La crisis final

Reseña 
Esa otra orfandad  de Gabriela Couturier
Esa otra orfandad de Gabriela Couturier

Lo que tensa la trama de Esa otra orfandad, la primera novela de Gabriela Couturier, es la inconformidad. La protagonista cuenta con una vida profesional ascendente (a la cual ha sido guiada por un padre preocupado por el futuro), tiene un marido amoroso con quien comparte aficiones como los viajes, la buena mesa y el buceo; está llena de energía y de anhelos. A ese planeta perfecto, para tomar prestada una de las analogías que usa la narradora, le empieza a crecer un árbol de raíces enormes y destructivas, como los baobabs que el Principito tiene que arrancar (en el bello libro de Antoine de Saint–Exupery) para que no logren crecer y hagan estallar desde dentro el pequeño asteroide B–612.

El árbol que comienza a crecer en Esa otra orfandad es tan simple y tan humano como la constatación de que el mundo no está al servicio de nuestro capricho y que el tiempo sigue su marcha implacable sin detenerse. La protagonista no está conforme con habitar ese planeta perfecto, quiere más, quiere ser ella y, para comenzar, saber quién es ella. Tal vez, siempre lo ha pensado, tiene talento como fotógrafa, y esa vida se le antoja más rica que la que lleva en la oficina de un banco. Se había resistido a concebir, pero ahora que se acerca el deadline biológico de la maternidad resulta imperativo en su vida, en su estabilidad, en su felicidad, tener un hijo aun en contra de la naturaleza, que se lo niega. Dónde está su lugar: ¿en México, en Boston, en África? ¿En serio quiere traicionar a su solidario y entrañable marido con la ilusión de un affaire con un compañero de trabajo que ni siquiera la voltea a ver o está en un bache emocional y se sujeta a cualquier hilacho para salir de él (como le dice sabiamente una amiga por teléfono)? Las raíces destructivas del árbol de la inconformidad parecen alimentarse con el combustible del inclemente paso del tiempo sobre su piel. “No sabemos envejecer —solía decir su abuela— porque, cuando empezamos, la juventud es lo único que hemos conocido”. Y ella, la pobre, acercándose a la frontera de los 40 es apenas una incomprendida “mariposa de brillantes colores y singularidad desaprovechada”.

Esa otra orfandad es una catarsis, que enlista los elementos de lo que en Estados Unidos meterían en un cajón con la etiqueta mid–life crisis (todos los miedos, todas las frustraciones, todos los anhelos de alguien que entra a la adultez), pero es desarrollada por una escritora que, además, ambiciona ser una buena escritora. Con analogías y metáforas (en las que se agradece voluntad de estilo), la narradora no pretende adornar un discurso fatuo, de inconformidad a secas, sino dar forma coherente a un personaje sumido en un caos emocional, profesional y vital, que se desplaza en una trama inteligentemente construida y desarrollada de manera impecable: con transiciones claras, reiteraciones efectivas, buen (y amargo) humor, tensión, ritmo y un cauce imparable. La crónica en primera persona del largo via crucis de la lucha contra la infertilidad es desgarradora, desde el momento de asumirse yerma (aludiendo claramente a García Lorca), el tratamiento desquiciante de hormonas y la fertilización in vitro, hasta llegar al punto culminante del shock de hipotermia en la sala del quirófano (que es uno de los momentos narrativamente mejor logrados de la novela).

A punto de la crisis final, el personaje rompe en llanto cuando una amiga le explica que su perra tiene embarazos fantasma y se roba las toallas para construir una madriguera bajo el lavabo. “Supongo que está muy triste porque no llegó ningún cachorrito al nido que preparó”, le dice, y ella y sus hormonas enloquecidas no pueden contenerse, estallan, como un planeta invadido por las raíces horribles de la realidad. Es cierto que la protagonista llega a ser antipática en su afán de perfeccionar al mundo y de codiciar justamente lo que no tiene, de una manera obsesiva, caprichosa y envidiosa, por el simple hecho de que no lo tiene. Pero ¿no se trata de eso la vida? De ser movidos por el deseo con tenacidad feroz para traspasar nuestros límites y lograr los objetivos más absurdos o insignificantes o loables, y llegar por nuestro propio camino a la constatación de que “el cuerpo posee una sabiduría que no alcanzamos a aprehender, aunque comprendamos sus mecanismos”.