Caradura y Dos–caras

Caracteres 
No se lo confunda con el Jano bifronte de la mitología romana. Mientras un rostro de ese legendario rey del Lacio mira al futuro y el otro al pasado.
No se lo confunda con el Jano bifronte de la mitología romana. Mientras un rostro de ese legendario rey del Lacio mira al futuro y el otro al pasado. (Especial)

No se lo confunda con el Jano bifronte de la mitología romana. Mientras un rostro de ese legendario rey del Lacio mira al futuro y el otro al pasado, ambos rostros del dos–caras bizquean hacia el presente confuso de su propia conveniencia.

También se lo conoce como caradura, porque se necesita un sólido cinismo para vivir de un modo y pensar (o decir que uno piensa) de otro completamente distinto y aun opuesto.

Se encuentra en todas partes, pero por alguna razón genética o histórica prolifera en México. El emblema clásico del dos–caras local representa a un individuo amigable que te abraza para apuñalarte por la espalda.

El caradurismo es ley en nuestra república de las letras. Siempre dependientes del Estado (desde la benevolencia de los virreyes hasta los apoyos de las instituciones culturales, pasando por la diplomacia y otros puestos públicos concedidos por los políticos), los escritores mexicanos se sienten culpables. Y ante el dilema de reconocer que forman parte del establishment o renunciar a los beneficios del establishment, muchos optan salomónicamente por beneficiarse tanto como puedan y a la vez criticar hasta donde puedan a otros beneficiarios.

En la lucha (libre) para obtener y juntamente cuestionar el óbolo del gobierno, los luchadores más aguerridos no son los novelistas (cuyos libros se venden) ni los ensayistas (capaces de argumentar su causa en los periódicos) sino los poetas (confinados por la escasa popularidad del género y por su gremial ineptitud para la prosa a la arena deletérea de Internet).

Qué ponzoñosos tuits les lanza la ruda Tamara a sus muchos enemigos (todos los que no admiren irrestrictamente su obra). Con cuánta saña bulea en Facebook a sus pocos amigos (que se atreven a aconsejarle moderación). No importa que en sus tiempos de promotora cultural haya sido sectaria: hoy milita con vehemencia contra el sectarismo. No importa que haya recibido y siga recibiendo cuantiosos cheques de las instituciones: aun así embarra de injurias a los institucionales. No importa que esté solicitando una beca más: ella fustiga en su poesía los crímenes de Estado y la corrupción.

Entre los apóstoles simultáneos de Dios y del Diablo la aventaja solo el cavernario Padura, azote de cuantos difieran de él. Recitador de versos simplones, detesta la poesía elaborada. Versificador de lugares comunes, lo enfurecen los poemas esquivos. En las redes sociales se declara excluido, marginado, perseguido. Pero solo incluye a amigos y comparsas en la revista que edita (con dinero del erario) y en el festival de letras que dirige (con dinero del erario) y en los talleres de poesía que coordina en todo el país (con dinero del erario). Si fuera por Padura, no tendrían becas, ni publicarían, ni siquiera existirían, otros poetas sino él y los suyos.

Para qué desenmascarar a estos campeones de la duplicidad (piensas) si no te dan tanta rabia como lástima: pues más, mucho más que medrar, Tamara Dos–caras y Padura Caradura querrían gustar.