El rebelde reloaded

Caracteres
En la última polémica entre poetas, una de las más virulentas de que se tenga memoria, los nuevos linchadores denuncian y ahogan de mierda a gente de la calaña de Vandervelde
En la última polémica entre poetas, una de las más virulentas de que se tenga memoria, los nuevos linchadores denuncian y ahogan de mierda a gente de la calaña de Vandervelde

 Por la fuerza de las circunstancias se antoja hablar otra vez de la perversa relación entre la rebeldía y la oficialidad.

Hablar de cómo el rebelde, llegado a la madurez irreversible, se deja seducir por el mundo oficial. O más bien: de cómo lo seduce. Cómo desde el principio (desde su juventud andrajosa y maloliente y maledicente) no ha hecho, en realidad, sino seducirlo. Hacerse amigo del funcionario. Coquetear con la funcionaria. Comer con ellos de vez en cuando. También dormir, si la ocasión se presta. Y, en todo momento, compensar los desaires y el desprecio públicos al poder con una halagüeña y hasta genuina intimidad con los poderosos.

De manera que cuando el rebelde asiste a un festival de poesía o a una feria del libro (y no hay feria ni festival dignos de ese nombre sin la garantía de su asistencia), el director del Instituto Cultural o el presidente municipal o el gobernador del estado o el secretario federal de Cultura o hasta el presidente de la República lo mencionan en su discurso y citan alguna frase suya y en la noche lo sientan a su lado en el banquete de inauguración. Y el rebelde brinda con todos los comensales, sean del partido que sean. Y hace chistes y fomenta que hagan chistes a sus expensas. Y si está de vena se emborracha y suelta más de una incómoda verdad, que se le festeja con carcajadas y sonoros aplausos.

Antes, no mucho antes, Vandervelde Marcial (hoy apodado “El rebelde oficial”) era un linchador. Un temible francotirador que con ráfagas de tuits y granadas en Facebook hacía volar en pedazos la tolerancia, si no la reputación, de cuanto poeta ganara, con un proyecto malo o incluso bueno, una beca que él codiciaba. Y se ponía más agresivo aún con los poetas que ganaban, con libros malos y sobre todo buenos, los premios que él creía merecer.

Pero desde entonces le han dado becas, sucesivas becas de creador artístico. Y espera que a cierta edad le den el Premio Nacional, para que sea creador emérito. Y mientras tanto le dan premios menores, unos más jugosos que otros. Y Vandervelde los acepta con gusto, venga el dinero del partido que venga. Y también acepta ser jurado de los premios que le dieron o podrían darle. Y tutor de jóvenes creadores que él escoge sin otra coerción que la de su propio criterio (idéntico a su propio interés).

En la última polémica entre poetas, una de las más virulentas de que se tenga memoria, los nuevos linchadores (rebeldes oficiosos con urgencia de ser oficiales) denuncian y ahogan de mierda a gente de la calaña de Vandervelde (a quien aluden por su apodo), que se ha pasado supuesta o realmente al bando de los gobiernistas (como si los oficiosos no tuvieran ni quisieran becas).

“¿Qué vas a responder?”, le preguntas por e–mail y SMS y WhatsApp, pues no toma tus llamadas y desde que empezó el linchamiento su Twitter y su Facebook mantienen un inédito silencio. Pero no hay respuesta.

Parecería que, acusado de craso priismo, Vandervelde Marcial se ha vuelto un rebelde sepulcral.