Héctor Aguilar Camín: No puedo zafarme de la realidad mexicana

[Entrevista]
Celebramos los 70 años de Aguilar Camín con una conversación, ceñida a su obra literaria, en la que valora su más reciente novela y marca la ruta de sus obsesiones
Celebramos los 70 años de Aguilar Camín con una conversación, ceñida a su obra literaria, en la que valora su más reciente novela y marca la ruta de sus obsesiones

El narrador, historiador y periodista cumple hoy, 9 de julio, 70 años de edad. Celebramos con una conversación, ceñida a su obra literaria, en la que valora su más reciente novela y marca la ruta de sus obsesiones, presentes, por ejemplo, en Morir en el golfo, La guerra de Galio, Historias conversadas y Adiós a los padres.

Empiezo por tu más reciente novela, Toda la vida. Como en otras ocasiones, has conciliado los destinos individuales y las desgracias nacionales.

Ojalá que así sea. Pero me interesa más aquí la lógica del amor fatal que la lógica de las desgracias nacionales. Me interesa aquí la felicidad posible del amor fatal, que suele ser desgraciado. El narrador de esta novela se ha pasado la vida huyendo de la mujer que ama, porque esta mujer lo asusta. Lo asustan su libertad y su desmesura. Se sabe corto para ella. La novela empieza con una escena relativamente trivial. En un velorio, la presencia de un viejo conocido revive en el narrador el recuerdo de una escena donde Liliana Montoya, el amor de su vida, le dice que ha hecho matar al amante de su hermana. Hace veinte años de esta escena. Cuando la vive, el narrador no sabe si lo que le dice Liliana es cierto, pero sabe que Liliana es capaz de lo que dice. A partir de ese momento empieza a huir de ella. Reincide de cuando en cuando pero sale corriendo cada vez que reincide. Luego del velorio, algo pasa en él, decide no correr más de Liliana, decide buscarla. La novela cuenta  la búsqueda y el encuentro de Liliana, y la averiguación paralela de si el asesinato sucedió en verdad.


Y, como en otras ocasiones, veo una mirada que interroga al poder.

Sí, pero al sesgo, a través del otro poder, inconmensurable, del amor perdido. El poder mayor que hay en la novela es el que ejerce Liliana Montoya sobre Serrano, el narrador. Y lo que queda al final del relato no son las piedras rotas del poder o la nación, sino los fragmentos de esa civilización perdida que es el amor de Liliana Montoya. 

Ahora, para volver a tu primera pregunta sobre las desgracias nacionales, hay un dilema moral que recorre la historia de Toda la vida: ¿se puede mandar matar a alguien impunemente? ¿Se puede matar o mandar a matar impunemente, sin pagar un costo moral, aun si se sale indemne de las responsabilidades legales? En el fondo de la irregularidad de la vida de las hermanas Montoya, y del amor del narrador por Liliana, late esta pregunta, este dilema. El dilema equivalente para el México de hoy es si, como sociedad, podemos pasar moralmente indemnes por la matanza de los últimos años.

 

¿Toda la vida tiene algunas deudas con La guerra de Galio? Creo encontrar algunos ecos.

Hay todas las deudas, desde luego, y todos los ecos. Todos los vicios  también, menos uno: el de la extensión. Con los materiales que tenía al empezar a escribir Toda la vida podía haber escrito una novela tan larga como La guerra de Galio. Pienso en el primer capítulo de Toda la vida, por ejemplo, el del velorio que reúne a los restos de una generación. El escritor de La guerra de Galio habría escrito con ese tema ocho o diez mil palabras buscando hacer  el retrato de una generación. Procedí en el sentido contrario, como sugería  Borges: simulando que el retrato ya estaba escrito y que yo ofrecía un resumen. Escribí la novela más corta que pude escribir. Espero que se lea rápido y se recuerde despacio.

 

Jonathan Franzen ha dicho que muchas de las novelas que más admiramos provienen de eso que llama la ficción autobiográfica. ¿Pertenecen a ella Morir en el golfo y La guerra de Galio?

Creo que todas las novelas que valen la pena son ficción autobiográfica. Quizá porque están hechas de esa contradicción insoluble: el autor cuenta cosas que sabe, que le constan, que lo conmueven en el esqueleto de un relato que inventa, que acomoda, que diseña. La mejor respuesta que conozco a ese dilema es de William Burroughs. A la pregunta de si lo que escribe es autobiografía o es ficción, Burroughs responde: “Todo es autobiografía y todo es ficción”. Lo mismo podría haber respondido Henry Miller o, para el caso, José Vasconcelos. La inteligencia de la respuesta está en la palabra “todo”. Ese “todo” es el corazón del proceso de la creación literaria, donde “todo” es al mismo tiempo verdadero y falso, inventado y recordado. Es el fruto de lo vivido y de lo imaginado a la vez. Los escritores sabemos que todo lo que pasa a nuestros libros viene de nuestra experiencia directa, como personas o como lectores. La ficción es una caverna fantástica hecha de una infinita colección de fragmentos de realidad.


Vamos a imaginar. ¿Cuál sería en este momento La guerra de Galio?

La misma: la guerra de lo relativo contra lo absoluto. La búsqueda del amor total contra la tiranía del amor imperfecto. La búsqueda de la libertad total contra la evidencia de la libertad limitada. La búsqueda de la utopía revolucionaria contra la terquedad reaccionaria del mundo. Frente a la búsqueda de la civilización y la felicidad está siempre la persistencia de la barbarie y la desdicha. Estas son las tensiones que recorren La guerra de Galio: el amor a la vez luminoso y oscuro de Vigil y Mercedes Biedma; la libertad a la vez ejercida y castigada del periodista Octavio Sala; y la apuesta mortal por la revolución de los hermanos Santoyo.


La realidad mexicana, con sus acentos más ominosos, ¿seguirá siendo un surtidor de tu obra narrativa?

No veo cómo pueda zafarme de la realidad mexicana. Tengo mucho tiempo huyendo, como Serrano de Liliana Montoya, de un libro sobre el narco. Me ronda hace diez años. Es la historia más sombría y a la vez más irresistible que pueda contarse. Creo haber dado con su forma, con su arco narrativo y con su tono. Pero la idea de zambullirme en esa historia de sangre me hiela la sangre. Es un libro enorme, de esos en los que valdría la pena  inclusive fracasar. 

Tienes buen ojo para retratar a personajes femeninos. Pienso, de nuevo, en tu más reciente novela y, claro, en El error de la luna.

Me han dicho que mis personajes femeninos pagan siempre de más por su libertad y su desmesura. Quizá, pero prefiero pensar literariamente en mujeres que ejercen su libertad y su autonomía, aunque paguen por ellas. Las mujeres en nuestra sociedad pagan de cualquier modo. La verdad es que todo les cuesta doble. Otra cosa es que sean invencibles y que sean simplemente la sal de la tierra.

 

Stendhal escribió que, cuando interviene en la novela, la política es como un disparo en medio de un concierto. Sospecho que no compartes su opinión.

La comparto absolutamente, pero creo que Stendhal decía esto con un dejo de admiración, no de reproche. Quería que hubiera pistoletazos en los conciertos, pasiones en la vida diaria, política en las novelas. A esos pistoletazos dedicó su arte. Su admiración por Italia no es sino su rendición ante la desmesura, la pasión, el pistoletazo de los corazones. Y sus libros están llenos de política, lo mismo que estuvo su vida. Quien expulsa a la política de la literatura a cuenta del dicho de Stendhal está malentendiendo la cosa.


Pasaste de la memoria colectiva a la memoria personal. Pienso, en relación a esta segunda faceta, en El resplandor de la madera y en Adiós a los padres. ¿Por qué el tránsito de una a otra?  

Son el mismo libro escrito uno en clave de fabulación literaria y otro en clave de exactitud evocativa. Los dos cuentan la historia central de mi vida y de mi casa, la historia que empecé a escuchar a los trece años. La historia del despojo de mi abuelo sobre mi padre. Para escribir esa historia decidí hacerme escritor. Es la gran historia de mi casa; mi madre y mi tía la contaban sin parar. Hice el primer intento de escribir esa historia a los diecisiete años; el segundo fue El resplandor de la madera, que escribí a los cincuenta, y la tercera es Adiós a los padres, que escribí a los sesenta. La tercera fue la vencida. Estoy finalmente en paz con esa historia, la mejor que tenía  para contar.


Tus novelas, tus relatos, y aquí me refiero sobre todo a Historias conversadas, tienen un gran sentido de la oralidad. Quiero decir que leemos pero también oímos; oímos a los personajes y ese hecho los vuelve de carne y hueso. ¿De dónde proviene esa cualidad?

Bueno, yo siempre digo que me hice escritor de boca de mi madre y de mi tía, que eran grandes contadoras de historias. Para mí, oír a un personaje es fundamental para entenderlo. Pero la oralidad, como el erotismo, son espacios literarios exigentes. Requieren a la vez aspereza y suavidad, verdad y artificio. No hay nada tan pobre literariamente como la oralidad textual, y pocas cosas tan falsas como la oralidad engolada. Del erotismo puede decirse lo mismo: debe estar suficientemente desnudo y suficientemente vestido. 


¿De qué manera el historiador y el periodista se hacen presentes en tu narrativa? ¿O acaso les pides guardar silencio?

No, cuando escribo tomo de donde puedo: del historiador, del periodista, del lector, del chismoso. La urgencia de seguir narrando me vuelve cleptómano. Robo para mi historia de una plática, de un sueño, de un libro, de un diario y todo lo voy metiendo en el molino, aunque después deba limpiar. Poco antes de terminar Toda la vida, sin saber todavía dónde terminaba el libro, mi cuñada Verónica Mastretta me dio un tour imprevisto por el pequeño jardín de cactáceas que hay a la entrada de su casa de Tabacotla, en Puebla. Como al pasar me dio también una lección enciclopédica de su colección. Horas después esa lección pasó, casi intacta, al pasaje final del libro que compara la naturaleza de las enigmáticas hermanas Montoya. Es uno de los mejores pasajes del libro, de las mejores cosas que he escrito. Y todo se lo robé a mi cuñada, menos el lugar donde lo puse, que yo inventé. Diría Burroughs: en ese pasaje todo fue autobiografía y todo fue ficción.


¿De entre tus novelas, de cuál te sientes más satisfecho?

He adquirido una pasión retrospectiva por La provincia perdida.


¿Qué ha pasado, qué ha cambiado, entre el narrador de los años setenta y el de Toda la vida

Ha pasado todo, menos las ganas de escribir mejor. Me pasará con escribir lo que al caballo que aprendió a no comer: apenas había aprendido, se murió.


¿Qué libro estás leyendo en este momento?

Petersburgo de Andréi Bely.


¿Qué novela te habría gustado escribir?

La muerte de Iván Ilich, por su despiadada y conmovedora exactitud.