Después de la ciencia

Vibraciones.
El compositor Philip Glass.
El compositor Philip Glass.

Ciudad de México

Cuadro primero

Una y otra vez el coro repite tres cuentas que salen del uno hasta el cuatro, hasta el ocho y hasta el seis. Una mujer está atrapada en una danza perpendicular mientras su hijo arroja desde una torre avioncitos de papel. El tren llega y el tren se va con lenta, metálica y melancólica insistencia.

 

Arte cíclico

En el minimalismo musical, el tiempo sirve para acumular cosas: presentar cada una con calma, estirarla, introducir otra, variar la primera, estirar la segunda, meter una tercera, variar la segunda y aislarla mientras la primera y la tercera interactúan. Esa relación las convierte en algo diferente, que en realidad es el principio: lo que había antes que la primera cosa existiera. Entonces el ciclo comienza de nuevo.

 

Cuadro segundo

Un hombre y una mujer ven la noche en la parte posterior del tren. Piensan en las estrellas. Las ven ahí, inmóviles, brillantes y serenas, pero imaginan cómo arden y se colisionan en guerras secretas. La mujer, de movimientos abstractos, se va y llega otra (¿o acaso es la misma?) de cuerpo elástico y ardiente mirada que lleva una concha de mar entre las manos. El hombre, cautivado por esta realidad femenina más física y salvaje, le dice: “¿Imaginas poder abordar una nave espacial y juntos aterrizar en esas estrellas?”.

 

Nueva tonalidad

Los minimalistas creen en la melodía pero le construyen un imperio estructurado en torno a la repetición. Siguen dos premisas: limitar los materiales (el extremo al que llegó John Cage en 4´33´´ es la ausencia de contenido) y construir secuencias de naturaleza obsesiva desarrolladas con frecuencia en los intervalos microtonales que ofrece la música electrónica. Defienden una postura estética que promulga el desapego entre el compositor y su obra; por lo tanto, su escritura sigue una clara y concisa exploración matemática. Arrebatos e inspiración son variables calculadas; ideas y sentimientos meros eslabones. Sobre todas estas cosas, laten las yertas normas de un proceso sonoro perfecto, de líneas y modelos científicos.

 

Cuadro tercero

Por la ventana de un edificio de ladrillo se puede ver a una mujer que calcula el espacio con el dedo índice de la mano izquierda apuntando al cielo. Un saxofón tenor interpreta una canción triste. Personas silenciosas de pantalón oscuro, camisa blanca y tirantes negros se detienen delante del edificio. Son 22 y ven el piso, excepto un hombre que tiene un tic en el cuello y lee con atención un libro negro. También hay un niño sobre una patineta roja. Detrás de la ventana, la mujer sigue calculando inmóvil y el saxofón tenor lentifica el ritmo. Una a una las personas se alejan, la mujer desaparece de la ventana y el edificio de ladrillo queda vacío contra la noche.

 

La ratonera

El compositor Philip Glass (1937) y el director de escena Robert Wilson (1941) hicieron del minimalismo un juego macabro en Einstein on the Beach, ópera dividida en cuatro cuadros que dura cerca de cuatro horas y media. La partitura (escrita para sintetizador, coro mixto, violín solista, teclado, tres flautas, dos saxofones tenor, saxofón soprano, piccolo, clarinete bajo, un actor, tres sopranos, dos actrices y once bailarines) expone partículas melódicas promisorias de sensualidad y una vez que el oído se acerca atraído lo atrapan en un mecanismo perverso de repetición obsesiva. Sobre esta implacable ratonera musical se erigen caminos literarios (los diarios de un niño autista) y visuales que ofrecen al espectador la ilusión de encontrar salidas narrativas que le permitan dar algún sentido a la obra; mas son salidas falsas, construcciones aisladas que no llevan a ninguna parte.

 

Cuadro cuarto

Todos calculan en el interior de una nave espacial de 20 habitaciones que está a punto de llegar a otra galaxia. Entre figuras geométricas de fuego, hay mujeres con linternas y telescopios, un hombre que vuela, otro que duerme en una cama brillante que tardó media hora en desplegarse y una bailarina está atrapada en un elevador horizontal. Afuera las estrellas chocan y estallan. El universo se expande.

 

Un final de amor y esperanza

Einstein está representado por un violín solista que permanece solo en una esquina del escenario. Toca durante toda la ópera y es el único lazo de unión entre los cuatro cuadros. La música del violín parece ser una pieza más de la ratonera; no obstante, en la última escena soluciona el enigma a través de una melodía de lirismo desconcertante, por pegajoso-casi cursi, sobre la cual un chofer de camión cuenta la historia de dos amantes cuyo amor es tan grande que resulta imposible medirlo. Y de pronto este amor disparatado, que parece provenir de un lugar lejano, se convierte en el lógico final de un alma como la de Einstein: después de los números, después de la ciencia, la vida se abre hacia la esperanza.