Carnavalesca

A fuego lento.
'La hora mala' (Tusquets, México, 2016).
'La hora mala' (Tusquets, México, 2016).

No han transcurrido ni diez páginas de La hora mala (Tusquets, México, 2016), que por lo demás se lee en el lapso que dura una buena sobremesa, y ya el lector se siente a merced de una delirante imaginería teatral. No hay nada de extraordinario en el cuerpo moribundo de un joven que yace a mitad de la acera y a mitad igualmente del paso vehicular después de caer desde lo alto de un edificio, y tampoco en los espontáneos que convoca. Lo que resulta en verdad extraordinario es el esforzado trabajo de Luis Panini para desplegar un abanico anecdótico sobre la probable identidad de ese joven y las razones por las cuales yace con el cráneo machacado.

Pisamos terrenos de un arte especulativo que multiplica las posibilidades de modo finito, pues finito es el elenco de personajes y el del tiempo de sus actos. O quizá sería mejor decir el tiempo de sus palabras. Dije que La hora mala alcanza la dimensión de una delirante imaginería teatral porque, antes que por los hechos o los pensamientos, los personajes se definen por sus palabras. No llegan a ser una decena y aparecen y reaparecen o desaparecen después de aventurar una historia y... mientras más descabellada, más digna de atención. En cada uno reconocemos a un fabulador que, tras el necesario proceso de seducción, se zambulle en la corriente general de la vida hasta alcanzar esa orilla donde solo importa la pericia para conducir la narración. Especulan el vecino, el ama de casa, el empleado de la funeraria, el mago, la beata... y lo hacen con tanta convicción que el cuerpo moribundo termina perdiendo su investidura humana y convirtiéndose en un vano pretexto para ejercer la palabra. Conservan todo menos la inocencia pues, movidos por sus prejuicios religiosos, su estabilidad matrimonial, su estulticia laboral o su indecente apego a un horario, son capaces de adelantar las más inescrupulosas hipótesis y posponer el acto supremo, el gesto solidario. Preocupados por convencer a sus interlocutores, se olvidan de prestar auxilio.

Es fácil imaginar que por La hora mala corre el sentido del humor. Corre, en efecto, pero siempre a velocidad moderada. Ni siquiera cuando ha podido convencernos de que la gente ordinaria es, si bien se mira, desusadamente extraña, incurre en el exceso. Si al humor agregamos la utilización —también a cuentagotas— de un lenguaje anacrónico, obtendremos una atmósfera que debe mucho a la farsa. Por momentos, creemos asistir a una mascarada.

Luis Panini huye de las presencias ominosas que han establecido su base en las letras mexicanas de las últimas dos décadas: el narquillo indigno ataviado con camisa vaquera, el político que despacha en una cantina, el reportero de corazón puro, la fogosa meretriz sobreponiéndose a un orgasmo múltiple. Enseña todavía algo mejor: aunque nacido en Monterrey, no pierde la cabeza suscribiendo alguna preceptiva norteña. Sin aspavientos, con La hora mala ha ingresado al club insólito de escritores que anteponen la elegancia al exhibicionismo y el alarido a la mitad del foro.