Escritores ingleses conversos

Escolios.
Joseph Pearce.
Joseph Pearce.

Joseph Pearce (1961) es un escritor inglés, dueño de un turbulento pasado que incluye la militancia juvenil en movimientos de supremacismo racial y, luego, la conversión al catolicismo. Sin ese pasado quizá no podría comprenderse su libro  Escritores conversos (Palabra, Madrid, 2009), una estimulante pesquisa sobre las grandes figuras literarias inglesas que, a finales del siglo XIX y principios del XX, se convirtieron al catolicismo. En efecto, en el curso de unas cuantas décadas una constelación de escritores ateos, agnósticos o anglicanos, conformada por C. S. Lewis, J. R. R. Tolkien, G. K. Chesterton, Hilarie Belloc, Edith Sitwell, Dorothy Sayers, T. S. Eliot o Graham Greene, entre muchos otros, viven una fiebre de conversión, cada uno con sus fascinantes matices. Su conversión no es silenciosa: la mayoría se convierte en portavoz de una postura intelectual y social, y algunos, como Chesterton, en legendarios y divertidos polemistas. La obra e inquietudes de esta familia de personajes, que abarca desde la filosofía hasta la crítica de la cultura y la economía, constituye una reacción espiritual a la violenta división del cristianismo en Inglaterra, así como a la angustia, desazón y violencia que caracterizan la época de entreguerras. Las respuestas de los autores a este entorno son puntuales y concretas y muchas parecen tener todavía hoy vivacidad y vigencia. Con perspicacia narrativa el autor reconstruye un micro-cosmos, que se caracteriza por su intensidad y por sus ricas y complejas conexiones intelectuales. Por lo demás, Pearce anima la descripción de vidas, de sistemas de pensamiento y de climas culturales con una precisa dosis de cotilleo.

Si bien el autor es un devoto militante de su fe y, en ocasiones, hay cierta moralina en sus expresiones, sus semblanzas suelen ceñirse al rigor del  biógrafo académico. Así, en la sucesión de atmósferas intelectuales pujantes y dramáticas que Pearce reconstruye, se aborda tanto la accidentada coyuntura terrenal como los temas más espirituales. En sus mejores momentos, el libro se vuelve una novela donde los personajes son hombres y mujeres ávidos tanto de misterio como de certezas, tanto de devoción como de razón. Pearce hace un notable esfuerzo para resumir los argumentos principales de las poderosísimas mentes que aparecen en este catálogo; sin embargo, su mayor delectación (y eso se nota en su estilo) es indagar y reconstruir los choques y crisis espirituales que les llevan a la conversión. Estos choques no siempre son iguales y van del éxtasis a la desesperación escéptica o del rapto súbito a la lenta maduración de las ideas. El converso, fascinado por los conversos, quiere mostrar ese resorte secreto por el que algunos dan ese gozoso salto al abismo, que es cambiar o adoptar una religión pero, más allá de ese rasgo, el libro es un espléndido retrato de época y una pequeña gran historia intelectual de una olvidada etapa de esplendor e incertidumbre.