Fe analfabeta

Toscanadas.
Fe analfabeta.

Estaba leyendo la traducción del Tristram Shandy por Javier Marías. Me detuve en el primer volumen, ahí donde se discute si se puede o debe bautizar un feto en el vientre materno en caso de riesgo mortal. En busca de la respuesta, se cita a Santo Tomás de Aquino. Entonces dejé la novela para más tarde y me puse a leer la Suma Teológica.

A través de ateos como Richard Dawkins y sus secuaces científicos, ha proliferado la idea de que la religión es para simplones. Es verdad que la mayoría de los creyentes asumen sus creencias de modo pueril e ingenuo, pero esto no quita que muchos sabios y filósofos y científicos hayan sido creyentes y hayan inyectado a la religión una buena dosis de inteligencia.

Santo Tomás, por ejemplo, acomete preguntas interesantísimas y trata de responderlas de manera razonada e informada, aunque siempre respetando ciertos dogmas o verdades reveladas. ¿Puede Dios conocer lo que no existe? ¿Nació Cristo sin dolor por parte de la madre? ¿Cristo debió ser circuncidado? ¿Es lícito tomar el cuerpo de Cristo sin la sangre? ¿Tienen fe los demonios? ¿Hay que tolerar a los herejes? Si Dios es omnipotente, ¿por qué no siempre se hace su voluntad? ¿Dios es siempre justo? ¿Puede alguien odiar a Dios? ¿Es siempre pecado la guerra? ¿Es lícito combatir a los obispos y clérigos? ¿Es lícito encarcelar al hombre? ¿Es siempre pecado el hurto? ¿Puede alguien lícitamente vender una cosa más cara de lo que vale? ¿Es pecado recibir interés por un préstamo monetario? ¿Es el odio más fuerte que el amor? ¿Produce el pecado alguna mancha en el alma? ¿Se pueden merecer los bienes temporales? ¿Es la obediencia la mayor de las virtudes?

También son interesantísimos los textos de San Agustín, en especial Ciudad de Dios y Confesiones. Muchísimos sabios fueron creyentes, incluyendo a Baruch Spinoza, y dejaron textos filosóficos, teológicos, históricos y hasta apologéticos maravillosos. La propia Biblia es una irregular joya literaria. El ejercicio de leer los cuatro evangelios y discernir sus diferencias es bastante edificante.

Debido a una novela con tema cristiano que estoy próximo a publicar, tengo un par de años leyendo textos que emanan de la tradición judeocristiana. No hace falta ser creyente para disfrutarlos y enriquecerse con ellos. De paso se aprende algo.

Por eso no puedo entender que un creyente ni siquiera lea la Biblia. Es tanto como que los pitagóricos no supieran sumar. Si de veras Dios escribió el antiguo y nuevo testamentos, puedo imaginarlo como el más celoso y egotista de los autores. “¿Leíste mi libro?”, preguntará en las puertas del paraíso a los cándidos que se creyeron buenos. Allí será el llanto y el crujir de dientes.

Yo, en cambio, le responderé que sí, que lo leí varias veces, en distintas versiones. “Aunque no creí que existieras”, le diré. A Él le tendrá sin cuidado dicha nimiedad. Me confesará que leyó todas mis novelas y las disfrutó mucho. “Me gustan más que las de Volpi”, me dirá, y me invitará a tomar una cerveza de los monjes trapistas en un bar celestial desde cuya ventana veremos cómo son lanzados al averno quienes tuvieron una fe analfabeta.