De lo que no escribí

Merde!
Ofelia Guilmáin en 'La casa de Bernarda Alba'.
Ofelia Guilmáin en 'La casa de Bernarda Alba'.

Tengo nostalgia de Ofelia Guilmáin, aquella Yocasta de Salvador Novo. La actriz que devoraba el escenario para ella sola porque su presencia era un aura que todo lo abarcaba. La de todas las tragedias griegas, la única que podía ser Medea, Hécuba o Fedra sin morir en el intento y sacudir la conciencia del espectador. La intérprete cuya presencia invita a utilizar la palabra diva del teatro en toda la extensión del término. Acaso Isabela Corona y Carmen Montejo podrían compararse con ella. Acaso Leonor Llausas. ¿O seré injusto frente a la presencia imborrable de Anita Blanch o María Teresa Rivas?

En aquel tiempo en que el teatro era un rito iniciático para las grandes actrices y actores que amaban su oficio. Cuando el alma vaga entre silencios y murmullos, cuando la voz manda sobre las sombras de las butacas. Ahí donde la puesta en escena es privilegio del director y escenógrafo para crear una historia con cartón y telas pero creíble por el impulso vital de un José Gálvez, esa presencia que se difumina en el espacio, cuya voz todo lo borra. O Narciso Busquets en medio de la nada saludando a la ciudad de Argos con ese timbre justo, perfecto, entonado y dicho con la hombría de Agamenón en La Orestiada. Y claro, Claudio Brook diciendo “es a Dios a quien debemos responder: solo a él”. Triada de actores.

Nostalgia por mirar el libro aquel de Teatro 1960/1963, con obras clásicas, creado para/ con el Instituto Mexicano del Seguro Social, y a iniciativa de Benito Coquet, su director general, incluir actividades teatrales para un público masivo. Libro con textos de José Gorostiza, Salvador Novo, Julio Prieto, Max Aub, José Alvarado, Rodolfo Usigli, Alí Chumacero, Ignacio Retes y José Solé, entre otros, dando fe de aquellos montajes que hicieron historia en el teatro mexicano. Decían que el “teatro mexicano ya cuenta con un público. ¿Se puede pedir más?”

Sí: exigirle a la nueva Secretaría de Cultura que dé un vuelco a las políticas actuales para las que lo que menos importa es el público y lo que más se abandona son las salas teatrales para ese público. Que se reivindique el proyecto de Benito Coquet para hacer un teatro serio, no el de nombres sin obras, ni prestigio sin estética, donde lo burdo abunda. Respeto a las salas de teatro, a los ensayos, a los tiempos para el estreno, a la remuneración de salarios de actores y actrices muertos de hambre. Regresar al origen para reencauzar un proyecto casi perdido.

Eso, o el éxito comercial bien encaminado de empresarios privados que bien supieron que el público ya existe para una sala teatral. Eso, o el desdén al teatro de calidad con pagos indignos a los creadores y venta de boletos a precios de los años sesenta. Es primordial hacer comprender a los funcionarios que regalando el trabajo creativo nadie valora lo realizado. Seguir pensando como en los tiempos del priato antiguo es aniquilar la posibilidad del cambio.

Esa es mi nostalgia. Y obvio, no vi El rey león —no pienso pagar los 3 mil pesos del boleto— pero me quedo con obras de 350 pesos la entrada cuya calidad radica en la esencia del teatro: los actores.