Expiación a crédito

Los paisajes invisibles.
Expiación a crédito.

Un tal Joseph Anton evoca que a principios en 1989, cuando comenzaron a empeorar los ataques en contra de su alter ego Salman Rushdie (manifestaciones en repudio de Los versos satánicos en Bradford, la ciudad de Yorkshire con mayor población musulmana en toda Gran Bretaña, intimidaciones telefónicas, una amenaza de bomba en las oficinas de la editorial Viking y hasta una charla con su agente Andrew Wylie quien le aseguró que, ahora sí, “el miedo empezaba a ser un factor”), decidió llevar a su mujer a Stonehenge para olvidar que ese mismo día iban a quemar Los versos

Joseph Anton evoca el cielo plomizo y la hipótesis de Geoffrey de Monmouth que asevera que fue Merlín quien construyó Stonehenge, una idea más atractiva para él en ese instante, pues considerar aquellas rocas como un hipogeo o un altar druídico le causó repulsa. Y mientras conducía por la plana carretera inglesa, Anton recuerda: “Los cultos religiosos, grandes o pequeños, pertenecían a la papelera de la historia y deseaba que alguien los tirara allí junto con el resto de las obras de juventud del género humano, por ejemplo, la idea de que la Tierra era plana o de que la luna era de queso”.

Mas esa intención solo se quedó en aquello, en intención, pues hasta ese día Joseph Anton no sospechaba la verdadera, escalofriante anchura que en los años por venir, iba a adoptar la condena sobre Salman Rushdie, su alter ego.

Los cultos religiosos, grandes o pequeños, sí, deberían depositarse en la papelera de la historia, pues el caso de Anton/ Rushdie no es el único ni el más temible, ni siquiera el último de esta especie, aunque ya estemos en el siglo XXI. En noviembre del año anterior, el poeta palestino Ashraf Fayadh fue condenado a muerte, presuntamente por “renunciar al Islam” e “insultar a Dios” en su libro Las instrucciones. La desmesura de la sentencia exaltó a la opinión pública y dio la vuelta al mundo, concitando muestras de solidaridad aquí y allá con artículos, reportajes y videos en YouTube, la organización internacional PEN programó recitales en apoyo a Fayadh en distintas sedes del planeta (en la Ciudad de México se llevó a cabo en Casa Refugio Citlaltépetl), y seguramente ya estarán listos uno o dos documentales en torno al caso pues para algunos de nosotros la libertad, y sobre todo la libertad creadora, debía estar más allá de la fe o el fanatismo, ya lo dijo Saul Bellow en Las aventuras de Augie March: “Todo el mundo sabe que no hay sutileza ni precisión en la eliminación. Si reprimes una cosa, reprimes la contigua”.

Afortunadamente, Ashraf Fayadh tuvo la ventura de contratar a un buen abogado y, mucho más leve que el suplicio mental, anímico, emocional, físico e intelectual que sufrió Anton/ Rushdie, ya libró la pena de muerte: ahora solo deberá disculparse públicamente, purgar ocho insignificantes años de prisión y aguantar la nadería de 800 latigazos. Bueno, si lo comparamos con un explosivo en el auto o una puñalada en los riñones o un tiro en la nuca o una soga en el cogote, la sentencia del tribunal saudí parece un inofensivo rapapolvo.

Y sin embargo, estamos en el siglo XXI, en un mundo en el que a pesar de la tecnología y los supuestos progresos culturales, realmente la palabra escrita sigue siendo la peor amenaza para la conciencia y la fe y la ataraxia del otro, para uno mismo. Recuerdo unas líneas de Anton/ Rushdie en el clímax de su drama: “En cualquier lugar del mundo donde se haya cerrado la pequeña habitación de la literatura, tarde o temprano se desmoronan las paredes”.

Menos mal que en esa habitación caída, los azotes que le propinarán a Fayadh no serán consecutivos sino que lo magullarán en dieciséis cómodas sesiones, tal como nos vampirizan los créditos bancarios. Tan crueles, tan crueles, los árabes no son.