Isabella Corona, actriz

Según algunos benévolos extranjeros, México es un país en formación; según otros, es un país en revolución
Isabella Corona
Isabella Corona (Especial)

En realidad es las dos cosas, más una tercera: un país de difícil digestión. La difícil digestión de los ciudadanos mexicanos tiene varias explicaciones: una, la altura excesiva, que dificulta el regular funcionamiento del cuerpo; otra, lo complicado y oriental de la alimentación y, por último, el hecho de que como México llegó tarde a esos grandes momentos de la historia que se llaman Grecia, Roma, Edad Media, se ha dedicado a asimilar agitadamente —como los niños golosos— todas esas teorías exóticas que nos llegan de Occidente desde hace 400 años y pico. Y la cultura europea es un platillo fuerte, de difícil asimilación, complicado, y que de tan maduro ya casi se descompone. Cada humilde ciudadano vive, pues, haciendo el papel de agotado y decadente europeo, para quien el mundo se está deshaciendo; y cuando la cultura y los clásicos se vuelven incomprensibles y mortales como un veneno, no queda más remedio que inventar una revolución. Mediante la Revolución, México vuelve a la salud y, después de una dieta más o menos prolongada, reanuda la pantagruélica tarea de devorar toda la civilización europea. La última intoxicación mexicana, que alcanzó una especie de parálisis general del cuerpo de la nación, se llamó: porfirismo. De la intoxicación y falsificación porfirista nos salvó la Revolución, que fue una especie de purga de colosales proporciones. Y, ahora, de nuevo con apetito. México, como dicen en los discursos: “Se reinicia en la senda del progreso”.

Una de las cosas que México necesita asimilar y reinventar es el Teatro. ¿Por qué no hay Teatro Mexicano? O, siquiera, ¿por qué no hay teatro, buen teatro, en México? Es un misterio; nadie lo sabe. Ha habido muchos intentos, muchos esfuerzos, pero ninguno de ellos ha culminado en la formación de un Teatro de México. Algunos fatalistas dicen que el teatro es algo que está en contra del espíritu mexicano, ese ser extraño, aislado, tímido, burlón, “para adentro”, constante enigma para los Lawrence, Frank, etcétera, que nos visitan. Pero no es así. Y para demostrarnos que, por el contrario, en México puede existir el Teatro, viven unas cuantas personas: Rodolfo Usigli, Julio Bracho, María Teresa Montoya, Xavier Villaurrutia, Isabella Corona, Alfredo Gómez de la Vega... Después de la gran purga revolucionaria era difícil que naciera el Teatro sin la ayuda del Estado. Pero el Teatro existe, late, quiere nacer. Solo falta una ayuda adecuada, un esfuerzo constante, generoso. El público responderá; lo hemos visto acudir a la sinfónica, al ballet, a los conciertos. Dentro de poco lo veremos en la temporada de Teatro que dirigirá Julio Bracho. Y, sobre todo, escuchando la voz cálida, profunda, de Isabella Corona, sin disputa la actriz joven de más talento, capacidad y vocación con que contamos.

Isabella Corona fue, durante mucho tiempo, la única verdadera esperanza del teatro mexicano. La otra, muy respetable y señora mía, no era esperanza, sino pasado. Y, ahora, veremos cómo cumple, cómo nos cumple Isabella esta esperanza que los amigos del Teatro tenemos en ella. Isabella es una de las pocas actrices mexicanas formadas en eso que se llama Teatro Experimental. Durante muchos años ha trabajado en salones reducidos, para un público pequeño y exigente, de escritores, pintores, músicos. Su primer gran papel lo representó en el pequeño Teatro de Orientación, que dirigía Celestino Gorostiza: se trataba de la Antígona, de Sófocles. Después vimos una de sus mejores interpretaciones: la Miriam, de Lázaro rio, la estupenda obra de O’Neill, en la inolvidable “versión escénica” de Julio Bracho.

Casada durante algunos años con Julio Bracho, a éste le debe, según confesión de ella misma, su actual calidad de actriz. Naturalmente que no ha sido solo la dirección de Bracho, sino también algo que Isabella no ha adquirido: temperamento, voz, vocación, talento natural de actriz. En 1936, la Universidad Nacional encargó a Julio Bracho una breve temporada. Y entonces pudimos contemplar —y escuchar— una excelente versión de Las troyanas. En esta obra, Isabella Corona, ya en trance de madurez, exhibió las más puras de sus capacidades, representando el papel de Casandra: inspiración, sobriedad, y una voz que la emoción templaba y hacía grave, profunda. Hasta aquí Isabella Corona había sido una actriz trágica. Algunos encontraban en esto un mérito; otros, una limitación. Pero el año de 1938, la Secretaría de Educación Pública, en un intento esporádico, organizó una nueva temporada teatral. Se “pusieron en escena” dos obras solamente: la boba comedia de Bontempelli, Minnie la cándida,y Anfitrión 38, de Jean Giraudoux. Esta última fue dirigida por Julio Bracho y el principal papel femenino, Alcmena, lo desempeñó Isabella Corona. Nunca la habíamos visto en un papel así, lleno de gracia leve, de ironía y buen sentido. Y de nuevo triunfó. Una vez más la frase de Diderot acerca del carácter de los comediantes fue comprobada por la realidad: “El carácter de los comediantes consiste en no tener ninguno”. O, mejor dicho, en tenerlos todos. Isabella Corona no solo era capaz de conmovernos y conmoverse con Antígona o Casandra, sino que también podía representar pasiones más equilibradas y temperamentos más serenos y graciosos.

Poco después, Isabella, ante la crisis del Teatro, llega al gran público por la vía o camino real del cine. Y gana, por su interpretación del papel de hechicera en La noche de los mayas, el primer premio cinematográfico. Estella Inda, que era la primera actriz de la película, fue desplazada por el talento de Isabella. Y el cine mexicano tuvo, por primera vez, una auténtica actriz entre sus filas. Ha hecho otras películas, aunque el cine no es para ella lo mejor de su vida. Lo mejor de su vida y de su talento están consagrados al Teatro. Y al Teatro volvió con Fernando Soler, en la temporada de Bellas Artes.

Y ahora, Isabella Corona se prepara para, sin duda, la temporada más importante y decisiva en su carrera. Y no solo para su carrera, sino para los destinos del Teatro Mexicano. Julio Bracho, el único director mexicano con sentido del teatro y del público, intenta ahora un esfuerzo de grandes proporciones, bajo el patrocinio del Departamento de Bellas Artes que dirige Mauricio Magdaleno, el joven escritor mexicano. Se trata de un repertorio selecto: dos obras clásicas (¿Volpone entre ellas?); dos obras mexicanas y una moderna. Y en la escena los mejores actores; para los decorados, los mejores pintores. Ojalá que la envidia, la vanidad, los celos ridículos, característicos de la muy respetable casta de los comediantes, no frustren esta temporada con exigencias o rencillas pequeñas. Y ojalá también que la política, sobre todo la política burocrática, no paralice este intento que ahora emprenden Magdaleno, Bracho, Margarita Urueta de Villaseñor y otras personas.