Franzenmanía

Café Madrid.
El escritor estadunidense Jonathan Franzen.
El escritor estadunidense Jonathan Franzen.

Madrid

Desde hace dos semanas, en los escaparates de todas las librerías de Madrid (grandes superficies y de barrio) Pureza, de Jonathan Franzen, ¿la gran novela americana?, ocupa el lugar de honor. Sus 700 páginas repletas de posmodernidad no paran de cacarearse en las tertulias culturetas y su autor se ha sometido a un intenso maratón de entrevistas para promocionar su libro. En el otoño literario del país con la industria editorial más potente en nuestra lengua, los focos están centrados en una obra traducida, escrita por el hombre que saltó a la fama con Las correcciones.

El libro cuenta la historia de Purity Tyler, una chica recién egresada de la universidad que persigue la identidad de su padre y vive en una casa compartida de Oakland, agobiada por el crédito de 130 mil dólares que pidió para estudiar y ahora debe pagar. A Purity todos la llaman Pip, como al protagonista de Grandes esperanzas, de Charles Dickens, y el mote se convierte así en el primer guiño de Franzen hacia las voluminosas y adictivas novelas del siglo XIX. Pip es, además, hija de una mujer empeñada en olvidarse de su pasado y, en gran parte por eso, en estas páginas el lect or transita por tres continentes a lo largo de cuatro décadas.

Todo empieza en el ocaso de la RDA, un acontecimiento que moldea a uno de los personajes que se empeñará en la defensa de la libertad de información y que, según quién lo mire, es el alter ego de Julian Assange, fundador de Wikileaks, descrito como “un megalomaniaco autista con perturbaciones sexuales”. En medio de todo esto, se aborda el enfrentamiento entre el periodismo tradicional cercano al poder y los medios alternativos (y digitales) que se esfuerzan por servir al ciudadano. Pero también hay espacio para la paradójica soledad que vive el individuo interconectado y las tragedias de una pareja.

Salvo alguna descalificación de las feministas, los elogios de los críticos literarios no se han hecho esperar y aunque todavía la editorial Salamandra no tiene los primeros datos sobre la venta del libro, prevalece la sensación de que será el éxito de la temporada. Es la frazenmanía desatada por una prosa potente, centrada en la actualidad, y una buena operación de marketing que coloca nuestra vida diaria en el centro del debate.

El otro día, el periodista Enric González fue a Múnich para entrevistar a Franzen y le preguntó que si ya pensaba en el Nobel. “Por supuesto, lo hago”, le respondió al instante, pero enseguida matizó: “No creo que los académicos suecos tengan mucho interés en la literatura estadunidense. De hecho, alguno de ellos lo dijo explícitamente y me sentí insultado por ello. Tengo la impresión de que algunos escritores esperan con ansiedad la llamada desde Suecia. No soy uno de ellos. No me hago ilusiones. Pero he sido feliz por el Nobel concedido a Svetlana Alexievich y está muy bien que la no–ficción sea reconocida como literatura. En el último medio siglo, bastantes de las mejores obras literarias en Estados Unidos no pertenecen al género de ficción”.

En España, en cambio, la no–ficción todavía no está bien afianzada. Quizá por eso esta novela está logrando que el español de a pie se identifique con ella. Porque en un país envuelto en procesos electorales, corrupción y crisis económica, situaciones inminentemente literarias, no se ha escrito aún la gran novela de este tiempo.