Eco vs. Tabucchi

Los paisajes invisibles
Antonio Tabucchi
Antonio Tabucchi

@IvanRiosGascon

En el artículo “El primer deber de los intelectuales: permanecer callados cuando no sirven para nada” (L’Espresso, 24 de abril de 1997), Umberto Eco anotó dos ideas que agitaron a la opinión pública. La primera (una ironía) planteaba una imagen elemental: si a un intelectual se le quema la casa no tiene más remedio que llamar a los bomberos, y la segunda (una parodia) esbozaba la caricatura del avestruz: cuando un intelectual se enfrente al impermeable pellejo de un alcalde reaccionario, le queda una sola opción: sacrificar su tiempo en la redacción de manuales ad usum, para educar cívica, ética y moralmente (porque ética y moral no son siempre lo mismo) a los nietos y herederos de ese alcalde.

El punto de vista de Umberto Eco provocó un tsunami de gritos y diatribas. Antonio Tabucchi le respondió desde su espacio crítico en la revista Micromega (mayo de 1997), con otro artículo titulado “Una cerilla de Minerva” (en sarcástica alusión a la columna de Eco, de nombre “El paquete de Minerva”, pues si el autor de Obra abierta utilizó ese epíteto en honor de la diosa de la inteligencia, Tabucchi recompuso el sentido del pomposo nombre insinuando a la otra Minerva, la de la marca de cerillos italiana).

Tabucchi se extendió más allá de la somera discusión más políticamente correcta que controvertida, y a los supuestos que apuntan que el deber de los intelectuales consiste, básicamente, en quedarse callados cuando no sirvan para nada (qué son, si no, esas sentencias del llamado a los bomberos y la dócil resolución de que lo único que resta por hacer es “educar” a los poderosos del futuro, conclusión que haría palidecer a un tal Marcello, el antihéroe de la novela El conformista, de Alberto Moravia), las indagaciones e indignaciones de Tabucchi se convirtieron en un breve ensayo, La gastritis de Platón, donde incluyó un elocuente epistolario con Adriano Sofri, uno de los condenados más ilustres de las truculencias del sistema político italiano: líder de Lotta Continua, organización de izquierda que tuvo su auge en los años setenta, tras un laberíntico y tramposo proceso penal, le imputaron el asesinato de un comisario de policía y, junto con otros dos ex líderes de Lotta Continua, en 1997 Adriano Sofri fue sentenciado a 22 años de prisión.

La gastritis de Platón gira en torno de aquellas obsesiones que Antonio Gramsci apuntaría en La formación de los intelectuales, libro que aconseja que todos los hombres requieren instrucción, ya que aun en el oficio más humilde, el intelecto es lo que forja una conciencia en sí y para sí, y también medita en la obra de Pasolini, Giacomo Leopardi, Ludwig Wittgenstein, y en las certezas de Maurice Blanchot sobre los derechos y obligaciones e, incluso, las torpezas pasionales del intelectual, cuando éste se adhiere a una corriente ideológica específica, todo hecho un viaje vertical a la nostalgia: la nostalgia de la crítica y la reflexión, el suspiro por esa antigua fuerza y virtud sagrada, el conocimiento, que Pasolini ponderó en Yo sé: “un escritor que se esfuerza en conocer todo lo que escribe, en imaginar todo lo que no se sabe o se calla, que coordina hechos lejanos, que reúne las piezas desorganizadas y fragmentarias de un coherente cuadro político, que restablece la lógica allá donde parecen reinar la arbitrariedad, la locura y el misterio”.

Si se tratara de elegir entre las propuestas de Eco y de Tabucchi, me quedo con las del segundo. El intelectual es como un vigía que desde su torre, intenta descubrir las porciones de tierra firme en medio de un océano sin límites probables. El intelectual que no oculta la cabeza ante la barbarie que contemplamos día con día sin reparar, tan solo, en la naturaleza de la tiranía y la intolerancia pues si se te quema la casa no hay que llamar a los bomberos. Deja que se caiga y construye otra. Tal vez eso parezca un anhelo utópico, pero también es una forma más coherente de abordar la realidad.