Farabeuf: la mejor prosa, la poesía

Poesía en segundos
La aventura de Farabeuf nos propone una narrativa en el acto de negarse a sí misma.
La aventura de Farabeuf nos propone una narrativa en el acto de negarse a sí misma. (Especial)

Desde su publicación por Joaquín Mortiz en 1965 hasta la reedición de hace unos pocos meses, en un hermoso volumen doble (El Colegio Nacional, 2015) con el lamentable descuido en las proporciones de la caja y, en particular, del medianil, Farabeuf o la crónica de un instante de Salvador Elizondo no ha dejado de afirmar su extraño carácter oscuro, su forma múltiple, su poder hermético —descifrable en una lectura atenta— y su densa distinción intelectual —proclive al enunciado ergotista—. La transformación de este texto en un libro de culto no ha implicado un éxito editorial. Algo imposible en los tiempos ariscos, serviciales y “mágicos” del tecno–populismo actual. Sin embargo, sí ha sido, y es, una referencia insoslayable del riesgo literario, el refinamiento espiritual y los vasos comunicantes que unen a la prosa más exigente con la poesía.

La aventura de Farabeufnos propone una narrativa en el acto de negarse a sí misma, es decir, en el acto de multiplicar, a través de la inteligencia, las imágenes y anular la experiencia de la continuidad. Farabeuf consuma o cumple la búsqueda de condensar en un día (Ulises) o en cuatro horas (La muerte de Virgilio) el carácter expansivo del tiempo ordinario. Al reducir y, al mismo tiempo, ampliar una historia a la crónica de un instante y al variar, sin variar, las cuatro o cinco imágenes fundamentales alrededor de un suceso doble (el suplicio real de 1905 en Pekín, famoso por el cliché de Bataille, y el suplicio imaginario en 3 rue L’Odéon), Farabeuf resuelve en 200 páginas, de manera formal, maligna y asertórica, el enigma de la duración, de tal forma que Elizondo podría decirnos en consonancia con el espíritu diabólico de Salvador Díaz Mirón: “La móvil hora no adelanta/ sin imprimiros su destructora huella”.

Pero la prosa de Farabeuf va más allá de sí misma, echando mano de lo que Octavio Paz llamó los signos en rotación. El montaje de un aparato de vislumbres y especulaciones, la afirmación obsesiva de la recurrencia de algo que va a suceder —en el corazón de lo que ya ha sucedido— y el acento puesto en la filosofía de la composición, donde los elementos significativos (la mesilla de mármol, la ventana, la escalera, el mar, el bisturí, la mosca…) producen un juego de correspondencias, arrojan al relato de Farabeuf, primero, a una especie de villanela, de carrusel verbal, y, después, al concepto giratorio (métrico y geométrico) de la conciencia. Entre la negación del despliegue progresivo y la afirmación del futuro en las figuras del pasado, el texto de Elizondo, si no salta al poema, sí alude no solo a la intensidad concentrada del pensamiento en la poesía, sino también a su lenguaje riguroso tanto en la dicción como en la idea. Al respecto, Elizondo escribió: “esas imágenes […] son las que en una combinación aparentemente azarosa, pero… perfectamente clasificada y medida, me permitieron esa conjunción de imágenes que producen una tercera imagen que es lo que más me importaba: el efecto, el efecto poético”.

De esta forma, bajo la sombra de Poe y Pound —o Joyce—, el libro de Elizondo, con su apuesta extrema, entre el lance de tres monedas y el deslizamiento de los dedos en la ouija —el azar mallarmeano—, llevó el lenguaje a ese umbral —tantos lo mencionan, pocos lo conocen— donde las palabras abandonan las formas relativas y accidentales de casi la mayor parte de la prosa y surge el a priori resistente, duro y siempre significativo del efecto poético, del texto concentrado y, al mismo tiempo, abierto, que ya es poesía.