El declamador

Caracteres.
Declamar.
Declamar.

Desde Homero (y acaso antes) existe la creencia de que el poeta, además de componer sus versos, debe saber recitarlos o, de perdida, leerlos bien en voz alta.

La especulación está de más. Para hablar de poesía hay que referirse a poetas individuales y a poemas específicos. Y es un hecho que dos de los mayores poetas del siglo XX no acostumbraban a recitar en público sus poemas y los leían bastante mal: uno, T.S. Eliot, con una ampulosa imitación del acento inglés, y el otro, Octavio Paz, con un incómodo sonsonete en español.

También es vano multiplicar los ejemplos concretos. Las ideas erróneas se propagan tanto o más que las ciertas y hasta la fecha sobra gente que cree que el arte del poeta no está en la composición, sino en la recitación. O, peor todavía, en una variante teatral de ésta: la declamación.

Al igual que los meros prosistas, la mayoría de los poetas escriben sus obras (poco importa si a mano o directamente en el teclado). Los declamadores, en cambio, las dictan. Como el elocuente Nabor, que a falta de secretario(a) vocifera sus versos para transcribirlos él mismo y a falta de sílabas en su nombre firmó sus primeros poemas con el seudónimo (abandonado después, por extranjerizante) de Nabucodonosor.

No por ello desprecia la palabra escrita. A los cuarenta y muchos años, Nabor ha publicado no menos de ocho poemarios y ganado algunos premios municipales e incluso uno nacional. Pero lo mejor de sí necesita testigos para desplegarse y él debe su fama (que alguna tiene) no tanto a los lectores como a los espectadores.

Sus presentaciones, en efecto, son todo un espectáculo. Bien parecido y bien conservado a su edad, cultiva una larga melena de rockero de los setenta y, para contrarrestar ese aspecto foráneo, gasta una indumentaria netamente local: botines de tacón alto, pantalón entallado y camisa del mismo color con flecos, al estilo narcobanda, y un sombrero norteño cuya ala curva le ensombrece el visaje.

Mientras los demás poetas sentados a la misma mesa leen sus poemas, él cierra los ojos y aprueba con rítmicos vaivenes de la cabeza. Al llegar su turno se quita el sombrero y lo pone enfrente en función de atril. Pero no lo requiere. Pues aunque tiene entre sus manos un libro abierto y de vez en vez le echa un vistazo, para que el público no deje de notar que no está leyendo, Nabor declama sus versos con voz estentórea.

Cuánta emoción (aunque si miras a otro lado podrías confundir esa cantinela con el discurso de un político en campaña). Cuántos ademanes y muecas (aunque un actor de telenovela sea capaz de eso y más). Cuántos aplausos no a la poesía sino al poeta (aunque, con suma franqueza, no te molestaría recibirlos también tú).

Lástima que cuando hojeas su libro una hora después, en el hotel, toda esa oratoria grandilocuente se reduzca a unos versitos convencionales. Lástima que, luego de guardar su disfraz de grupero y vestirse de jeans y T–shirt para la cena, Nabor el declamador se transforme en un poeta (y en un hombre) ordinario.