Ella es el presagio

Merde!
Escena de 'La visita del ángel'.
Escena de 'La visita del ángel'.

Los ancianos son expertos pero indefensos. Aman a sus nietos y soportan las grandes tonterías que hacen los jóvenes. De cuando están en la adolescencia y pueden cometer imprudencias que terminan en tragedias. No pueden negarse a escucharlos o simplemente ver cómo pierden el tiempo con el iPhone en la mano y los ojos perdidos en la nada. Ellos saben que es peor la vida que un mensaje en Twitter.

Los adolescentes saben que sus abuelos pueden ser grandes confidentes. A ellos cuentan todo, de manera tangencial. Un novio, una aventura, un viaje sin permiso de sus padres, un mal paso con los amigos y amigas. No oyen el consejo, quieren la complacencia senil. Nada les divierte salvo escucharse a sí mismos con sus gracejadas. La diversión antes que el sentido de la cruda realidad.

Los ancianos callan ante la nieta que se desata intentando ser feliz en medio del vacío latente. Tapa la triste historia familiar con la calle, la fiesta, las copas. Las miradas de los abuelos avizoran la tempestad que envuelve al ser querido pero no pueden hacer nada. Saben que un joven es juventud y su vida llevará las consecuencias de sus actos, por más consigna para cambiarle el destino.

Los abuelos prácticamente no hablan, viven en soliloquio frente al monólogo de la nieta. Gestos, movimientos, el detalle de las miradas entre ellos para mostrar su preocupación, risa, curiosidad, con la expresión de las manos para aportar a los actores la fuerza del silencio, en uno de los papeles más difíciles de que se tenga memoria en la dramaturgia mexicana. No hablar, apenas balbucear. Oír sin culpar. La contención de sentir…

La nieta habla sin hartarse. Lograr la atención en un monólogo es la rifa del tigre en el teatro. Decir sin cansar. Comunicar sin discursear. Atender la significación de las palabras antes de proferirlas para que el público no divague y se pierda ante la cascada de ideas y chismes de la familia, los novios y las intenciones de la nieta.

Vicente Leñero escribió La visita del ángel con tópicos vigentes hasta el día de hoy. Escrita en 1980, ahora la dirige Raúl Quintanilla, con escenografía de Mónica Kubli. Si bien logran la credibilidad del realismo casi hiperrealista, apenas llegan a convencer porque algo no embona en la comunicación entre actores. La nieta habla al aire, no a los abuelos, y ellos pierden el sentido de la retención. Incomunicación. Hay un clisé sobre el escenario que borra la credibilidad. Si alguien vio el montaje de Ignacio Retes en 1981, les va peor porque en comparaciones pierden todo sentido de verosimilitud. Quintanilla es un buen director teatral pero siempre le falla el casting: no aprende.

No es que sean malos actores. Pero el montaje carece de esa magia donde la realidad se presenta en el instante de hacer una sopa de verduras mientras se escucha la voz juvenil en la soledad de dos ancianos, uno de los cuales pierde la vida. Esa realidad, la muerte exigía sangre. Y eso es lo que faltó. Ella es el presagio que no se materializó.