Frida pintada por sí misma

A raíz de este descubrimiento, los mexicanos nos dedicamos a leer en los periódicos el viaje de Frida a París, el éxito de su exposición, la venta de uno de sus numerosos autorretratos al Museo de ...
Frida Kahlo
Frida Kahlo (Armando Villegas)

De dinamitera a pintora, de la Preparatoria a la celebridad

“En gustos se rompen géneros”, dice el refrán. Hay gentes que, “muy su gusto”, se comen gatos crudos cuando anuncian que van a dar una conferencia, y que tocan un violín sin cuerdas en un concierto (lo cual, por otra parte, es una forma de pintarle un violín al público), o que les dan palizas a los críticos de arte cuando opinan en contra suya. Esos señores se llaman surrealistas y casi todos vivían en París. Su fama, como es natural, es tremenda, y para entrar en su casa tiene uno que pensarlo mucho; luego resulta que las casas de esos señores, casados con estatuas a las que contemplan con ojos furibundos en el retrato del día de bodas, son casas más o menos normales. Por ejemplo, la casa del poeta surrealista Robert Desnos, que tiene muchos cuernos en las paredes, una espada de cristal en la cabecera de su cama, una señora que se llama Yuki, un perrito Fifí y un día de recibo que es el sábado. Los surrealistas son terribles: hacen una profesión de la crueldad y demás menesteres; su oficio es herir la moral burguesa y su afición principal asustar a sus semejantes y después venderles sus productos. Las señoras de todas las clases sociales padecen ataques de nervios en cuanto un señor de ésos aparece en público y, pasado el susto, les compran un cuadro.

Surrealismo en estado de naturaleza

Nosotros los mexicanos somos más surrealistas que ellos, pero de una manera natural. No hay más que leer la página roja de los diarios para darnos cuenta de ello: “Señora que se traga la lengua de su esposo”; “Tenía calentura y cazó a un vecino”; etcétera. O ir un día a la Cámara de Diputados y oírlos hablar de su “distribución del régimen”, de la educación socialista o de la defensa de la democracia. En un país en el que hasta la geografía es surrealista (definición de Rafael Alberti: “Los mexicanos son unos locos rodeados de montañas por todas partes menos por una, que se llama cielo”), nada resulta surrealista; de allí que tuviéramos, sin darnos cuenta, a la surrealista más grande que haya habido: Frida Kahlo de Rivera. Y así como Colón, y no Moctezuma, descubrió a América, André Breton, y no Diego, descubrió a Frida.

Frida en su salsa

A raíz de este descubrimiento, los mexicanos nos dedicamos a leer en los periódicos el viaje de Frida a París, el éxito de su exposición, la venta de uno de sus numerosos autorretratos al Museo de Arte Moderno de esa ciudad, etcétera, todo lo cual nos enorgullecía. Después de esto ha llovido algo y ya todos sabemos, más o menos, quién es Frida Kahlo. No obstante, hay que puntualizar y presentar a Frida tal como es: desde luego es guapa, muy guapa; tiene una extraña afición por los Judas que la vigilan a la hora de pintar, de recibir y de dormir. Hay en su estudio dos enormes Iscariotes, uno de los cuales, puesto junto a una ventana, chorrea sangre, muy seriecito; el otro, al fondo, enorme y bien plantado, está como de visita. Uno se pregunta: ¿por dónde entró? En su habitación hay una cama con dosel y encima un Judas–calavera, recostado en dos mullidos almohadones de raso color de rosa; tiene también rorros, nichos, santos, diablos y puerquitos de alcancía. En el corredor hay filas militares, no de magueyes, como pensaría Carlos Pellicer, ni de macetas, como usted lo está pensando, lector, sino de ídolos pensativos y tristones. En un ambiente así, claro está que no pegaría una señora en traje detenis, ni a una deportista se le ocurriría crear una atmósfera semejante; por eso, contraviniendo la tiranía de la moda, Frida se presenta siempre y en todos los sitios vestida con lujosos trajes de tehuana o de cualquier otro sitio del país, trajes que, usted, lectora, llamaría disfraces. (¿Y no será que muchas andan disfrazadas de occidentales, como las japonesas vestidas de girls?) En resumen, Frida vive completamente alejada de la moda, es hermosa y tiene un gusto terrible, que es mejor que tener “buen gusto”. Añada usted a esto que es muy inteligente, que habla de una manera “chicha”, que si su abuelo paterno era alemán, su abuelo materno era indio, y tendrá aproximadamente idea del tipo de nuestra involuntaria surrealista.

Sus pinceles la retratan

Hemos escrito “involuntaria surrealista” de un modo intencional. En rigor, todo verdadero surrealismo debería ser involuntario, pero pocas veces ocurre así. Frida pinta hace once años, “desde que me apachurró un camión”, nos dice. Estudiaba en la Preparatoria, no le interesaba la pintura, pertenecía a la banda de “los cachuchas” y era dinamitera. (No obstante, nunca ha ido a la cárcel). El accidente la entristeció, la cambió; desde ese día le gusta pensar en la muerte y pintarla. No le interesa la pintura como oficio ni como arte. Pinta para expresarse, para comunicarse; lo único que le gusta, en el fondo, es pintar: pintarse, mejor dicho. Toda su pintura es autobiográfica y, más que autobiografía, confesión. Su infancia, su adolescencia, los conflictos por los que atraviesa, sus fracasos y sus éxitos, los pasa al lienzo, con una ingenuidad maliciosa. Porque su ingenuidad es maliciosa, tiene un doble fondo; es más adolescente de lo que la gente cree y menos de lo que ella se siente. Su pintura es como un diario; no un diario bobo, de colegiala; tampoco un diario de persona madura, sino de colegiala sonámbula, con pesadillas, con visiones, con presentimientos y recuerdos. Su pintura es más realista de lo que creen los críticos y, después de todo, casi no tiene fantasía, sino memoria, que es más importante. Memoria, no para el mundo exterior, sino para su propio mundo íntimo; ojos, no para el paisaje, sino ojos interiores, hacia adentro, para ver los sueños, los sentimientos, los rostros y las manos que la han ido formando lentamente, desde antes de nacer. Por eso dice que los surrealistas son muy sangrones y Dalí le cae “gordo”. Es un farsante y, además, no conoce bien su “oficio”. (¿El de pintar o el de “epatar”?)

Casamiento y mortaja del cielo baja

Hace un año y meses Frida se divorció de Diego. (Cuando digo Diego digo Diego, no digo Rivera, porque no hay otro Diego que el Diego que digo.) Hace tres meses se volvieron a casar en San Francisco, en donde Diego pintaba un fresco y a donde Frida, en avión, llegó a curarse, gravemente enferma. Pero no bajó del cielo para morirse, sino para casarse. Su segundo matrimonio con su primer marido no le cayó de nuevo, naturalmente. Y ahora, después de estos agitados meses, Frida, en su casa de Coyoacán, se dedica a pintar para su próxima exposición, que se hará a fines de este año, en Nueva York. Y colorín colorado...