Un narrador completo

Reseña 
Cuentos Completos de Edgar Lawrence Doctorow
Cuentos Completos de Edgar Lawrence Doctorow

La importancia de la edición de los Cuentos completos (Malpaso, España, 2015) del escritor estadunidense Edgar Lawrence Doctorow (1931–2015) radica en que es la primera recopilación que se hace de ellos “en cualquier lengua”, como anuncian los editores. Y más relevancia adquiere el volumen porque fue el último libro que revisó el autor de Ragtime. Los editores informan que su deceso ocurrió cuando se corregían las pruebas del libro. Este detalle no es menor, y lo que muestra es que Doctorow, maestro indiscutido de la novela, aspiraba igualmente a ser reconocido como cuentista.

No pocos lectores se han sorprendido por descubrir esta faceta que, como observa Eduardo Lago en el prólogo, “era poco menos que un secreto”. Pero más que un secreto, la lectura del texto de Lago permite ver que Doctorow se preocupó por dar a conocer su vertiente cuentística hasta los años finales de su carrera. Si bien su primer cuento “Glosas a las canciones de Billy Bathgate” es de 1968, su libro inicial de este género, Vidas de los poetas, lo publicó hasta 1984. Veinte años después vendría Sweet Land Stories (Historias de la tierra dulce) y en 2011 cerraría su ciclo como autor de relatos con Todo el tiempo del mundo, donde reúne cuentos de los dos volúmenes anteriores más otros aparecidos en publicaciones como The New Yorker. Y digamos que la verdadera sorpresa no es haber descubierto que Doctorow escribiera relatos, sino el hecho de que alcanzara con ellos los mismos niveles de alta calidad que el novelista. En este sentido, diríamos, está más cerca de William Faulkner que de Ernest Hemingway, cuyas novelas palidecen al lado de sus notables cuentos, de acuerdo con Lago.

Cuentos completos fue ordenado por el autor y no sigue un criterio cronológico, “sino que obedece a una lógica superior que solo su creador fue capaz de ver”, acota Lago. “Willi”, el cuento que abre el volumen, atrapa inmediatamente al lector: comienza con una descripción lírica del paisaje, y cuando más encandilados nos encontramos por el manejo poético del lenguaje, llega el golpe de realidad de modo brutal cuando el niño narrador y protagonista descubre a su madre haciendo el amor con alguien que no era su padre. Esta historia establece uno de los tonos del Doctorow cuentista: la oscuridad (“grotesco” y “perturbador” son adjetivos que Lago agrega). Ese rasgo hizo que John Updike en su papel de crítico dijera que lo que hacía era “sadismo narrativo”. Ese modo de escribir, sin embargo, no es más violento de lo que Faulkner llegó a hacer.

Pero hay una zona, diremos que más alegre, en su obra. “Glosas a las canciones de Billy Bathgate”, “Jolene: una vida” y “Bebé Wilson”, tres relatos que se presentan en ese orden, aunque no prescinden de la violencia, dejan abierto el camino a la esperanza. En el primero la música, el rock, ocupa un sitio importante y por el modo como se presenta pareciera que estamos escuchando un LP, claro, de vinilo. “Jolene: una vida” es uno de mis favoritos, pero no en cuanto a lo que llamaríamos el acabado artístico, sino por la emoción. Jolene es una mujer perseguida por la mala suerte en cuanto a los hombres que se le aparecen, pero al final será recompensada por los sufrimientos padecidos. “Bebé Wilson” es una gran historia de amor. “Empecé a salir con ella sabiendo que estaba loca y necesitada de amor”. Estas son las palabras con las que Lester describe a Karen. Cuando ella, en su desvarío, roba a un niño y lo hace pasar por suyo, él no la abandona y huye a su lado, aunque solo para tomarse un tiempo para pensar, porque sabía que no podían quedarse con él.

Otro rasgo que se puede mencionar en Doctorow es el humor, aunque eso sí, negro. Si bien el tema de “Una casa en la llanura” aparentemente no lo aceptaría (una señora aún atractiva que asesina a sus esposos para quedarse con su dinero), no pocas de las situaciones que expone hacen reír al lector. A pesar de ello, el autor no la condena, ni la hace pagar por su acción moralmente negativa. Incluso cuando el mundo que se ha creado, apoyada por su hijo, se derrumba, le otorga, como en el caso de “Jolene: una vida” y “Bebé Wilson”, una opción para continuar con su vida.

En resumen: si no todo el material que conforma el volumen es una obra maestra, la mayoría lo es y eso lo vuelve un libro imprescindible tanto dentro de lo que ha realizado Doctorow en su carrera, como dentro de la gran tradición cuentística norteamericana.