El año en que todo cambió

Cuando a mediados de los años sesenta el fotógrafo neoyorquino Daniel Kramer lo conoció, Bob Dylan, que entonces tenía 23 años, era casi un desconocido
Nueva York, diciembre de 1964
Nueva York, diciembre de 1964 (Daniel Kramer/ Taschen)

Madrid

La primera vez que coincidieron, Dylan parecía inquieto e intimidado por su cámara. Sin embargo, en el transcurso de un año y un día las cosas cambiaron. Entre 1964 y 1965, Kramer tuvo el privilegio de fotografiar a Dylan en su casa en Woodstock, Nueva York, de gira, en sus conciertos y en los backstages, lo que le permitió crear una impresionante colección fotográfica que se ha convertido, con el paso de los años, en un asombroso documento del salto de Dylan al estrellato.

En esa colección, que a principios de este año el sello Taschen editó en un exquisito libro para coleccionistas titulado A Year and a Day, que incluye una fotografía autografiada por el propio Dylan, así como 200 imágenes del archivo Kramer, muchas de ellas inéditas hasta ahora, se pueden encontrar momentos impagables, como el mítico concierto con Joan Baez en el Philharmonic Hall del Lincoln Center de Nueva York, las sesiones de grabación de Bringing It All Back Home, el hoy célebre concierto de Forest Hills —cuando la polémica transición de Dylan a la guitarra eléctrica demostró su incansable y críptico espíritu de transformación— o tomas descartadas de las sesiones fotográficas para las carátulas de Bringing It All Back Home y Highway 61 Revisited

Además, este libro —que se basa en el publicado por Kramer en 1967 bajo el título de Bob Dylan: A Portrait of the Artist’s Early Years— es en gran medida la crónica en imágenes de una época fundamental en la historia de Dylan y del rock and roll, pues incluye escenas con amigos y colaboradores decisivos en su historia creativa, como Joan Baez, Johnny Cash, Allen Ginsberg, Peter Yarrow, Odetta, Les Crane o Albert Grossman.

Como recuerda Daniel Kramer, todo comenzó en febrero de 1964, cuando asistió al show televisivo de Steve Allen y vio por vez primera a Dylan. “Solo, bajo un reflector, únicamente con su guitarra, el enérgico sonido de Dylan llamó mi atención, y entonces comencé a poner atención a sus letras. Cantaba acerca de la corrupción y la justicia: el absurdo asesinato de una vieja mesera a manos de un rico e influyente huésped en una fiesta en Baltimore. El reportaje periodístico del asesinato de esa mujer había sido la verdadera inspiración de la canción “The Lonesome Death of Hattie Carroll”, que concluye describiendo el inadecuado castigo para ese crimen: seis meses de sentencia. ¡Seis meses! Pero eso era poesía, una poesía tan buena como jamás había leído, y pensé que era muy valiente al decir esa clase de cosas en un programa de televisión tan famoso y popular”.

Más tarde, Kramer viajó a Woodstock, donde Dylan vivía. “Escuché el rugido de una moto en la quietud de aquella cabaña y tras desaparecer en el garaje, un flaquito y desgarbado joven vestido con jeans, botas y una camiseta arrugada se acercó a mí. Los rizos salían del casco, y su débil complexión le hacía parecer de menos edad que los 23 años que entonces tenía. Con el tiempo y los años he pensado acerca de los momentos que pasé entonces con Dylan y parecen revelar una parte esencial de su personalidad. Era evidente que se trataba de un hombre que establecía sus propias reglas y se resistía a ser manipulado. Sabía lo que quería hacer y lo que quería crear. Más tarde, pude ver esta parte de su personalidad cuando estaba grabando y actuando y documenté muchas facetas de su vida profesional y para la realización de tres portadas de sus más importantes discos”.

Tras algunas sesiones y después de compartir un tiempo con él, Kramer se dio cuenta de que Dylan “era un ser mucho más complejo e interesante de lo que había esperado. Bob estaba en un permanente estado de evolución creativa. Y en el año en que lo fotografié, su música y su aspecto cambiaron radicalmente. En ese tiempo optó por la electrónica y, según me consta, no fue en el Festival Folk de Newport, ni en Forest Hill, sino en enero de 1965, en los estudios de Columbia Records en Nueva York, cuando grababa Bringing It All Back Home. Un lado del disco es acústico, y en el otro Bob aparece con una guitarra eléctrica con el grupo. Ese disco se grabó el 22 de marzo de 1965, y a finales de julio de ese año, cuando compuso “Like a Rolling Stone”, una pieza de más de seis minutos de taciturnos e inquietantes versos en medio de un mar de canciones de amor de tres minutos, cambió la manera en que los sencillos iban a ser radiados. Así que todo lo que tenía que ver con Bob se convertía en algo grande. Pero tuve la fortuna de captarlo en ese momento especial, ese año big-bang en que Bob Dylan hizo dos de sus mejores discos, cuando cambió la música y el negocio de la música, y cuando pasó de ser un chico que prometía a una persona que acabó recorriendo un largo camino en el que al final triunfó y ganó, entre otros reconocimientos, varios doctorados honoris causa, once Grammys, un Oscar, un Pulitzer”. 

Y, ahora, el Nobel de Literatura.

Aquella época entre 1964 y 1965 fue decisiva. “Fue absolutamente maravillosa, y hoy, cuando hablamos de ello, en algún momento Bob me ha comentado que no importaba cuánto trató de ser razonable con los periodistas, los artículos que escribían acerca de él nunca funcionaban y resultaban distorsionados e imprecisos. Por eso es que siempre intentaba responder a sus preguntas de forma que les hiciera ver que eran tontas o naifs. Si le preguntaban, por ejemplo, ‘¿Qué es lo que realmente quieres hacer?’, él respondía: ‘Ir a la escuela, aprender a hacer dinero y tener éxito’. Por eso casi siempre eran los periodistas más jóvenes quienes tenían las mejores oportunidades. Dylan parecía tenerles más paciencia. Una vez, después de un concierto en Princeton, adonde un entusiasta Allen Ginsberg había asistido como fan, Dylan dio primero una entrevista a una estudiante de secundaria y después a un chico que escribía su primera nota para el periódico de su colegio. El chico terminó preguntando cosas acerca de la canción “With God on Our Side”, y le dijo a Dylan: ‘¿Crees realmente lo que dices en esa canción?, ¿crees realmente las palabras que escribes?’ Y Dylan respondió: ‘Yo creo en cada aliento que respiro’, y tras decir esto, abrazó al joven periodista y exclamó: ‘Y creo en cada aliento que tu respiras’. Ginsberg, que llevaba puesta una corona que se había encontrado en el camerino, los abrazó a los dos y gritó: ‘¡Y yo creo en cada aliento que todos respiramos!’ El chico periodista estaba tembloroso cuando la entrevista continuó, y Ginsberg, dándose cuenta, se ofreció a ayudarle quitándole el lápiz y la libreta de las manos y siguió haciendo la entrevista”.

Kramer no siente nostalgia, y subraya que Bob Dylan “es tan emblemático como lo ha sido siempre, y sigue dándonos su música con el mismo vigor y creatividad prolífica que en sus primeros años. Su amor por la música, su admiración por los cantautores que lo precedieron, siguen intactos”.