La decisión de no enjuiciar

'Non luogo a procedere' (No enjuiciar), de Claudio Magris, apareció en librerías de Italia el 12 de octubre bajo el sello de Garzanti. En esta novela, el escritor triestino explora la devastación ...
'Non luogo a procedere' (No enjuiciar), de Claudio Magris, apareció en las librerías de Italia el 12 de octubre bajo el sello de Garzanti.
'Non luogo a procedere' (No enjuiciar), de Claudio Magris, apareció en las librerías de Italia el 12 de octubre bajo el sello de Garzanti.

“Compro y vendo submarinos usados”.El anuncio en el periódico Il Piccolo Banditore era del 26 de octubre de 1963; evidentemente él, rebasado por las deudas, engatusado por promesas millonarias de varias administraciones públicas e incluso de ministerios, estrangulado por los usureros, perseguido por los propietarios de los terrenos y de las bodegas en donde había acomodado sus aeroplanos y sus puentes militares bombardeados, se había visto obligado a tratar de vender algunos objetos de particular tonelaje pero, en el momento preciso en el que se aprestaba a vender, de inmediato lo volvían a asaltar sus arrebatos y también intentaba comprar —a saber con qué dinero, pero comprar de todos modos— sumergibles, tanques blindados o aparatos para el dragado de minas.

Podría ser el inicio; la antesala del Museo, apenas se entrara. Sobre la pared frente al hall, una enorme pantalla negra, encrespada por un tremor indistinto, un rumor de agua en el fondo; su cara aparece en esa oscuridad, una fotografía de principios de los años setenta. Cabeza que emerge de las aguas negras, ojos febriles, picarescos; hilos de sudor, gotas de agua le escurren a lo largo de sus pómulos panonios. En medio de la sala, el submarino, un U–boot de la marina real de la Primera Guerra Mundial, adquirido o procurado a saber cómo. “Compro y vendo submarinos usados”.Voz pomposa, insinuante. Reconstruida, con una hábil elaboración de diversas grabaciones radiofónicas en Radio Trieste. Un inocuo anuncio de compra y venta que deviene, gracias a la voz —editada, es decir, verdadera, absoluta, no la casual y cambiante del momento en el que se habla—,embeleso, la proposición de un rufián en la sombra.

Entrar en el Museo como se ingresa a un club nocturno, promesas de neón; podría ser una buena idea, pensaba Luisa. Aun si faltaba el punto culminante, la atracción más buscada y comentada, esos famosos diarios. Un misterio iniciático, carente del dulcis in fundo, la espiga de trigo que consagra al adepto.

 

***

¿Qué es lo que se pudieron haber dicho, el sargento norteamericano que sobrevivió ileso a las granadas alemanas que parecían llover a lo ancho de la Línea Gótica sobre la Buffalo Division, 92 Infantry Division, la primera unidad formada completamente por soldados afroamericanos, que posteriormente llegaría con la 88ª División a la ciudad adriática suspendida en un vacío histórico —TLT, Territorio Libre de Trieste, Tierra de nadie, caricatura de la historia— y la judía triestina que a veces parecía avergonzarse de haber escapado con vida de las cachiporras y de la chimenea de San Sabba, que parecía avergonzarse, sobre todo, de su adolescencia feliz en Salvore, de ese mar y de ese viento y de ese perfume de mar y de pinos en los que ella zumbaba como una gaviota, mientras que en la otra parte del Golfo se levantaba —quién sabe, se preguntaba a veces Luisa, si, aguzando la mirada, se le podía ver, probablemente no, pero…— ese humo que también era su abuela y también aquellos que se habían vuelto humo por culpa de su abuela. Desde las pequeñas ventanas de Via Tigor, orientadas hacia la colina de San Vito, no se veía el mar. Su madre lo había elegido —Dios mío, no es que tuviese muchas posibilidades de escoger— porque no se veía el mar, porque desde esa noche en la terraza, con Ester, le hacía daño mirarlo. Ya, también ella había terminado por detestar el mar, por detestarlo incluso más de cuanto lo detestase ese otro capaz de amar solo el hierro y el fuego, porque ella lo había amado más que cualquier otra cosa, y se odia más que cualquier otra cosa aquello que se ha amado y que ya no se puede amar.

Esa noche entré de la nada en la historia del mundo, pensaba Luisa ordenando los papeles. No imaginaba, no quería imaginarse esa noche, por el pudor de los hijos a los que les molesta pensar en los padres como amantes y que se pasan de largo este irritante y en el fondo poco creíble pensamiento; la historia de la cigüeña, en ciertos casos, no es tan estúpida. También le molestaba preguntarse si se habían amado; si se amaban, incluso si ciertas miradas que habían captado por casualidad, como una gaviota atrapa un pez que se desliza sobre el agua, le hacían pensar que sí; tierna mirada, casi tiernamente irónica la de él, una sonrisa apenas esbozada, ni siquiera una sonrisa, el instante antes de una sonrisa, una ligereza para eludir la pasión, mientras ella rehuía la mirada de sus ojos y los fijaba en un punto lejano, dura, pero una dureza que cedía, que poco a poco se abandonaba, los labios levemente entreabiertos, un beso a flor de boca, una dulzura —severa, sí, pero dulzura al fin—, de otra manera, extraña en ese rostro.

El rostro del padre a veces podía revelar una tristeza todavía más profunda, más antigua; una historia también de esclavitud en Egipto y de cautiverio judío en Babilonia, de Galuth, de exilio, que se remontaba a tiempos remotos y se dilataba en espacios no menos vastos a aquellos en los que los hijos de Israel se habían esparcido por toda la Tierra. Cómo aparecían fuera de foco, banales, respecto a la cara negra de su padre y a la de su madre de grandes ojos oblicuos como lunas —o incluso respecto a la mirada afectuosa pero indescifrable del tío (tío abuelo, para ser más exactos) Giorgio bajo sus tupidas cejas blancas—, las caras de los demás, de los conocidos que se encontraba en la oficina o durante la cena, caras de actores ignorantes de que existan otras representaciones, en el destino, más allá de los que están interpretando, máscaras de ese teatro del mundo para el que habían comprado un abono esperando un lugar en un palco.

Era eso, sentía curiosidad de saber qué fue lo que pudieron haberse dicho al inicio, antes de darse cuenta, o sin todavía querer darse cuenta, de lo que sucedería, que ya estaba sucediendo. Afortunadamente existen las frases de circunstancia, las formalidades, las reglas de la buena educación, esa lengua aséptica e inocua en la que se traducen los opacos embarazos del corazón, incluso cuando no se es un traductor de profesión. Pero hablar, decir la palabra que salva… ¿Cómo podremos cantar las canciones de Sion en tierra extranjera? Lenguas mutiladas de exiliados que solamente tienen en común eso que les falta, un lugar propio en el mundo, y que se reconocen tocándose en el silencio y en la oscuridad, como prisioneros en una celda, o en la respiración entrecortada por el prolongado errabundear. Dere’s no hidin’ place down dere, I’m burnim too. ¿Cómo podremos cantar las canciones de Sion en tierra extranjera? No hay lugar donde esconderse, también yo me quemo. Sin embargo han, hemos sabido cantarlas, pensaba Luisa, go down Moses tell old Pharao to let my people go, y el pueblo se ha esparcido por el mundo, a menudo inhóspito al igual que una prisión.

Deep River, el río Jordán es ancho y profundo, un río que todavía se tiene que atravesar, un río que siempre se tiene que atravesar, la Tierra Prometida siempre está del otro lado. Las mismas canciones, canciones de tribus perdidas, diez de Israel, innumerables de África; no hay lugar dónde esconderse aquí o allende el río y el mar, bajo el sol atroz que expone la presa al cazador. Corre negro corre, también yo me quemo, travesía del desierto, el tren blindado corre a Treblinka, el hedor de los cuerpos amontonados y de la estancada nube de sus respiraciones ya es ese olor ácido que advertirán dentro de poco, dejando para siempre de olerlo un instante después. El tren de la Historia tiene mal aliento, también a las SS les provoca náusea ese olor, no es agradable para nadie, aun si les proporciona satisfacción ver cómo apestan los judíos. Entonces es verdad lo que siempre se ha dicho, ahora que ya no pueden esparcirse ungüentos y otras porquerías de Oriente se nota lo sucios que son, aun cuando fueron empujados bajo esas duchas seguirán estando sucios. El aliento ya no huele mal, es verdad, porque ya no hay aliento que salga de la boca, pero el olor de toda esa masa amontonada es desagradable, afortunadamente las cuadrillas están trabajando y el horno, el fuego que purifica toda suciedad, de inmediato se ha puesto en acción.


*Traducción de María Teresa Meneses