De una palabra a la otra: Los pasos contados

[Fragmento]
De una palabra a la otra: Los pasos contados, libro inédito de Octavio Paz, es editado por Vaso Roto
De una palabra a la otra: Los pasos contados, libro inédito de Octavio Paz, es editado por Vaso Roto (Especial)

Casi al mismo tiempo en que me abandonaba al fluir del murmullo interior —aunque con los ojos abiertos—, empecé a leer a los poetas japoneses y después a los chinos. Fue un recurso inconsciente para oponer un dique al desbordamiento surrealista. Me cautivó la economía de las formas: mínimas y precisas construcciones hechas de unas pocas sílabas capaces de contener un universo. Sin duda en mi amor por esas formas poéticas había un eco de mis antiguas lecturas de la poesía popular española: durante muchos años uno de mis libros de cabecera fue la Antología de la poesía medieval y tradicional española de Dámaso Alonso. Mi pasión por la poesía china y japonesa es anterior a mi primer viaje a Oriente. Comenzó a fines de 1945, en Nueva York. Mi estancia en esa ciudad coincidió con la muerte de Tablada, que desde hacía años se había instalado en Manhattan. Fui a la biblioteca de Nueva York, pedí sus libros y volví a leerlo. Aquella lectura fue tan estimulante como años antes había sido la de Gómez de la Serna. El ejemplo de Tablada me llevó a explorar por mi cuenta la literatura japonesa y, después, la china. Por cierto, creo que he contribuido un poco a la revaloración de este poeta, injustamente desdeñado. Se dice que Tablada es un poeta menor pero ¿qué se quiere decir con esto? Un gramo de poesía pesa más que una tonelada de retórica.

Mi primer viaje a Oriente me hizo profundizar y ampliar mis lecturas de poesía china y japonesa. En cambio, la poesía de la India —al contrario de lo que me ocurrió con su pensamiento, sus artes plásticas y su música— no me tocó. Solo años después, cuando conocí a los poetas vernáculos y a la tradición tántrica de Bengala, la poesía india me conquistó. Leí muchísimas traducciones de poesía japonesa y china y entre ellas recuerdo siempre con placer a las de Arthur Waley. Es uno de mis santos patrones. A mi regreso a México, animado por Donald Keene —otro de mis guías—, me atreví a traducir, con la ayuda de Eikichi Hayashiya, el haibun de Basho: Oku no Hosomichi. Más tarde, con la ayuda de Wai Lim-Yip y otros amigos, sirviéndome de distintas versiones y de transcripciones fonéticas, traduje algunos poemas de Wang Wei, Tu Fu, Su Tung-p’o y otros. Esas traducciones —y todas las otras que he hecho— son homenajes: con ellas no he querido tanto pagar la deuda que contraemos con cada poeta que nos ilumina o nos encanta como levantar un frágil monumento a su memoria. Más que ejercicios poéticos, han sido recreaciones, en el doble sentido de esta palabra. Mis juicios sobre mis escritos —creo que no soy una excepción— van de un extremo a otro: a veces me gustan mucho, otras los encuentro abominables o, lo que es más triste, insignificantes. Pero tengo una vanidad inocente: me gustan algunas de mis traducciones.

***

Cuando empecé a escribir, casi nadie, en México, apreciaba la poesía precolombina. Reyes había citado en las últimas páginas de la Visión de Anáhuac un largo fragmento de un poema (¿o una serie de poemas?): Ninoyolnonotza. Es un arreglo de José María Vigil de la traducción inglesa de Brinton, solo que el Padre Garibay nos advierte que Brinton sabía poco náhuatl, de modo que se sirvió de una versión castellana: el arreglo de Vigil era una traducción al español de una traducción al inglés de una traducción al español de un original náhuatl. Los juicios de Reyes eran inteligentes y perspicaces —lo guio siempre esa sensibilidad que en él, por no sé qué mecanismo espiritual, se convertía en una especie de segunda y más cordial inteligencia—. Pero esos juicios también eran condescendientes: creía, como casi toda su generación, que los indios eran primitivos. Los poetas de la generación anterior a la mía (los Contemporáneos) tampoco se sentían atraídos hacia el mundo indígena, salvo Carlos Pellicer. Por desgracia, al entusiasmo de Pellicer le bastaban el ojo y el tacto: era más sensible ante un monumento o una escultura que ante un texto que, para poder amar, debemos antes descifrar. Bernardo Ortiz de Montellano, un poco más tarde, mostró un amor más inteligente y lúcido por la poesía indígena. Lástima que no haya tenido a la mano sino el libro de Rubén M. Campos: La producción literaria de los aztecas (México, 1936), valioso como antecedente pero, como dice Garibay, “modesto”. Las traducciones de este último, seguidas por las de Miguel León Portilla, cambiaron el panorama: un mundo nuevo apareció ante nosotros. Sin embargo, recuerdo que la publicación de la primera antología del Padre Garibay (Poesía indígena de la Altiplanicie, México, 1940) fue comentada con desdén por alguno de mis amigos. Esta actitud repetía la de los europeos y norteamericanos que durante muchos años se obstinaron en ver a las obras de arte precolombinas como simples documentos etnográficos. Cuando se hizo la primera exposición del arte mexicano en París, en 1951, no pudimos vencer la resistencia del director del Petit Palais, que se negó a prestar su museo porque la exposición le parecía que era más etnográfica que artística. Unos pocos años después esas resistencias desaparecieron; el arte y la poesía precolombinos conquistaron a muchos escritores y poetas. El entusiasmo de Novo fue tal que comenzó —gesto admirable— a aprender el náhuatl.

Mi afición a la poesía náhuatl es inseparable de mis exploraciones de la poesía moderna. Aunque leí con avidez las primeras traducciones de Garibay, no estaba preparado, poéticamente, para entenderlas. Tuve que pasar por la experiencia del arte y del pensamiento modernos —pienso no solo en la poesía surrealista sino en la antropología— para poder penetrar, deslumbrado, por ese laberinto de formas-conceptos y de ideas-imágenes que es un poema o una escultura precortesianos. Ahora, de vez en cuando, vuelvo a esos poemas. Debo confesarlo: su hermetismo me cansa. En cambio, me maravillan, como hace treinta años, los breves, adorables poemas y adivinanzas de los otomíes. Como las figurillas arcaicas, esos poemas poseen una frescura que no hay más remedio que llamar milenaria. A medida que pasan los años me atraen más los comienzos y los fines de las civilizaciones que sus épocas de madurez. Las dos grandes pruebas del valor de un espíritu o de una sociedad son el saber comenzar y el saber acabar. Pero en esos años de París leía un poema náhuatl con el mismo entusiasmo con que asistía a una exposición de Matta o de Max Ernst. Esas lecturas dejaron sus huellas en Semillas para un himno y en otros poemas como “Himno entre ruinas”, “El cántaro roto” y “Piedra de sol”.