Un mundo de 'quarks' inundado por ondas gravitacionales

Desmetáfora
Carlos Chimal
Carlos Chimal (Raúl Campos)

El nuevo libro de Carlos Chimal, El Universo en un puñado de átomos, trae hasta nosotros muchos años de vida en el laboratorio

 

Carlos Chimal tiene el olfato del periodista. Con él puede captar los momentos importantes y extraer la esencia de los acontecimientos. Sin embargo, a diferencia de ellos no genera instantáneas, por el contrario, desarrolla un tema por años hasta convertirlo en un libro de memorias.

Cuando lo conocí, hace más de 25 años, quería relatar lo que sucedía en el mundo de la ciencia. Parecía haber tomado la decisión de viajar por el mundo, visitar los lugares remarcables donde se cocina el conocimiento de frontera, imbuirse de los laboratorios y perderse entre asistentes y  especialistas que habitan cubículos sombríos o talleres ruidosos.    

Los periodistas divulgadores de la ciencia a menudo nos muestran la fotografía de un hecho. Nos relatan el descubrimiento y la hazaña científica narrando los sucesos, en un  texto que hará líneas por uno o dos días en los diarios o revistas. Carlos, en cambio, ha dedicado su vida a seguir el proceso que se vuelve historia para acabar contando a sus lectores algo más íntimo del mundo de la investigación científica. Es por él que conozco la frase “hacer vida de laboratorio”.

“Álvarez Gaumé se queja de ese periodismo ‘de pisa y corre’ de los apresurados medios que exigen que les expliques la neta del planeta (de hecho, del Universo) en un dos por tres. ‘Hay una hazaña en el diseño de los fierros’, agregó, ‘en la gestación de las entrañas de estos aceleradores y detectores; deberías contarla, pero eso exige más tiempo y no todos están dispuestos a invertirlo’ ”.

Editorial Tusquets nos ofrece un gran ensayo de Carlos Chimal que es también un libro de reminiscencias: El Universo en un puñado de átomos. En él se relatan los acontecimientos en los principales laboratorios del mundo de la física de partículas elementales a lo largo de más de 20 años. Casi de manera obligada, una buena parte del itinerario se desarrolla en el Centro Europeo de Investigaciones Nucleares (CERN) que es hoy por hoy el laboratorio más grande del mundo. Ahí se ha construido la máquina de investigación científica más grande de todos los tiempos: el Gran Colisionador de Hadrones, mejor conocido como LHC.  

El LHC es un anillo subterráneo con casi 28 kilómetros de perímetro formado por poderosos magnetos que mantienen en órbita circular al haz de protones más intenso y más energético en la historia de la tecnología.

Desde que comenzó a producir las colisiones más violentas nunca antes vistas, se han observado aquí fenómenos físicos sin precedente. Así, por ejemplo, se observó por primera vez una luz muy especial que emiten los iones plomo cuando se los hace circular. Aunque ya había sido observada en otras especies de partículas, la aparición de este peculiar fulgor en núcleos atómicos es un resultado destacable. También se detectó una partícula nunca antes vista a la que se llamó Higgs, que acabó por ser reconocida con el Premio Nobel de Física en 2013. Por si esto fuera poco, el LHC ha logrado crear la materia más caliente y más densa jamás vista en nuestro planeta; así se llegó a crear de manera controlada en el laboratorio la más alta temperatura que es de 5.5 billones de grados centígrados.    

Carlos Chimal acompañó el surgimiento de este proyecto durante 20 años y ahora nos cuenta en su libro los pormenores de su desarrollo. 

El Centro Europeo de Investigaciones Nucleares comenzó en 2011 un programa de residencia para artistas con el fin de dar oportunidad a los creadores del mundo de someter sus propuestas que, de ser aprobadas, les daría la oportunidad de pasar dos meses en el laboratorio, entre miles de científicos en un viaje por la investigación fundamental. El programa lleva ya cinco años de realizarse y es todo un éxito en ambos mundos: el de la física de partículas elementales y el del arte. Mucho antes de que esto ocurriera, Carlos Chimal ya se ejercitaba en la búsqueda del espacio común que la ciencia y el arte comparten, casi siempre sin percatarse del encuentro involuntario.

La experiencia ha mostrado que ambos dominios están ligados de manera inextricable por el simple hecho de que los dos son caminos de búsqueda. El arte y la ciencia son, por naturaleza, residencias de la creación, moradas de la imaginación y socios en la exploración de nuestra existencia.

Carlos Chimal ha venido fundiendo estos mundos desde mucho antes de que el CERN decidiera recorrer los caminos confluentes del arte y de la ciencia con este programa para artistas.

Como muchos lo hicimos, también ve en el Centro Europeo de Investigaciones Nucleares

la Torre de Babel con la que se quiere, otra vez, alcanzar el cielo. Situado en una llanura de la Europa latina, el CERN reúne a hombres posdiluvianos de todas partes del mundo que tienen la certeza de que “trabajando juntos en un mismo fin, lograrán todo lo que se propongan”. Si alguna vez sus lenguas fueron confundidas para que no se entendieran más y no pudieran seguir trabajando juntos, si en el pasado fueron dispersados, divididos para restar sus posibilidades celestiales, hoy regresan con un lenguaje común para construir un gigantesco acelerador de partículas que les permitirá escudriñar el universo como nunca antes se hizo. El CERN es, ante todo, eso: “Imagina una inmensa Torre de Babel en su interior y un texto que se traduce a sí mismo en una inmensidad de lenguas distintas. Las frases surgen de él a la velocidad del pensamiento, y cada palabra proviene de una lengua distinta; mil idiomas que gritan a la vez en su interior, con un clamor que resuena en un laberinto de habitaciones, pasillos y escaleras, cientos de pisos más arriba” (Paul Auster en La invención de la soledad).

Por todo esto es que recomiendo muy ampliamente la lectura de El Universo en un puñado de átomos, un ensayo de ciencia, arte y tecnología que nos lleva a mirar un mundo de quarks inundado por ondas gravitacionales.

gherrera@fis.cinvestav.mx