El antihollywoodense

Caracteres.
Escena de E.T. El extraterrestre.
Escena de E.T. El extraterrestre.

Ciudad de México

Una tradición casi tan larga como la del cine de Hollywood es la del menosprecio al cine de Hollywood.

Desde la época ya remota de las películas mudas hasta la actual de las grandes producciones en tercera dimensión, pasando por la de las cintas clásicas en blanco y negro y la del technicolor y los setenta milímetros, ha sido de buen tono en la alta sociedad y políticamente correcto entre la grey biempensante emitir opiniones antihollywoodenses.

Dos axiomas complementarios rigen el razonamiento (por llamarlo de algún modo) de la gente que opina así. Primero: que cualquier otro cine (el europeo hace unas décadas, el asiático ahora) es superior estética pero sobre todo moralmente al cine de Hollywood. Segundo: que si alguna película (o director o actor o guionista) hollywoodense tiene tal calidad que resulta imposible desecharla, es porque se filmó (o dirigió o actuó o escribió) en el pasado, cuando Hollywood no era tan corrupto como hoy.

Los defectos de estos prejuicios saltan a la vista. Del primero, porque el cine de otras latitudes, comparado con el de Hollywood, tiende a ser rudimentario y lento, cuando no llanamente aburrido. Del segundo, porque las películas y directores y actores y guionistas de Hollywood que en una época dada concitan la ira y el desprecio de sus contemporáneos antihollywoodenses son los mismos que veinte o treinta años después suscitarán la admiración y la nostalgia de los nuevos antihollywoodenses.

No han faltado excepciones que confirmen la regla del antihollywoodismo. La más noble es la de los Cahiers du Cinéma, que en las décadas de 1950 y 60, gracias a los críticos y luego cineastas Rohmer, Rivette, Godard, Chabrol y Truffaut, vindicaron a directores que trabajaban a la sazón en Hollywood, como Mankiewics, Wilder, Aldrich, Hitchcock, Ray, Hawks y Welles. Solo que, tal vez para relativizar tantos aciertos, incluyeron en su lista de películas favoritas no menos de tres de Jerry Lewis.

De tales cuestiones sueles disputar con Ramiro Plutense, también cinéfilo, a quien te vincula una amistad no empañada por ningún acuerdo. Si te dice, para provocarte, que aborrece las películas hollywoodenses basadas en personajes de cómics, tú le preguntas, para irritarlo: “¿de veras no te gustó la trilogía de Batman dirigida por Christopher Nolan?” Y si replica, irritado, que eso es otra cosa, contrarreplicas, insidioso, que por lo visto sí hay películas de Hollywood que él condesciende a ver.

Pero no solo de superhéroes se nutren sus discrepancias. Están además las obras maestras de la ciencia-ficción, como Blade Runner o Alien o incluso Avatar, que tu amigo no sabe cómo entender. En 1982, al salir del estreno de E.T.: el extraterrestre, te topaste con Plutense. Apenas saludó y se fue de inmediato, para que no advirtieras que él también había llorado.

La última discusión entre ustedes habría llegado a la aspereza de no ser porque reíste de buena gana cuando Plutense el antihollywoodense afirmó: “para cine, el de Irán”.