Desconfianza rigurosa

Poesía en segundos
En el huerto de Dios, libro de Silvia Tomasa Rivera
En el huerto de Dios, libro de Silvia Tomasa Rivera

Ciudad de México

Ni sombra de disturbio (AUIEO/ CONACULTA, 2014) de Fernando Fernández aborda en cinco ensayos cortos sobre Ramón López Velarde dos asuntos esenciales y tres secundarios. En el primer texto de relieve presenta la discusión del valor de las poesías iniciales, exhibe las opiniones canónicas y señala errores y erratas. En el segundo de importancia, “El enigmático caso de ‘El sueño de los guantes negros’ ”, sigue algunos juicios —no todos— sobre el famoso poema. Vuelve al misterio y a la biografía del apocalíptico poema y, con razón, reprocha al erudito José Luis Martínez la manera como completó los borrones y huecos de la pieza. En estos dos textos, Fernández procede ora con inteligencia, ora con buena pluma. En su escritura eficaz comprendemos las coordenadas de dos temas insoslayables y, en los otros tres capítulos, datos complementarios de riqueza evidente. Sin embargo, al final el lector siente inconformidad. Salvo pequeñas observaciones, no hay lectura nueva. Solo relectura. Fernández, el acérrimo crítico de Pacheco, no arriesga un punto de vista propio y soslaya la discusión, en el primer ensayo, con quienes sí encuentran piezas decisivas en las poesías inaugurales. Asimismo, a casi un siglo de la aparición de La sangre devota, es necesario ir más lejos y romper los clichés. “El sueño…” es un lugar privilegiado para esta operación. La pieza muestra, igual que “La suave Patria”, el vislumbre de una literatura con otros paradigmas: la desconfianza rigurosa hacia la vanguardia y la apertura de una experimentación e idiosincrasia insólitas a partir de Lugones y Góngora. Las rimas asonantes monorrimas, en eo, de “El sueño…”, y las consonantes monorrimas, de “La suave…”, solo son microscópicos indicadores —“a escala”— de esta distinta forma de modernidad que impresionaron a Borges y que hoy son una alternativa a la decadencia lírica. López Velarde experimentó en sentido contrario: en vez de eliminar el código tradicional, lo radicalizó y creó una ecuación psicológica que expresa las tribulaciones del hombre moderno. Pero Fernández no vio el asunto de fondo y no saltó de la descripción de los detalles necesarios al “misterio” y a los problemas urgentes: el fracaso de una poesía en la superficie de las palabras y la renovada presencia de López Velarde.

En el huerto de Dios (UANL, 2014) de Silvia Tomasa Rivera leemos muchos poemas vigorosos y frescos. De un golpe, la poeta de El Higo, Veracruz, introduce en su vivaz realismo lírico el amor a Dios. De las composiciones sobre los abigeos muda a la mística Santa Teresa; de los relatos de la alta montaña húmeda nos lleva al océano árido de “El barco de Ávila [...] en la sierra de Gredos”. Entre el eco todavía vivo de Neruda —es increíble observar las reminiscencias de la poesía de animación primaria y amorosa— y la voz sencilla, insolente y fascinante de Sabines, Rivera palpa sin miedo la realidad y pulsa la emoción religiosa. Su sinceridad y plenitud, su lenguaje tan espontáneo, a pesar de los prosaísmos y disonancias, nos convence. Poemas y versos tan naturales y acogedores nos permiten leer sin reconcomios: “Rumbo al convento de Tormes/ los rayos de la luna/ caían abrazadores/ sobre los hábitos de las novicias.// Han cambiado sus hábitos/ pero sus cuerpos guardan/ el olor de los bosques”. José Joaquín Blanco tenía razón cuando dijo de la obra de Rivera: “Una poesía profunda, sin brumas ni orquestaciones efectistas… pequeños cantos que expresan, con nitidez y realidad envidiables, a la muchedumbre amorosa”. En nuestros tiempos de enormes ciudades, muchedumbres y redes, el amor y la sensualidad del cuerpo anhelan encontrar al otro en “la noche oscura”. Rivera fue a Ávila a buscar a Santa Teresa. En su desplante brusco y peculiar, la encontró con las palabras y con el cuerpo.