Las crisis permiten la divergencia: Héctor Perea

Entrevista
Héctor Perea
Héctor Perea (Especial)

Ciudad de México

Héctor Perea Enríquez es uno de los escritores que con mayor pasión ha retratado episodios culturales de la vida nacional, de la Revolución al asilo de los republicanos españoles en México, de las vanguardias hispanoamericanas del siglo XX al arte en la era de Internet. La UNAM publicó su nuevo libro, La música delgada, en el que plasma nuevos datos y nuevas visiones en torno a la estética, la historia sociocultural y la revolución digital. 

En La música delgada revisitas a autores y temas que trataste en libros pasados como La rueda del tiempo o La vía digital, pero desde una óptica diferente.

El libro es una síntesis aproximada de mis gustos e intereses de los últimos años. Es un libro de edad madura que me devuelve a las inquietudes de mi juventud. Aparecen el cine, la pintura, la literatura, la historia, intereses de mi desarrollo profesional y personal. Sigo hablando sobre los nuevos medios, las nuevas plataformas, sobre la música, el cine, el arte visual. Quizá trato a los autores y a los temas de una forma distinta. 

¿Lees el exilio en general, y el republicano en México en particular, de una manera menos complaciente?

Por primera vez en mi vida he tocado ciertas fibras personales, incluso familiares, que de una manera u otra afectaron mi vida. He escrito sobre el exilio republicano español, pero siempre contrastado con la aventura mexicana en España, que no se limita a la época de la Guerra Mundial, sino que es anterior. Lo curioso es que no tengo antecedentes de exilio republicano, pero sí de exilio. Mi abuelo fue un exiliado mexicano de la Revolución y como tal tuvo que enfrentar cosas similares a las del exilio español de la Segunda República. 

¿Eras consciente de esta historia de exilio en tu familia?

Estaba consciente de lo que había ocurrido con mi abuelo, Guillermo Enríquez Simoní. Mi abuelo tenía algunos libros escritos y ensayos en los que hablaba sobre el exilio. Después pude ver los efectos directos que ese exilio había provocado, por ejemplo en mi madre. El ensayo que pude escribir trata justo sobre mi abuelo, un periodista combativo desde joven, metido en prisión por Victoriano Huerta, a punto de ser fusilado y que pudo salir por influencias familiares.

Después de ser liberado se reincorporó al periódico pero ya no tuvo condiciones de seguridad y tuvo que exiliarse. Fue periodista de El Universal, corresponsal en Nueva York, pero durante el cardenismo, como periodista independiente, no estuvo de acuerdo con la política de Lázaro Cárdenas y tuvo que exiliarse otra vez. Y vivió con esa velada condición de que alguien lo corrió del país, que le llamaron por teléfono para amenazarlo hasta que tomó la decisión de salir del país. 

Tienes un capítulo sobre ese otro exilio español, no republicano sino franquista, algo no tan estudiado en México.

Hace muchos años trabajé el exilio mexicano en España, el antecedente del exilio español en México, en un tiempo en que no se hablaba de eso. Pasé mucho tiempo en España, en bibliotecas y hemerotecas. En ese entonces no era un tema serio. Hoy en día hay grupos de investigación al respecto. Pero aún hay una pregunta sobre este periodo: ¿se rompieron realmente las relaciones entre México y España?

La parte comercial siguió existiendo de manera velada. La parte artística siguió de la misma forma e incluso continuaron las relaciones políticas entre México y España. Yo tuve que esperar para atar cabos. Parte del material que uso para el artículo “Ruptura oficial, contactos oficiosos” es de mi profesora Marta Portal. En 1985 dio unas conferencias en México, en las cuales planteó esta “no ruptura”.

Revisitas la figura de Martín Luis Guzmán, quien participó en el gobierno de Manuel Azaña. Eres de los primeros en darlo a conocer.

Hay un libro interesante de Tanya Huntington sobre la figura de Guzmán, relacionado con un gran libro, El águila y la serpiente, un texto difícil de asir, porque tiene características que a la crítica le ha costado trabajo identificar con precisión. El libro de Tanya, así como las investigaciones de Susana Quintanilla, son esenciales a este respecto. Sobre el desempeño de Martín Luis Guzmán en España, y su cercanía con el gobierno de Azaña, se sabía algo de manera genérica, pero sin detalle.

En mis investigaciones hemerográficas descubrí por dónde había ido Guzmán en su labor periodística y política en España. En algunos libros olvidados había claras referencias a su cercanía con Manuel Azaña y su círculo. Cuando trabajamos Javier Guzmán y yo con la iconografía de Martín Luis, en los archivos que aún no estaban integrados a la UNAM, pudimos descubrir documentos, sobre todo una entrevista que le hizo un investigador, ya después de 1968, en donde refería su intervención en el gobierno de la Segunda República y los momentos previos a ésta.

En la misma entrevista Guzmán habla de su salida de México, cuando se plantea la escritura de El águila y la serpiente, que después escribiría en Madrid. Y completando con algunos libros que me encontré en España pude establecer ciertas relaciones entre Guzmán y Azaña, de Guzmán con las decisiones que se tomaban en torno al gobierno republicano y su relación con los rebeldes portugueses. Pero en este libro recupero nuevos documentos como los diarios de Azaña. Ahí encontré el interés de Martín Luis Guzmán por hacer una segunda edición periodística de La sombra del caudillo, que no se pudo realizar.


¿Tienes una nueva forma de observar a Alfonso Reyes?

Aún se maneja la idea de que Alfonso Reyes estuvo bloqueado a la política por el trauma familiar y el asesinato del padre, idea que ha sido caballo de batalla a pesar de los documentos publicados, pero creo que eso es absolutamente falso, porque Reyes intervino en tres movimientos de política mundial para salvar gente de carne y hueso. Durante la Primera Guerra Mundial, ya estando en París y sin el respaldo del gobierno mexicano, él y otros trabajadores del gobierno carrancista consiguieron que algunos hispanoamericanos pudieran salir.

El segundo momento fue en Argentina, cuando estalló la Guerra Civil española. Invitó a personajes muy concretos a que fueran a vivir a México para que se salvaran de la debacle española. Un caso interesante fue el de Ramón Gómez de la Serna, tertuliano del Pombo, quien lo pensó y decidió irse a Buenos Aires.

En Brasil se dio su tercera manifestación de talento político. Como diplomático, ayudó a brasileños perseguidos por el gobierno de Getulio Vargas. Abrió la puerta de la embajada a los brasileños cuyas vidas corrían peligro. Algunos eran artistas que se acercaron a él para ver la posibilidad de radicarse en México.


Reyes fue un intelectual que enfrentó tiempos violentos. ¿Cómo ves hoy a los intelectuales mexicanos y cómo enfrentan la crisis?

No hablaría del intelectual ante la crisis. Me gustan algunos autores que están enfocando de manera adecuada la forma en que debe enfrentarse la crisis, pero sin verlos en el papel del intelectual–Dios que da recetas para resolverlas. Me gusta pensar en el intelectual y el periodista como quienes viven en carne propia lo que es esa crisis.

En la Segunda Guerra Mundial hubo intelectuales que fueron colaboracionistas y hoy se rescata su obra porque hay algo importante en ella. También hubo otros muy combativos cuya obra se perdió en el curso del tiempo, aunque enfrentaron esas crisis de manera adecuada; sin embargo, su obra no tuvo la fuerza suficiente para tener vigencia ante el lector contemporáneo.

Sería injusto considerar que hay una sola visión ante la crisis. Lo que creo es que la crisis permite la divergencia, el enfrentamiento de ideas, y por momentos se llega a ciertas conclusiones que vienen de la escritura y del choque ideológico y después esas conclusiones se pierden en el tiempo.


¿Cómo entiendes el arte en esta era de la multiplataforma, de lo digital, de la intertextualidad?

Hay ciertas cosas que están en el aire como ideas antes de que exista la infraestructura para crearlas. Ramón Gómez de la Serna fue el primer tuitero. En un ensayo sobre la edición facsimilar del periódico Monterrey, José Emilio Pacheco dijo que Alfonso Reyes fue el primer bloguero. Reyes perteneció a la generación de Gómez de la Serna y de Giménez Caballero, ambos comprometidos con las vanguardias: los dos comenzaron a plantear la idea de la figura del artista multimedia.

En su torre en Salamanca, Gómez de la Serna tenía un escritorio al que le había sacado los cajones. Puso tablas y en cada tabla tenía puesta una hoja. Estas tablas se acomodaban en hilera y a lo largo del día Gómez de la Serna hacía lo que uno hace con las nuevas plataformas: abría su página de Facebook, Twitter, el Word para escribir el nuevo artículo de la semana; en otra tabla abría su nueva novela, abría el periódico, y en otra pantalla escribía un cuento, un poema. Se sentaba todas las mañanas a trabajar en esta multiplataforma.