Democrática monotonía

A fuego lento.
"Las elegidas', de Jorge Volpi.
"Las elegidas', de Jorge Volpi.

Ciudad de México

Después de las lecciones de física nuclear de En busca de Klingsor, después de las arengas parroquiales que acompañan al fracaso de las utopías revolucionarias de El fin de la locura, después de ofrecer una versión Gerber del siglo XX en No será la Tierra, de reducir la teoría jungiana del inconsciente a un asunto para las revistas del corazón en La tejedora de sombras y de sonrojarse ante las trapacerías de los chacales del mundo financiero en Memorial del engaño, después de los Grandes Propósitos, Jorge Volpi ha reparado en la existencia de México. ¿Será que el mundo ya no da la talla o que México es ahora una atracción mediática a fuerza de consentir cada vez más horrores? Para ingresar al club del realismo que se alimenta de los escándalos periodísticos que hacen tambalear la buena conciencia del mundo occidental, qué mejor que una novela con la marca ostensible de la indignación.

Las elegidas se alimenta de un hecho atávico transformado en dinero fresco y en expediente judicial: el mandamiento familiar que obliga a las niñas y púberes de Tenancingo a servir como esclavas sexuales de hermanos, padres, tíos, sobrinos, y a ser vendidas y explotadas por sus madres y abuelas, tal como éstas fueron vendidas y explotadas por sus madres y abuelas desde hace quién sabe cuánto tiempo. La familia Salazar transformó tal atavismo en una industria floreciente en los campos de fresas de California, tan llenos de trabajadores insatisfechos e indocumentados como de traficantes de armas y drogas. Las elegidas son por tanto esas niñas de quienes se puede prescindir en cualquier momento porque Tenancingo tiene grandes contingentes de reserva.

Si algún mérito hay que reconocerle a Volpi es su renuncia al tremendismo. Damos gracias de que se haya ahorrado escenas y descripciones al modo de las crónicas de nota roja. Pero hasta ahí. Un pudor legítimo tiene quizá la culpa de que eligiera la letanía, ese pariente pobre de la auténtica versificación, para contar lo que significa ser despojado de todo resto de humanidad y de lo que significa asimismo ser una bestia orgullosa de sus crímenes.

Nos ahorramos las visiones estremecedoras pero debemos soportar en cambio el vicio de la enumeración. Ya que eligió el verso, y ya que está muy lejos de alcanzar registros poéticos, Volpi encabalga un atributo tras otro hasta alcanzar la democrática monotonía: "Yegua vieja,/ perra anciana,/ grulla renga,/ rata tuerta,/ coneja abúlica,/ hormiga despanzurrada,/ cucaracha,// la maldita/ es/ la maldita// estéril". En otras ocasiones, cae presa del lirismo o de algo semejante a la cadencia de los corridos. Y nada más.

Aunque consigue perfilar a un puñado de personajes —el Chino, líder de la red de prostitución; Salvina, su esposa y cómplice; Lobato, el enemigo al acecho—, Las elegidas prefiere los arquetipos a los individuos. Es el camino más llano para erguirse en la tribuna y declararse un modelo de biempensante frente a las anheladas audiencias comerciales, siempre dispuestas a indignarse sin hacer el menor esfuerzo.