Calamidades de Pandora

Los paisajes invisibles
Los paisajes 674

No tenemos una idea concreta del progreso. La cotidianidad disuelve cualquier esbozo narrativo, la vida se torna inercia salpicada de evocaciones personales y algunos datos sueltos del pasado. Nos limitamos a volver sobre ciertas experiencias, el aquí y ahora de nuestra biografía y, así, el mundo sigue su curso sin que apenas confrontemos al ser que ha cambiado en el espejo.

Y es que el progreso transforma. Trastoca o deforma el sentido de realidad. La mirada ya no intenta apreciar el cuadro y sus metamorfosis, porque el planeta se cimbra únicamente al contemplar una intempestiva vuelta a los hechos que se creyeron superados.

Gabriel Zaid señala los puntos clave de la innovación en la vida humana: biológicos, físicos, materiales, culturales, tecnológicos. Evoca impecablemente el camino que, como ser independiente o en sociedad, el hombre ha debido recorrer hasta este extremo en el que estamos, tan solo un área intermedia de un futuro impensado. En el capítulo “En el fuego del saber”, de Cronología del progreso (Debate, México, 2016), Zaid explica: “Según Hesíodo (Teogonía), Zeus castigó no solo a Prometeo, sino a los hombres: ‘La cólera conmovió todo su corazón en cuanto vio resplandecer entre los hombres el brillo del fuego. Y a causa de este fuego los hirió con una pronta calamidad’ (traducción de José Miel Villalaz). La calamidad fue Pandora: la curiosidad que destapa todos los males”.

Curiosidad como merodeo, indagación, búsqueda o exploración. Sin esos atributos, el progreso carecería de puntos de partida o de perspectivas ulteriores. El progreso es producción: se obtiene o se elabora, se manufactura y se crea. Producción no solo de bienes y utensilios. Realización que deriva en arte: “Hay algo en la obsesión de producir, aunque sea basura. ¿De dónde viene? Quizá de la fascinación por lo posible. Producir es producirse: como creador, como hacedor de cosas. Producir lo imaginable. Producir es ser más. Es poblar la realidad de nuevas zonas de la realidad y de seres humanos que se vuelven más. Producir una conversación entre las manos, la imaginación y la materia. Producir es vivir”.

Del Big Bang a la evolución de las especies. De la alimentación de lo crudo a lo cocido. La rueda. El alfabeto. La imprenta. Los textos sagrados. La música. La poesía. La máquina de vapor. La medicina. El progreso pende del frágil hilo del olvido, la reminiscencia muere si el memorioso no tiene interlocutor. Producir, también, es dialogar: “La más alta producción, la que rebasa la vida vegetal y animal, es el arte y la conversación: la producción de vida comunicante en una ‘ecología’ antes desconocida. En la conversación, como en el fuego, la producción y el consumo se dan al mismo tiempo. En la producción de cosas, como en la agricultura, queda algo acumulable, aunque sea basura. El pecado original fue preferir el trabajo al paraíso de la conversación”.

El progreso es pensamiento. La razón su idea concreta. En esta asombrosa por sucinta pero exacta cronología del devenir humano, Gabriel Zaid no olvida a Baudelaire luego de aclarar que la expulsión del Paraíso no fue por una manzana sino por la renuncia al existir contemplativo: “La verdadera civilización no está en la máquina de vapor, está en ‘la disminución de las huellas del pecado original’ (Mon couer mis à un 32)”.