El pordiosero y el virtuoso

Vibraciones
Joachim Raff compuso nueva música pero a nadie pudo venderla.
Joachim Raff compuso nueva música pero a nadie pudo venderla.

Este retrato atrapa la vida de Joachim Raff (1822–1882), desde su infancia hasta el primer acercamiento con Franz Liszt


La muerte y el agua

Joachim Raff (1822–1882) —a los ocho— se aventó al lago Zürich para recoger un soldadito de plomo; cinco minutos después, el capitán de un barco pesquero lo sacó inconsciente del agua. El niño creció convencido de que Dios lo había salvado por ser un elegido, y también creció con el eterno desamparo de un juguete perdido cubriéndole el corazón.

Si traducía mal versos del latín al alemán o si se ensuciaba los zapatos, su padre —Joseph Raff, el maestro más temido en Lachen— le pegaba con un látigo en la espalda. Joachim Raff dejó de comer y de beber durante tres días a los 15. “Me dejo morir si vuelves a ponerme una mano encima”, amenazó a su padre, y su padre ya no le pegó, pero redobló los golpes en contra de su esposa.

Ella, Katherina Schmid, atendía una tienda de cristal y porcelana. Tenía sangre alemana y le gustaba escuchar a su hijo tocar el órgano y caminar con él a través de montañas. Joachim Raff repudiaba los espacios planos. La visión de un panorama sin formas lo sumía en la angustia y en el pánico. “El agua es el alma de cualquier paisaje”, le decía a su madre, “un paisaje está muerto si no tiene agua”.

Para poder estudiar en una casa que compartía con cinco hermanos más pequeños (Kaspar, María Antonia, Alonsia, Selina y Peter) y el fantasma de una bebé que murió recién nacida, Joachim Raff adquirió la costumbre de tomar siestas durante las horas de sol y trabajar de madrugada con los pies metidos en una tina llena de agua helada.

 

Un maestro golpeador

Claro como el agua: en 1840 Joachim Raff se convirtió en maestro de la Upper Primary School de Rapperswil y abofeteaba a sus alumnos cuando se portaban mal o se equivocaban. En el pueblo era respetado por su conocimiento enciclopédico y lentes dorados que le daban aspecto de joven brujo miope.

De su infancia, un recuerdo lo perseguía: el tañido de las campanas llamando a misa a la hora del ocaso, cuando el cielo se volvía rojo y el agua de los ríos corría lentamente, pintada de sangre, con un misterioso sonido largo, suave y sereno que lo transportaba al mundo de los sueños.

Joachim Raff compró un piano y por la noche, al término de la jornada en el aula, componía breves piezas bailables (barcarolas, tarantelas o serenatas) de atrevidas construcciones armónicas (tendían hacia la ambigüedad tonal) y extrañas melodías rotas, construidas con fragmentos, que en su discurso incompleto adquirían una intensa expresión atormentada.

La música comenzó a acecharlo: pensaba en sonidos cuando exponía matemáticas y pensaba en sonidos cuando explicaba gramática, y no poder dedicarse de tiempo completo al sonido lo llenó de amargura. Tuvo un amorío con una mujer casada y se volvió gruñón e iracundo. Con su caligrafía tosca, de gruesos trazos puntiagudos, escribió en su diario: “Eres un imbécil, no has aprendido nada, ni siquiera has descubierto si tienes talento o no para la música”.

Por recomendación de sus nuevos amigos, los hermanos Curti (Anton, cantante; Franz, médico), le envió a Mendelssohn las partituras de sus piezas para piano y éste —entonces treintañero— lo recomendó con sus editores (Breitkopf and Härtel), quienes las publicaron.

Ver su música impresa con el apoyo de la máxima figura del romanticismo alemán le dio a Joachim Raff la fuerza para renunciar a la enseñanza. Su familia se le echó encima. Su madre le dijo: “No puedo creer que un hijo mío se haya convertido en un musiquillo mendicante”. Y el veneno materno se convirtió en profético. 

Joachim Raff compuso nueva música —obras de mayores dimensiones, como su Sonata para piano— pero a nadie pudo venderla. Se mudó a Zürich. Acumuló deudas. Intentó dar clases. Intentó publicar arreglos de canciones populares. Nada. Lo corrieron del cuarto que rentaba por falta de pago y pisó la cárcel. Durmió algunas noches tapado con cartones bajo los árboles.

El 18 de junio de 1844, caminó 15 horas —cerca de 75 kilómetros— para asistir a un recital de Franz Liszt en Basel. Le llovió encima. Y cuando Liszt, adorador de la teatralidad, se enteró de que un hediondo vagabundo vino a pie desde Zürich solo para escucharlo, lo subió al escenario y comenzó a tocar ante un público estupefacto al escuchar la música del virtuoso ante la imagen de un pordiosero —Joachim Raff— escurriendo sudor y agua al lado del piano.