El Bosco, cinco siglos de fascinación

Reportaje
El Bosco. La exposición del V centenario se inauguró en el Museo del Prado en Madrid, España.
El Bosco. La exposición del V centenario se inauguró en el Museo del Prado en Madrid, España. (Especial)

Madrid, España

Hay una figura retórica que siempre acompaña a El Bosco: la hipérbole. Especialistas y aficionados suelen referirse a este pintor holandés, fallecido hace 500 años, como el autor de una obra “extraordinaria, excepcional e irrepetible”. Es común que todo aquel que entra al Museo del Prado, en el corazón de Madrid, se detenga varios minutos delante de El jardín de las delicias y observe con fascinación cada uno de los elementos que componen el tríptico. Dentro de la pinacoteca, solo Velázquez y Goya le hacen la competencia en popularidad, pero tal vez a partir de este verano el artista que no fechó sus cuadros y solo firmó algunos ocupará un lugar muy destacado en los hitos culturales de España. Porque El Bosco. La exposición del V centenario, inaugurada el lunes 30 de mayo por los reyes de España y la princesa de Holanda, es la más completa que se ha hecho hasta ahora sobre él. Por eso se espera una afluencia masiva de público.

Quizá el secreto de su éxito se encuentre en los misterios, hipótesis y huecos de su vida e iconografía que, a lo largo de medio milenio, ni el más astuto historiador del arte ha logrado aclarar. Hay, sin embargo, consenso en algunos aspectos. Las investigaciones más serias indican que HyeronimusBosch nació en 1450 en una villa holandesa llamada Bolduque, a donde su familia había llegado procedente de Alemania. Era nieto e hijo de pintores, por lo que se supone que aprendió a pintar en el taller familiar. En 1481 se casó con la hija de uno de los comerciantes más importantes de la región y, al acceder a la alta burguesía, se sintió con mayor libertad para realizar su trabajo. Su ingreso a la Ilustre Hermandad de Nuestra Señora, una cofradía de origen medieval dedicada al culto religioso y a las obras de caridad, lo convirtió en un artista respetado y admirado. Debido a ello, el rey Felipe II comenzó a comprar sus cuadros, sobre todo después de que El Bosco muriera en 1516, y por eso se conserva la mayor parte de su producción artística en España.

“Para abordarlo hay que tener en cuenta la escasez de datos fiables y, sobre todo, la época de drásticos cambios que le tocó vivir: básicamente cuando se estaba fraguando la crisis de la identidad cristiana que había ahormado hasta entonces la historia de Europa Occidental, luego dividida entre reformistas protestantes y contrarreformistas católicos y, por si fuera poco, en 1492 se descubrió el continente americano. Todo eso determinó buena parte de su cosmovisión”, dice Francisco Calvo Serraller, historiador y crítico de arte, uno de los españoles que más se ha dedicado a estudiar a este creador.

Deambulando entre el paraíso y el infierno, entre delirios y enigmas, entre bestias y ninfas, la vida y la muerte, el sarcasmo y lo grotesco, el bien y el mal, el premio y el castigo, el placer y el tormento, El Bosco y su imaginería innovaron la pintura e influyeron de manera determinante en las generaciones que le siguieron. En la alimentación de su fantasía “se entremezclan una cultura rural tradicional con muchas claves olvidadas, una religiosidad en profunda transformación y, naturalmente, la incertidumbre sobre su personalidad individual y la de su entorno”, afirma Calvo Serraller, quien no deja de inculcarle a sus alumnos de Historia del Arte, en la Universidad Complutense de Madrid, su pasión por el autor de La coronación de espinas.

Para conformar la magna exposición que estará abierta al público hasta el 11 de septiembre, se han traído, en condición de prestadas, obras como Las tentaciones de San Antonio procedente del Museo de Arte Antiga de Lisboa, El camino del calvario del Monasterio de El Escorial de Madrid, La coronación de espinas de la National Gallery de Londres, El nido del búho del Boijmans Van Beuningen de Róterdam, o dibujos como el Hombre árbol del Museo de la Albertina de Viena, “excepcional y capital en la obra de El Bosco. Porque es un artista que pinta como un dibujante y dibuja como un pintor”, dice Pilar Silva Maroto, curadora de la muestra, quien además señala que se exhiben 21 pinturas y ocho dibujos del autor.

Pilar Silva es la jefa del Departamento de Pintura Flamenca y Escuelas del Norte (1400–1600) y Pintura Española (1100–1500) del Museo Nacional del Prado y lleva dos décadas dedicadas a la investigación y restauración del legado de El Bosco. “Esta exposición es excepcional porque vamos a tener la mayor concentración de obras de El Bosco. A lo largo de la historia hay hitos, como las exposiciones de 1967 en su pueblo natal y la de Rotterdam, en 2001, pero en ninguna había piezas esenciales como El jardín de las delicias, que pertenece al Museo del Prado. Así que ésta es una oportunidad única”, enfatiza.

No obstante, toda esta celebración viene precedida por otra exposición en la ciudad natal del pintor y por una polémica. Hyeronimus Bosch, visiones de un genio estuvo abierta durante tres meses (del 13 de febrero al 8 de mayo pasados) en el Museo Noordbrabants de Bolduque; incluyó 70 elementos, entre pinturas y objetos, y durante ese tiempo recibió a más de 400 mil visitantes. Debido al escaso presupuesto que posee, hace un lustro este museo regional ofreció a su equipo de expertos para estudiar y restaurar algunos cuadros de El Bosco, a cambio de que luego se los prestaran para exponerlos a propósito de los 500 años de la muerte del artista. Las conclusiones de sus análisis, presentadas a principios de este año, estipularon que ni La mesa de los siete pecadoscapitales ni La extracción de la piedra de la locura ni Las tentaciones de San Antonio Abad habían sido pintadas por HyeronimusBosch. Trascendió la indignación de los directivos y restauradores del n Museo del Prado, pero en ese momento no quisieron atacar a sus colegas holandeses.

Poco antes de la inauguración de El Bosco. La exposición del V centenario (patrocinada por la Fundación BBVA y no por el Estado español), Pilar Silva Maroto mantuvo la atribución de esas tres obras al artista y dejó claro que los colores y pigmentos empleados en las obras “no son ajenos a los que empleaba el maestro”. Miguel Falomir, director adjunto de Conservación e Investigación del Museo Nacional del Prado, explicó que escucharon los argumentos de los expertos, pero que no los convencieron. “Por tres razones. La primera de ellas de índole científico, pues se ha contemplado la dendrocronología, que determina los años de que datan las maderas sobre las que están pintadas las obras. En los casos de esas tres pinturas, el tiempo en que fueron cortadas las maderas coincide con el periodo en que El Bosco estaba activo. Además, el análisis de los pigmentos revela que ninguno de los materiales utilizados en ellos es ajeno a la obra de El Bosco. Estos estudios no te dicen quién ha pintado la obra pero sí quién no lo ha hecho. Y la tercera razón tiene que ver con la documentación histórica: no existe ningún documento directo que afecte a estas obras”.

La exposición que, por cierto, ha llegado acompañada de un aumento de precio en las entradas al Museo del Prado (16 euros, con derecho a ver la colección permanente y las muestras temporales), no está estructurada por orden cronológico, sino por secciones temáticas: “El Nuevo Testamento”, “El mundo y las postrimerías”, “Las obras profanas”, “Los santos” y “Los dibujos”. En un espacio adicional se encuentra una serie de trabajos técnicos (reflectografías infrarrojas, macrofotografías) realizados por el Bosch Research and Conservation Project holandés, que revelan detalles de los soportes y la pintura. Todo se encuentra distribuido, cómo no, alrededor de El jardín de las delicias. “Esa es su obra maestra porque se trata de un ciclo del destino de la humanidad, desde la creación de Adán y Eva hasta su trágico destino mortal. Hay un consenso en reconocer que en el panel izquierdo se narra la historia del mundo, haciendo énfasis en el destino humano, en las dos tablas siguientes está la creación del hombre y de la mujer, el pecado original y sus epígonos. En el centro está el placer y en el ala derecha sus fatales consecuencias”, explica Francisco Calvo Serraller.

En torno a este cuadro, además, el cineasta madrileño José Luis López Linares ha realizado un documental, El Bosco, el jardín de los sueños, en el que 30 personalidades de la cultura y la ciencia, entre los que se encuentran Cees Noteboom, Laura Restrepo, Orhan Pamuk, Miquel Barceló, Nélida Piñón, José Manuel Ballester, Ludovico Einaudi y William Christie, contemplan y conversan con la obra protagonista. “Al final de una novela, el escritor desvela el misterio. En este caso, el autor no quiere que lo resuelvas. Quiere que permanezcas en ese misterio”, reflexiona el escritor Salman Rushdie en la película.

El también director de documentales como A propósito de Buñuel o Lorca, así que pasen cien años, citó a sus entrevistados cuando el museo estaba cerrado (antes de las diez de la mañana o después de las ocho de la noche) y ante su cámara, por ejemplo, Miquel Barceló contó los conejos que aparecen en el tríptico que define como “un gran día de fiebre”. Para el filósofo Michel Onfray, la obra es “una invitación a pensar lo impensable”. El director de orquesta William Christie se quedó deslumbrado “ante uno de los mayores enigmas” de la historia del arte y se preguntó: “¿tiene solución?” Esas imágenes están mezcladas con secuencias filmadas en lugares que tienen que ver con El Bosco y sus pinturas y están acompañadas por una banda sonora que incluye piezas de Bach, Elvis Costello o Lana del Rey.

El punto de partida de López Linares fue el libro The Land of Unlikeness, una investigación del historiador holandés Reindert Falkenburg en torno a los misterios de El Bosco. “Muy al comienzo, Falkenburg plantea que la obra fue concebida como un tema de conversación para una audiencia formada por los nobles de la época y eso es lo que el espectador encontrará en el documental: una conversación”, puntualiza el cineasta a quien, dice, solo le faltó el testimonio de Umberto Eco. “Ya estaba hablado con él, aceptó venir, pero se murió antes”. En su ubicación habitual, según datos del Museo del Prado, a El Jardín de las delicias lo observan todos los días un promedio de 4 mil personas. Porque (como otras obras de El Bosco) atrapa y fascina. Pero no es fácil de mirar.