Camilo José Cela: 100 años

Opinión
Camilo José Cela
Camilo José Cela (Archivo CJC)

El 11 de mayo de 1916 nació en La Coruña, España, el polémico escritor que habría de recibir el Premio Nobel de Literatura en 1989, y cuya obra inspiraba sentimientos encontrados por su carácter tremendista. Colaborador del franquismo, lenguaraz, provocador y desdeñoso de sus colegas, el centenario de su nacimiento se conmemorará con una edición sin censura de La colmena y otros dos volúmenes.

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Camilo José Cela llegó de traje y corbata a los estudios de Televisión Española (TVE), le polvearon el rostro y esperó con paciencia la indicación de los técnicos para sentarse junto a la entrevistadora. Después de unos anuncios, los camarógrafos lo enfocaron en medio plano y la conversación, en vivo y en directo, dio inicio con las cortesías correspondientes. Dos minutos después, Mercedes Milá, conductora del programa Buenas Noches, le preguntó:

—¿Qué cosas han contado de usted que usted no haya hecho?

—Bueno —respondió el escritor en tono serio—, dicen que me solté un sonoro pedo en el Congreso mientras dábamos forma a la nueva Constitución. Y eso es mentira. Para interrumpirle un discurso a cualquiera, haría falta el pedo de un elefante y no el de un gallego. Además yo soy, como todos los españoles, pedorro domiciliario y no pedorro transeúnte. Pero, por ejemplo, la habilidad que tengo de absorber litro y medio de un solo golpe por vía anal…

—¿Cómo? —interrumpió Milá, desconcertada.

—Sí, sí. Si quiere tráigame una palangana y lo demuestro.

—Es decir: ¿coge una palangana con litro y medio de agua, se sienta encima y la absorbe?

—Sí. Y esto lo hace muy poca gente, ¿eh? Y esto que es cierto sobre mí, nadie lo dice.

Aquella noche de 1982, Cela refrendaba en horario estelar su fama de escatológico. Habían pasado casi 20 años desde la publicación de Izas, rabizas y colipoterras, su tipología de prostitutas que escandalizó al régimen franquista; su Enciclopedia erótica había hecho que la España de la Transición “se pusiera cachonda”; y ya habían sido publicados dos tomos de su Diccionario secreto, sobre penes, testículos y una serie de palabras “malsonantes”. Así que para entonces este hombre, que el 11 de mayo habría cumplido 100 años, ya se había consagrado en el espectro de las letras españolas y era reconocido hasta por quienes no lo leían. No obstante, detrás de ese personaje que él mismo creó y prodigó, estaba una producción literaria que sería reconocida con el Premio Nobel de Literatura. Porque, como dice el crítico literario Ignacio Echevarría, “esa encarnación de lo más soez, brutal, escatológico y machista de la España carpetovetónica era, al mismo tiempo, un escritor asombroso y audacísimo, dueño de un proyecto narrativo desarrollado a lo largo de seis décadas con una constancia, un rigor y una exigencia sin casi parangón en la tradición española”.

Camilo José Cela fue un niño expulsado de varios colegios de monjas y frailes que aprendió a leer hasta que cumplió siete años. Nació en un pueblo de la provincia de La Coruña (Galicia) llamado Iria Flavia, pero pronto se lo llevaron a vivir al puerto de Vigo y luego a Madrid. Estaba a punto de acabar el bachillerato cuando se enfermó de tuberculosis pulmonar y permaneció internado en un centro durante casi dos años. Ese periodo influyó en su vocación literaria, pues al estar postrado en una cama de hospital lo mejor que podía hacer para pasar el tiempo era leer. Leyó a los clásicos y a José Ortega y Gasset. Leyó como si los libros fuesen un salvavidas.

Comenzó a estudiar Medicina en la Universidad Complutense de Madrid, pero no tardó en irse de oyente a las clases del poeta Pedro Salinas, en la Facultad de Filosofía y Letras, pues el muchacho quería enseñarle al maestro unos poemas que había escrito en sus ratos libres. Salinas lo guio con sus consejos y Cela tuvo claro que su destino sería escribir.

En eso estaba cuando estalló la Guerra Civil y fue llamado a unirse al bando nacional, con Francisco Franco al frente. Lo hirieron en la primera batalla y, cuando se recuperó, fue declarado oficialmente “inútil total” para las labores militares. Entonces, en abril de 1938, escribió una carta al Cuerpo Policial de Investigación y Vigilancia para ofrecerse como delator de “colegas con conductas en contra de la patria”. Lo llamaron para ser censor de publicaciones y, además de cumplir esa función, no dudaba en sugerir a quién sobornar para “ensanchar el grupo de intelectuales que fueran fieles al sistema”.

Acabó la guerra y el joven gallego se apuntó a estudiar Derecho. Pero su verdadera pasión seguían siendo las letras y se puso a escribir su primera novela, que sería publicada en 1942: La familia de Pascual Duarte, una obra con un estilo calificado como “tremendista”, en la que abundan las escenas violentas, truculentas y sórdidas y con la que, para muchos, renació la literatura española después de la Guerra Civil “de forma oficial”. Pero en esos años de posguerra, llenos de hambre y oscurantismo, los libros tenían éxito entre muy pocos y él ya era un señor casado (con Rosario Conde: su mujer y secretaria y asistente y confidente) y poco después nacería su único hijo, Camilo José Cela Conde. Así que el escritor no tuvo más remedio que ganarse la vida a golpe de tecla. Comenzó a colaborar en los periódicos Arriba y La Vanguardia (sin meterse en política, claro. Solo haciendo alarde del costumbrismo y el paisajismo español). Esos artículos le servían para comer y, al mismo tiempo, para ejercitar su estilo literario y tener mayor eco entre el público, algo en lo que se enfocaría hasta el último día de su vida.

Esa “cotidiana pelea por el garbanzo”, como él mismo se refería a ese periodo, se vio afectada cuando lo echaron de La Vanguardia por no querer hablar de las “bondades” del Congreso Eucarístico Internacional que se llevó a cabo en Barcelona en 1952. Además, un año antes la censura había prohibido la publicación de La colmena, “por su abundancia de escenas eróticas” (la novela, sin embargo, saldría de una imprenta en Buenos Aires y la crítica hispana se fijaría con interés en ella). Un dictador lo salvaría de las dificultades económicas. No Franco, sino uno del otro lado del charco: Marcos Pérez Jiménez, quien lo invitó para que escribiera la historia literaria de Venezuela.

“Para entonces ya Cela era un autor conocido. Su Viaje a la Alcarria era uno de los libros más importantes de la literatura de viajes en español y su desenfado verbal, humor, costumbrismo y exabruptos habían calado hondo entre la población de todo el país. En el extranjero, La colmena, todo un testimonio de la posguerra, lo había revelado como uno de los grandes autores contemporáneos de España, uno que escribía desde dentro, además, y no desde el exilio, como tantos otros que se habían ido después de la guerra. Su ingreso en la Real Academia de la Lengua lo consolidó como uno de los sabios de las palabras y a él le encantaba interpretar ese papel”, explica Ignacio Echevarría.

Muerto Franco, con su elección para formar parte de las cortes constitucionalistas (por designación del rey Juan Carlos) y con su asidua presencia en los medios de información, Camilo José Cela se convirtió en un personaje reconocido y fundamental de la vida pública española. Un día, cuando se dirigía al Hotel Ritz de Barcelona, un par de malandros se le acercaron para asaltarlo, pero cuando vieron el rostro de su víctima solo atinaron a decir “perdone, don Camilo, no lo habíamos reconocido” y se fueron al instante. Solía apoyarse en su fama para darse varias licencias. Una vez, la periodista Pilar Trenas llegó con las cámaras de TVE (única empresa española de televisión hasta 1990) a casa de Cela para realizar “una entrevista relajada y distendida”. Estaban los dos charlando en la orilla de la alberca de la casa y, de pronto, Trenas le preguntó qué le parecería que una mujer importante se le acercara para decirle que le hiciera un hijo. Cela se rio, dijo “¡qué disparate!” y con un empujón lanzó a la reportera al agua.

Su ego había crecido demasiado y se esforzaba por imponerse a todo y a todos. Con sus argucias lingüísticas, sobre todo. Durante una de las sesiones constitucionalistas de 1977, cuando se apuntalaba la democracia para desterrar por completo la dictadura, Cela se quedó dormido en su escaño. El presidente de la Cámara de Senadores dijo elevando la voz ante el micrófono: “el señor Cela está dormido”. Todos voltearon a verlo y él reaccionó rápido: “No, señor presidente. No estaba dormido sino durmiendo”. El presidente replicó: “¿Acaso no es lo mismo estar dormido que durmiendo?” La contestación del escritor fue contundente: “No, señor presidente. Como tampoco lo es estar jodido que jodiendo”.

Sus aspiraciones siempre apuntaron a lo más alto. En otra ocasión, en medio de una tertulia de escritores, soltó: “Ya verán cómo dentro de un tiempo recibiré el Nobel e iré a recogerlo acompañado por una mujer muy joven y rubia”. La “profecía” se cumplió en 1989, cuando fue a Estocolmo a hacer exactamente eso con su entonces nueva pareja, la periodista Marina Castaño (joven y rubia). Cuenta el escritor y periodista Juan Cruz que poco antes de que recibiera el máximo galardón literario, el autor de Pabellón de reposo se dedicó a denostar a la nueva generación de escritores que empezaban a opacarlo (Antonio Muñoz Molina, Javier Marías). “Decía que había una maniobra oficial por parte del gobierno socialista de Felipe González para hacerlo a un lado y que El País se había prestado a ello al publicar un artículo de Julio Llamazares, donde se criticaba que todo mundo le diera las gracias y que anduviera diciendo que no tenía sucesor porque los jóvenes escritores de entonces no tenían talento. Fui a Estocolmo a cubrir la entrega del Nobel para el periódico y Marina Castaño no dejó de ponerme obstáculos, pues no le había gustado que lo que ella consideraba ‘un medio anti Cela’ estuviera ahí presente. Entonces Camilo llegó y dijo: ‘hay que dejar trabajar tranquilo a Juanito’. Luego se me acercó al oído y remató: ‘pero tráeme el cadáver de Julio Llamazares’. ¡Le molestaba profundamente que lo criticaran!”

La conmemoración del centenario de este “hombretón de barriga prominente y boca llena de sentencias”, como lo definió una vez el periodista César González Ruano, está siendo más bien discreta. La fundación que lleva su nombre, primero gestionada por Marina Castaño y ahora por el hijo del Nobel, Camilo José Cela Conde (después de que ambos pleitearan en los juzgados, por el control de la fundación y por la herencia), ha anunciado una reedición totalmente “sin censura” de La colmena, la publicación de una antología de sus artículos periodísticos y de una selección de sus cartas enviadas, sobre todo, a su primera esposa, así como la realización de algunas conferencias en universidades para rendirle homenaje a su figura y a la totalidad de su obra. Quizá a él le hubiese gustado algo más pomposo y extravagante.