¿Existe una cultura católica en México?

La existencia de católicos cultos no garantiza una cultura católica, por lo menos no como algunos podrían concebirla. 
El papa Francisco.
El papa Francisco.

Siempre me he preguntado si en México existe realmente una cultura católica y, si acaso, qué características tiene. Al hablar de cultura es necesario de cualquier manera definir qué entendemos por ésta, porque muy fácilmente se pueden generar confusiones. La existencia de católicos cultos no garantiza una cultura católica, por lo menos no como algunos podrían concebirla. Si por cultura entendemos el conjunto de representaciones colectivas en una sociedad determinada, entonces ciertamente hay en nuestro país una cultura católica determinada o varias culturas católicas, dependiendo del tipo de estrato, etnia o cosmovisión que se tenga. Pero si por “cultura católica” entendemos una perspectiva de la sociedad arraigada en instituciones que forjan y reproducen una manera de ver el mundo, entonces quizá en México no la tenemos.

Pienso en países como Bélgica o Argentina donde, desde mi parecer, existe indudablemente una cultura católica porque hay instituciones sociales o políticas que la reproducen. En Bélgica, por ejemplo, existe lo que se ha dado en llamar una “pilarización” de la sociedad. Ésta se inscribe en tres pilares o modelos de pensamiento diversos: socialista, laica o católica. Hay así escuelas laicas (liberales), sindicatos laicos, partidos políticos laicos, organizaciones de la sociedad civil laicas, al mismo tiempo que hay escuelas católicas, sindicatos católicos, partidos políticos católicos, etcétera, y lo mismo sucede con los socialistas. Existe entonces toda una estructura institucional social y política que intenta reproducir un modelo de sociedad y en la que se inscriben diversos sectores de la ciudadanía. En realidad, en la actualidad muchos de estos modelos, incluso el católico, ya han conocido un proceso de secularización. Pero no me interesa aquí ahondar en dicho fenómeno. Lo cierto es que en la sociedad belga hay una cultura católica que es reproducida por esta infraestructura institucional y que alimenta una determinada visión del mundo.

En Argentina no hay el mismo tipo de instituciones, por lo menos formalmente. Y sin embargo, la cultura católica ha permeado a las instituciones políticas, desde la época de la caída de las oligarquías agro–exportadoras con el crack bursátil de 1929 y el ascenso de regímenes nacional–católicos o católico–populistas en la década de 1930. Desde entonces y hasta ahora el discurso político está impregnado de referencias católicas y la legitimidad de los gobiernos pasa incluso por una determinada consagración proveniente de la Iglesia católica, la cual pasa una factura correspondiente en una enorme cantidad de subsidios y privilegios. Hay, desde esa perspectiva, una enorme cultura política católica que hace que todavía existan los Te Deum y que personajes como los Kirchner no hayan podido y ni siquiera intentado cambiar. Si acaso cambian de obispo para la consagración del poder. La llegada de un Papa argentino complica todavía más el panorama y explica que el candidato peronista a la presidencia no haya dudado en apelar al nombre del Papa Francisco en más de una ocasión durante los debates electorales.

Pero volviendo a México, y por esas mismas razones, me parece que en México no hay una cultura católica entendida como tal, o es una cultura completamente subordinada a la cultura laica, independientemente de los deslices cada vez más recurrentes de toda una clase política. En México sigue siendo mal visto que un político intente desplegar una determinada cultura o visión católica del mundo. Esto se lo debemos, para bien o para mal (según el gusto), a una tradición liberal muy arraigada en nuestro país desde mediados del siglo XIX, que se reforzó con el anticlericalismo de la Revolución mexicana, arraigado entre los constitucionalistas, quienes además resultaron los vencedores entre todas las facciones revolucionarias. Aunque el villismo también compartió ese anticlericalismo popular.

Por supuesto, todo ello no hace que desaparezca una “cultura católica” popular, que no se parece ni se acerca remotamente a lo que Roma (o para ser más precisos, la Santa Sede) quisiera que fuese.