Banal

Toscanadas
(Especial)
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Una de mis peores experiencias como visitador de museos la tuve hace unos días, cuando fui al Marco, en Monterrey. Primero vi una exposición tipo museo de cera, con la diferencia de que en vez de toparme con la figura de Cristiano Ronaldo había personajes desconocidos y muchachas encueradas. Pero eso me dio lo mismo. Desde siempre sé que el hiperrealismo no me dice nada. Maravillarme porque algo parece real es un asombro primitivo, no artístico. Y en todo caso creo que pertenece más a un museo de la tecnología, o del erotismo, ahora que se ha pasado de las burdas muñecas inflables a ésas que dan un sustituto plausible a las almas solitarias.

Luego vino lo peor. Una selección de obras del museo de arte contemporáneo de Burdeos. Mamma mia! En verdad se trata de una tomadura de pelo. Y sin embargo, acabé riendo con buen sentido del humor cuando me puse a comparar las obras con los textos que pretendían explicarlas. Por ejemplo: apenas en la entrada, nos encontramos ocho letras pegadas en la pared que dicen toujours. Supuse que no era sino un rótulo de la exposición, pero no. Se trataba de una obra que me invitaba a precipitarme “en el universo romántico”,  parte de un “diario íntimo de la fugacidad del tiempo vivido o de la fragilidad de nuestra memoria frente a la banalidad de lo cotidiano”. Al leer esa palabrita, yo debía “evocar la ternura o la pasión” y dejarme tocar por “una porción del romanticismo y la ensoñación” del artista de marras.

En la pared frontera, tenemos otras cuatro palabras sin chiste que cuestionan “nuestros sentimientos de temor y angustia frente a la desaparición, la soledad y la muerte”, evocando “la angustia existencial del ser frente a su destino”.

Unas piedras desparramadas en el suelo junto a un martillo cuestionan “las nociones de trabajo, de repetición y de actividad”. Un video en que un tipo se recarga iterantemente en un rincón pretende “observar los límites del cuerpo y analizar su situación en el espacio” así como “explorar el concepto del cuerpo apoyándose en su conocimiento de los textos sobre filosofía del lenguaje del austriaco Ludwig Wittgenstein”.

A veces ni los mismos curadores hallan arte en lo que muestran, y apenas nos dicen lo que ya se ve. Así, cuando nos paramos frente a un mural y lo único que percibimos son líneas horizontales, verticales, oblicuas derechas y oblicuas izquierdas, el texto nos informa que “figuran cuatro tipos de líneas: horizontal, vertical, oblicua derecha y oblicua izquierda”.

Luego de tanta cagarruta no se sabe si la silla que abandonó el guardia es parte de la exposición, y no falta quien se ponga a buscar en ella la clave de la existencia humana o el signo de nuestros tiempos.

Al final tenemos un insufrible video de un “artista” que grita. No es que se esté haciendo el payaso, sino que la obra lo muestra “confrontándose a sus propios miedos y en contacto con fuerzas amenazadoras”.

Esos artistas, por supuesto, proclaman que luchan contra la frivolidad; pero el talento no les alcanza para tanto y por eso acaban poniendo su grano de arena para que este mundo sea más ramplón, menos bello, más insípido y banal.