Dana Rotberg: “El cine es un asunto de resistencia”

Entrevista
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A Dana Rotberg le tomó diez años volver a filmar. Mientras residía en Nueva Zelanda descubrió el relato “Medicine Woman”, de Witi Ihimaera, y se sintió tocada por la historia: una partera maorí enfrenta el dilema de provocar un aborto a una mujer de raza blanca. Así nace Mentiras blancas, película sobre la maternidad y el conflicto de identidad que supone.

 

Tenía varios años sin filmar. ¿Qué pasó? ¿Mentiras blancas es una reconciliación con el cine?

Después de vivir muchos años en Sarajevo, mi regreso fue complicado en términos de cine. Descubrí además que si quería ser la mamá que mi hija merecía, tenía que renovarme. El cine te devora y de pronto dejó de ser compatible con la maternidad. Nos fuimos a La Paz, en Baja California Sur, y posteriormente a Nueva Zelanda. Quería irme a un país democrático y no violento. En cierta forma, Mentiras blancas es una reconciliación porque incluso había considerado no volver a filmar.


¿Qué la convenció de retomar la cámara?

Cuando el productor me propuso el proyecto, le dije que ya no hacía películas porque necesitaba criar a mi hija. Insistió y prometió esperar lo que fuera necesario, y lo cumplió. Tardé cuatro años en decidir regresar y ayudó que el relato “Medicine Woman”, de Witi Ihimaera, que inspiró la historia, me tocara profundamente porque trata de la identidad frente a un fenómeno de colonización y de cómo esa identidad se ancla ante la experiencia de la maternidad. La película me permitió plantear algunas preguntas al respecto. 

 

¿Encontró respuestas?

Las respuestas están en la hermosa cosmogonía del pueblo maorí y de la tribu tuhoe. Cuando descubrí que la narrativa no era mía sino suya, pude comprender su forma de entender la maternidad.


¿Por eso se acerca tanto a los ritos y a la cosmogonía de la tribu?

Fue un enorme privilegio acceder a esos lugares tan profundos y sagrados. Aprendí, parcialmente, a mirar el mundo desde donde ellos lo miran y ahí entendí que el cine y yo éramos un puente para darles voz. 


En su mayoría, los personajes son femeninos. ¿Era una necesidad centrarse en la mujer?

No era un cometido de bandera, pero la naturaleza de la historia ancla el drama en personajes femeninos.


La historia se desarrolla a principios del siglo XX, pero la discriminación que aborda parece que sigue vigente.  

Es verdad. La colonización funciona de la misma manera en todas partes y épocas. Por eso la película funciona en Nueva Zelanda, México o Palestina. Todo fenómeno de colonización implica desposesión de la identidad, la tierra, la cosmogonía de un pueblo.  Es una historia vigente porque el planeta entero se desangra por el racismo y la intolerancia.  


Descubre también vínculos entre la cosmogonía y las culturas mesoamericanas. Pienso en la relación con la tierra.

En el fondo, todas las culturas originarias tienen esos puntos de coincidencia. La madre tierra tiene lecturas muy hermanadas en todo el mundo. Cuando la película se proyectó en el Festival de Cine de San Cristóbal de las Casas, las parteras indígenas se vieron reflejadas.  


La identidad es el tema de fondo.

La globalización ha diluido nuestras particularidades para convertirnos en consumidores de lo mismo. En estos momentos el mundo padece una crisis profunda frente a lo que significa la resistencia por preservar nuestras identidades.


¿Ve el cine como un acto de resistencia?

Creo en el cine no necesariamente como un ejercicio de categorías absolutas, sino como un espacio de indagación y creación. El cine es un asunto de resistencia, pero también de elaboración de identidades y por eso me interesa el cine como el que hago.