Cambio, tiempo, lo mejor

[Opinión]
Cronología del progreso
Cronología del progreso (Debate)

En La otra voz Octavio Paz sostiene que en la llamada “posmodernidad” hemos sido testigos del quiebre de dos ideas constitutivas de la modernidad: por una parte, la concepción lineal del tiempo orientada hacia el progreso y, como tal, hacia un futuro promisorio; por otra, la noción de cambio, considerada como la forma más adecuada para propulsar dicho progreso (en el orden político, dice Paz, la idea de cambio cristalizó en la idea de “Revolución” y, en el orden del arte y la literatura, en la idea de “novedad”). En parte tiene razón, aunque quizá es un tanto difícil deshacerse por completo, si es que aún vivimos en la posmodernidad, de las ideas de progreso y revolución o transformación. La innovación, la actualización, el desarrollo y la perfección continua, la industrialización, la urbanización, el crecimiento tecnológico y el desarrollo científico, la productividad y la eficiencia máxima son valores prominentes en las sociedades actuales.

El progreso ha sido contradictorio. Épocas de prosperidad material son también épocas de depresión; en tiempos de bonanza económica la pobreza y la miseria aumentan; mientras teóricamente la violencia va en descenso, se han generado formas de dominio y explotación quizá más crueles y sofisticadas; cuanto más avanza la investigación médica nuevas enfermedades emergen. El progreso nunca llega. Parece, como lo han visto cantidad de pensadores, que se trata de un mito, una promesa jamás cumplida. El progreso puede entenderse como la fe ciega en el futuro, como una marcha hacia delante aunque se desconozca hacia dónde vamos. No necesariamente tiene un término o una meta final. Puede ser perpetuo y con alcances y consecuencias —positivas y negativas— inimaginables. El progreso también puede ser, como sostiene Gabriel Zaid en su libro Cronología del progreso (Debate, México, 2016), “toda innovación favorable para la vida humana”.

La reflexión acerca del progreso nunca ha estado ausente del pensamiento de Zaid. En una obra capital en la historia de las ideas económicas, políticas y filosóficas en México, El progreso improductivo (1979), combate cierta fascinación irreflexiva por el progreso: “Ningún progreso parece hoy más urgente que superar la ciega voluntad de progreso”, escribe. La “voluntad de progreso” es casi siempre utópica, carente de realismo y, por lo general, entiende el progreso de manera errática. Emprender un ejercicio reflexivo acerca de los variados significados del “progreso” con la intención de destacar sus efectos positivos, así como el impacto que éstos tienen en la vida de los seres humanos y el modo en que nos han modificado, parecería una labor ambiciosa, quizá imposible. Se torna aún más inviable si las reflexiones van acompañadas de una cronología general del progreso. Sin embargo, Cronología del progreso es precisamente esa clase de libro que no cualquiera podría escribir o, corrijo, esa clase de libro que solo Gabriel Zaid podría escribir. Es, en efecto, una nítida y profunda reflexión sobre el progreso, y una presentación cronológica que abarca desde el origen del universo hasta el descubrimiento del planeta Kepler.   

El progreso se ha dado, como observa Zaid, de distintas maneras (voluntaria, involuntaria, aleatoria, incluso accidental) y en distintas esferas (en el mundo físico y en la naturaleza, en las ciencias y la cultura, en la moral y en la sociedad, etcétera). Es verdad, como lo muestra el libro, que debemos al progreso cantidad de acontecimientos, inventos y descubrimientos, que han hecho la vida humana más amable, dotándola de comodidades y conocimientos con alcances insospechados hasta hace apenas pocas décadas. No obstante, el optimismo derivado de nuestra confianza en el progreso no elimina una serie de temores bien fundados que emergen al percatarnos de la enorme incidencia que ha tenido en nuestras vidas la idea de “progreso técnico”: nuestro hacer cotidiano depende en buena medida del desarrollo tecnológico, todas nuestras dinámicas sociales y políticas se rigen en función de criterios de eficacia, el crecimiento macroeconómico se utiliza para justificar la desigual distribución de la riqueza, y hemos explotado los recursos naturales de nuestro planeta de manera descomunal e irresponsable. Acaso estos aspectos negativos han contribuido a la satanización de cierta idea de “progreso”.

La visión de Zaid no es, sin embargo, una oda al desarrollo técnico y tecnológico; tampoco puede sumarse a la enorme cantidad de literatura crítica en contra del progreso y sus consecuencias negativas. Zaid aporta, como es costumbre, una visión ponderada: “No es verdad que todo tiempo pasado fue mejor. Ni que todo lo más reciente es mejor. Ni que el futuro será siempre mejor. Pero cabe desearlo, y trabajar por que así sea, con optimismo razonable”. Los ensayos que componen Cronología del progreso son una revisión de nuestras variadas concepciones sobre el tema, acompañadas de variedad de ejemplos. En éstos se muestra que el progreso no necesariamente se identifica, como hacen la mayor parte de sus críticos, con los abusos de la razón instrumental. La bomba atómica no es la consecuencia ineludible de la fe en el progreso. De hecho, puesto que sus consecuencias son desfavorables para la humanidad, la bomba atómica no puede ser vista como parte del progreso. Desde su optimismo moderado, Zaid sostiene que en realidad el progreso existe antes de los ideales progresistas: hay progreso cuando hay ser en vez de nada, vida en vez de materia inerte; forman parte del progreso el fuego, la agricultura, la danza, la conversación, la escritura, los papiros, las bibliotecas, la óptica, y una enorme cantidad de acontecimientos, inventos y descubrimientos que pueden leerse en la cronología elaborada por él mismo hacia la parte final del libro.  

El progreso, tal como lo va entendiendo Zaid, no se limita a la evolución de la materia y la naturaleza, así como tampoco a los descubrimientos o a la producción de artefactos. También existe un progreso moral. El progreso material y el moral no son, sin embargo, simétricos: sostiene Zaid que los alcances del progreso moral son aún mayores que los del desarrollo tecnológico y productivo. Piensa que en estos tiempos hay un creciente interés en la participación cívica, mayor atención en la buena salud, la alimentación y la educación y, además, preocupación por la degradación ambiental; se reprueban, por otra parte, el infanticidio, el canibalismo, las masacres, los genocidios, las guerras, la tortura, la explotación de personas, y también el maltrato animal. Sin embargo, en palabras de Zaid, “el progreso moral no está exento de ambigüedades”. En efecto, el modo en que construimos nuestro futuro, nuestro destino, generará siempre un sinnúmero de dilemas éticos.

Zaid vincula tres conceptos a la noción de progreso: el cambio, el tiempo, lo mejor. Los tres, como bien apunta, han sido negados por grandes pensadores: Parménides sostuvo que el cambio no existía, Einstein hizo lo mismo con el tiempo, y Nietzsche con lo mejor. No obstante, fiel al optimismo razonable, Zaid sostiene que podemos suponer que los tres, el cambio, el tiempo y lo mejor, sí existen y que, en consecuencia, a pesar de “titubeos, altibajos y hasta retrocesos”, ha habido y seguirán habiendo innovaciones favorables para la vida humana.