El número del hombre

Se dice que Dios escribe poesía con números y que con números hizo al Universo. Si Dios creó al ser humano en el sexto día de la Creación, el 6 es el número del hombre y el 666 la cifra de la vida.
El número del hombre.

El infierno son los otros.

Sartre



El señor Sánchez conducía su automóvil por avenida Chapultepec. Eran las 9:48 de la mañana y se le hacía tarde para llegar a la oficina. Juan se abalanzó sobre el parabrisas para limpiarlo y ganarse algunas monedas. El señor Sánchez, con su prisa y desesperación, estuvo a punto de arrollarlo. “¡Te pasas de bestia”, alcanzó a gritar Juan. El número de placa del vehículo compacto era 667.


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Salt Lake City, Utah. En el cementerio local los turistas visitan una extraña tumba. Dejan velas alrededor de ella; algunas personas hacen rituales, la mayoría se toma fotografías donde se les ve sonrientes frente a la inscripción en piedra: “Lilly E. Gray, junio 6, 1881–noviembre 14, 1958. Víctima de la Bestia 666”. Aún más extraño que el epitafio es el hecho de que nadie sabe en qué circunstancias murió Lilly, si es que ese era su nombre real. Tampoco se conoce si tiene deudos y, mucho menos, cuál de ellos fue el responsable del misterioso grabado en la lápida.

Aproximadamente a tres mil kilómetros al Este de Utah, en el estado de Georgia, está Savannah —la ciudad “más embrujada” de Estados Unidos—. La fiebre amarilla llegó a la ciudad en 1820 y terminó con la vida de 666 personas. Para alejar cualquier tipo de maldición, las autoridades decidieron cambiar el número en la placa del Colonial Park Cemetery. Redondearon la cifra a 700 muertos.

El 666, número condenado, ha generado tanto miedo que incluso existe un nombre —impronunciable— para designar el temor patológico que provoca: hexakosioihexekontahexaphobia. Pero la cifra no siempre ha sido maldita. El 666 se puede rastrear como símbolo (al igual que cualquier número) en toda la historia de Occidente. En los idiomas de Babilonia, Grecia, Roma y el imperio medo-persa (los cuatro imperios paganos sobre los que se funda la historia actual) las letras tenían un valor numérico; lo mismo sucede en la lengua hebrea: así todas las palabras pueden representarse mediante una cifra.

El panteón caldeo–babilónico (en el territorio de Mesopotamia) reunía a 36 dioses mayores. Para designar a las deidades menores y a los hombres sabios se utilizaba el número 6; el dios principal, Anu, era representado con el 60. El 666 era el número que concentraba todo el conocimiento y el origen del Universo; era la suma de la sabiduría de los dioses.


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Siglo I antes de Cristo. El arquitecto romano Marco Vitruvio Polión escribe el primer tratado de arquitectura donde señala que toda construcción debe servir a tres principios básicos: estabilidad, funcionalidad y belleza. En los diez libros que conforman De Architectura, Vitruvio retoma el 6 en la acepción caldea y lo expone como el “número perfecto”. En cuanto al cuerpo humano como una construcción sublime, el arquitecto dice de sus proporciones:


el pie es la sexta parte de la altura del hombre, o lo que es lo mismo, sumando 6 veces un pie, delimitaremos la altura del cuerpo; por ello tal numero —el 6— es el número perfecto, y además un codo equivale a 6 palmos, o lo que es lo mismo, 24 dedos.


Vitruvio seguía las ideas de los discípulos de Pitágoras cuando afirmaban que el cubo del número seis, es decir 6x6x6, que da como resultado la cifra 216, era el número de versos que debía tener toda obra literaria transmitida mediante la oralidad, porque solo así se consigue una estabilidad “inamovible” en la memoria.


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Fue el Libro de las Revelaciones, o el Apocalipsis de San Juan —último libro del Nuevo Testamento, probablemente escrito a finales del siglo I o principios del siglo II de nuestra era— el que le ha dado mala fama al triple 6. Su condena bien podría deberse a un error de traducción.

El versículo 13 del capítulo 18 sentencia: “Aquí hay sabiduría: el que tiene entendimiento, cuente el número de la bestia, pues es número de hombre. Y su número es seiscientos sesenta y seis”.

Según la gematría (el método que le asigna un valor numérico a cada caracter hebreo), la traducción correcta para la palabra “bestia” podría ser “Leviatán”, aquel monstruo marino que, aunque muchas veces se asocia con Satanás, es una reminiscencia de un mito compartido por hititas, acadios, sumerios y prácticamente por todas las culturas que habitaron la antigua Mesopotamia.

Se cuenta que en el área donde alguna vez estuvo el Paraíso todo era confusión hasta que llegó la gran Serpiente Civilizadora, Oanes, mitad hombre y mitad pez que le enseñó a la humanidad a pensar. Los regalos de esta serpiente marina fueron la agricultura, la arquitectura, la herrería y la escritura.

Oanes era el protector de los mesopotámicos, lo que lo convirtió en un enemigo natural de los hebreos que pasaron varios años cautivos en territorio babilónico. Si las religiones locales asignaban el número 6 a las deidades que oprimían a los judíos, no sería de extrañar que fueran relacionadas con el Mal, porque —como afirma Sartre— “el infierno son los otros”.

Nabucodonosor II reinó entre el año 605 y el 562 a. C. Fue el promotor de la construcción de los jardines colgantes de Babilonia, pero en la tradición judía es repudiado por ser el responsable de la destrucción del Templo de Jerusalén y la conquista de Judá.

Los historiadores han reconocido la utilización del número 6 en prácticamente toda la cultura mesopotámica. Se cuenta que Nabucodonosor obligaba a los judíos y a todos sus súbditos a adorar su imagen en una estatua que medía 60 codos de altura y 6 de ancho.

Curiosamente, tras el cautiverio en Babilonia, en la lista de nombres de los judíos que regresaron a Jerusalén, se lee que fueron 666 descendientes de Adonicán los que volvieron a su tierra.


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Para algunos estudiosos bíblicos, el número 666 identifica a un personaje histórico de la época en la que fue escrito el Apocalipsis. Sugieren que la Bestia —o el Anticristo— pudo ser cualquiera de los Césares romanos que se hacían adorar como dioses en la Tierra y que obligaban a sus súbditos a rendir pleitesía frente a sus imágenes. Si seguimos los juegos de la gematría, podría ser que el triple 6 represente a Dominiciano, quien persiguió implacablemente a los cristianos durante el primer siglo después de Cristo, pero la mayoría de los investigadores otorgan la cifra a Nerón, quien además cumple con otras características de la Bestia descritas en otros capítulos bíblicos: mandó a asesinar a Agripina la menor, su madre; persiguió a los cristianos y fue un emperador cruel.


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El átomo de carbono (cuyo número atómico es Z, equivalente al número 6) es la base de toda química orgánica. En otras palabras, del átomo de carbono surge la vida. Está compuesto por 6 protones, 6 neutrones y 6 electrones. El 666 es, pues, el código de la vida.

Se dice que Dios escribe poesía con números y que con números hizo al Universo. Si Dios creó al ser humano en el sexto día de la Creación, el 6 es el número del hombre y el 666 la cifra de la vida, del espíritu encarnado en la materia.