La banalidad del mal

Ambos mundos
Lo que está pasando en Europa es la crisis de todo un sistema que estableció un orden y una paz en su territorio, pero olvidó que su periferia era pobre y enferma y había sido golpeada por la peor neurosis, que es la de la humillación
Lo que está pasando en Europa es la crisis de todo un sistema que estableció un orden y una paz en su territorio, pero olvidó que su periferia era pobre y enferma y había sido golpeada por la peor neurosis, que es la de la humillación

Ciudad de México

Parece fácil utilizar una vez más el certero título de Hannah Arendt —ella lo refiere al Holocausto— para aproximarse a esta oleada de crímenes que se vive en Europa. Atentados mayores o menores que progresivamente han ido banalizando el valor de la vida. Cuando el atentado a Charlie Hebdó, hace 18 meses, los fundamentalistas atacaron una revista que según ellos había ofendido a Mahoma. La secretaria de redacción, que sobrevivió a la masacre, contó que uno de los asesinos le puso el revólver delante de la cara, pero el otro le dijo “Mujeres no” y eso le salvó la vida. Luego vino el segundo de París, centrado en la sala Bataclán, donde se bajó un escalón, pues ahí los asesinos dispararon contra hombres y mujeres, considerando que todos los que estuvieran en ese concierto pecaminoso, bebiendo alcohol y disfrutando, eran infieles que merecían morir. Si de ahí pasamos al camión de Niza vemos cómo se bajó todavía un escalón más, pues ese enloquecido chofer ya no tuvo noción alguna de castigo a infieles, puesto que salir a caminar por un malecón no tiene nada de pecaminoso, ni siquiera en las sociedades fundamentalistas que ellos promueven. Ahí se trató solo de matar por matar, y sobre todo de ejercer el odio. Esto es clave, pues en todos los casos se trata de personas desadaptadas, con historias personales de fracaso, lo que nos lleva a entender que lo religioso es tal vez una disculpa (muy bien aprovechada por el Estado Islámico). Incluso podríamos argumentar que lo religioso es apenas la fachada, como sucede en tantas guerras del mundo. Porque las guerras transforman a los hombres, y cuando son largas y esconden tantos matices las verdaderas causas se pierden u olvidan. Que un sector del islam odie a Occidente es comprensible si se conoce la historia reciente del mundo y sobre todo las guerras de los dos Bush, padre e hijo, en Irak, que provocaron medio millón de muertos civiles y fueron el cultivo de lo que hoy es el Estado Islámico. Pero ni siquiera esta motivación alcanza para comprender el fenómeno, pues algunos de los asesinos, como el joven germano iraní de 18 años de Múnich, era apenas un niño en la segunda Guerra del Golfo y no había nacido en la primera, por lo tanto no la puede recordar, y además, si fuera religioso, su vinculación iraní lo haría enemigo del Irak sunita.

Lo que está pasando en Europa es la crisis de todo un sistema que estableció un orden y una paz en su territorio, pero olvidó que su periferia era pobre y enferma y había sido golpeada por la peor neurosis, que es la de la humillación. Por esto el escritor Mario Mendoza dijo hace más de diez años: “Europa cree que América Latina, con su violencia, es el pasado, pero se equivoca: somos su futuro”. Hoy veo cómo estas palabras toman forma en esa violencia que proviene de la desesperanza y el odio que ellos, los europeos, creyeron haber dejado por fuera del castillo, pero que hoy tienen adentro y ya no pueden repeler.