Caída

Lo que contemplas.
George Cruikshank,  1848.
George Cruikshank, 1848. (© Wellcome Library, London)

Cuando el artista retrata la realidad, ¿qué se gana o se pierde con la obra reintegrada que es, inevitablemente, cultura?

Tomemos por ejemplo Descubierta ahogada, de George Frederic Watts. Una joven, humilde a juzgar por sus ropas, yace a la orilla del Támesis bajo un arco del puente de Waterloo, los brazos abiertos como en la cruz, una sola estrella velando por ella en el cielo sórdidamente gris.

Imagen trágica, bella a su manera, romántica, es la que recibe al visitante en la exposición Fallen, en el Foundling Museum de Londres, dedicada al tan victoriano tema de la mujer caída: caída del pedestal de la respetabilidad merced al sexo extra–marital (ya fuera por amor, explotación o violación). Solían llevar el fruto de su vergüenza al hospicio de Coram, sede de la exhibición.

Ya el mundo victoriano idealizaba la tragedia. Muchas eran las mujeres que, desamparadas y excluidas, terminaban quitándose la vida; lanzarse a las aguas pestilentes del Támesis, entonces rebosante de inmundicia, era tan común en la vida real como en la poesía y las artes plásticas de la época. Las mujeres regresaban al fango que la sociedad les designaba, lavadas a la vez de su pecado por la muerte.

El Foundling Museum, como muchas instituciones y personalidades que querían redimir a estas mujeres (incluido Dickens), tenía las mejores intenciones, pero seguían siendo las de la moral prevaleciente. Lo que queda claro al leer las cartas de las víctimas desgarradas que dejaban a sus hijos en el hospicio, los registros de los interrogatorios a los que eran sujetas ante un comité de varones, es la extrema vulnerabilidad de las mujeres contra las que se usaba todo tipo de violencia sin que ningún hombre fuera jamás hecho responsable. Que su propia voz era considerada de segunda clase y su dolor seguía habitando el silencio es patente en la conmovedora instalación sonora de Steve Lewinson, con voces apenas audibles, suspiros casi, leyendo fragmentos de sus cartas.

La exposición hace cuanto puede porque lo que vemos y escuchamos no sea, simplemente, cultura; para que cuando veamos la estampa de Cruikshank de la mujer de faldas largas arrojándose al río no digamos: “¡Ah, los victorianos!”.

Mal haríamos en creer que su grito inaudible es cosa de novela. En el siglo XXI, el tráfico humano y la explotación sexual de mujeres y niños en el Reino Unido alcanza cifras espeluznantes. La violencia sexual es problema endémico en las escuelas y entre adolescentes, y la complejidad de una sociedad multicultural incluye los matrimonios forzados y la mutilación genital.

Decir: “¡Ah, los ingleses!”, o “¡Ah, el Islam!”, nos lo impiden los feminicidios en México.

La pregunta entonces va hacia una cultura global que sigue arrojando a sus mujeres de los puentes. La caída no es la de la respetabilidad, sino la del abuso y la violencia; la de una humanidad que no logra levantarse, y que aún trata a la mujer como una entidad incomprensible que se intenta forzar al silencio.