pensó que los únicos relatos verdaderamente importantes trataban de rupturas, de la ruptura de personas, de la ruptura de sociedades enteras; a través de revoluciones o de catástrofes naturales. “Escribir, me dije, era iluminar con la linterna los rincones en penumbra y, en la medida de mis posibilidades, desvelar lo que otros trataban de esconder”.

 

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Thomas Clarkson es un recuerdo puntual, obligado para Mankell en estas memorias. Él, al igual que el ideólogo inglés de la abolición de la esclavitud, tomó una decisión: dar un paso al frente. Clarkson lo hizo contra la venta y compra de negros; Mankell contra la venta y compra sexual, la prostitución. Hacen falta, como las suyas, decisiones radicales. ¿La fuente que nos impulsará? Valor, coraje, necesidad. Pero la verdadera fuente de energía, como bien escribe Mankell, son las ganas de vivir.

 

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Mankell no quiere ocultar el hecho de la muerte. Hacerlo, estima, constituye una derrota cultural.

 

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Islas que se han quedado desiertas. Pintores rupestres. Lugares que han marcado su vida. Héroes anónimos: una pareja de actores, unos bailarines callejeros de tango. Mujeres. Una madre, la suya, que abandonó a su hijo. Una que carga un saco de cemento en su cabeza que pesa más en su interior. Una joven que muere de sida. Mendigos que no merecían su destino. Y el orgullo de ser humano que aflora ante la amenaza del destino que se cierne sobre él. De todo eso escribe Mankell en los últimos tiempos. Su tono es confesional, pero no peca de afectación. Es lírico en la justa medida, como si su pulso se hubiera templado a partir de la conciencia de su provisionalidad. “Es difícil pensar que lo que tengo delante desaparecerá un día”, escribe. “El rumor de las olas será sustituido por el bramido del hielo al retorcerse y encogerse antes de quedar totalmente inmóvil”.

 

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Somos necios, apunta Mankell. Necios y opresores. Pero vivir en una sociedad que no se basa en ello es un sueño necesario. ¿Estamos de acuerdo? “En los mares nadan ballenas, cada vez más desorientadas y perdidas a causa de todas las ondas de radio y los impulsos eléctricos que envía el hombre. Por la tierra vagan millones de personas que apenas se atreven a creer que existe una vida más decente que la que se ven obligadas a llevar”.

 

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Mankell lleva en su interior a vivos y muertos. En ellos se reconoce. Y existe en otros, también. Aquí, ante el lector, se le debe reconocer: Henning Mankell, nacido el 3 de febrero de 1948. Director teatral, dramaturgo y novelista. Creador del inspector Kurt Wallender, célebre entre quienes cultivaron la novela negra. Escribió decenas de libros. “He dedicado mucho tiempo de mi vida a los crímenes y a las investigaciones de los mismos. Mi planteamiento es que el mal siempre es fruto de las circunstancias, nunca es congénito. He escrito sobre crímenes porque ilustran mejor que ninguna otra cosa las contradicciones que constituyen la base de la vida humana”.

 

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Henning Mankell murió el 5 de octubre de 2015 en Gotemburgo. Fue marino mercante en su juventud y hombre comprometido y solidario. Su mundo y su tiempo se caracterizaron por la vulnerabilidad, la soledad, la aceleración. Ese mundo es nuestro mundo. Pero aun así, hay algo que lo equilibra: la capacidad de soportarlo y resistir. Vivía con Eva, hija de Ingmar Bergman. Tuvo un hijo, Jon. Se preparaba desde hace tiempo para lo peor y conservaba la esperanza de lo mejor. Pero, sobre todo, supo cuál había sido su alegría. La enfermedad le dio una tregua. Escribió un último libro, Arenas movedizas. Vivió nuevos instantes de paz cuando en mayo de 2014, tras someterse a dos sesiones de quimioterapia, el médico le dijo que los citostáticos habían reducido en parte el tamaño de los tumores. Pudo crear y contemplar las creaciones de otros. “Instantes que vendrán. Que tienen que venir, si es que la vida ha de tener algún valor”.