Elucubraciones de un solterón

Reseña
"Breves notas tomadas en la escuela de la vida" es editado por la Secretaría de la Cultura y las Artes de Yucatán.
"Breves notas tomadas en la escuela de la vida" es editado por la Secretaría de la Cultura y las Artes de Yucatán. (Especial)

Francisco Sosa es mucho más que el nombre de una calle. Nacido en 1848 en Campeche, cuando esta entidad pertenecía a Yucatán, tuvo una vida muy activa en la capital del país. Fue diputado y senador; presidente del Ayuntamiento de Coyoacán; mecenas de escritores; miembro de la Delegación Mexicana de la Lengua, la Real Academia de Historia, el Ateneo de Lima y la Academia de Ciencias y Bellas Artes de El Salvador; periodista, biógrafo, traductor. Autor de un surtido de libros de los que ya casi nadie se acuerda, publicó hacia 1910, en víspera del movimiento revolucionario, la primera edición de estas Breves notas tomadas en la escuela de la vida (Secretaría de la Cultura y las Artes de Yucatán/ Secretaría de Cultura, México, 2016), volumen de brevedades reflexivas que lo acreditan, de acuerdo con Javier Perucho, quien se ha encargado de rescatarlo para los lectores del siglo XXI, como “el iniciador del aforismo mexicano”.

Los aforismos pletóricos de mordacidad de ese solterón empedernido que fue Sosa cumplen a cabalidad con los requisitos que apunta Perucho en su liminar: son definitivos (es decir, categóricos, concluyentes), sorpresivos (reveladores, no excluyen la bilis), filosóficos, plenos y de innegable calidad literaria. Surgen de la tan dilatada como honda experiencia de vida del autor, que ha sabido verter su sabiduría en comprimidos destinados a moverle el tapete al lector, a sacarlo de balance, a desconcertarlo y hacerlo meditar sobre temas como el amor y sus múltiples rostros, la muerte, la soledad, la ambición, el elogio gratuito, la calumnia, los vericuetos de la convivencia en sociedad, la escritura y los libros, entre otros.

Estos cuchillos verbales dan en el blanco, hieren, levantan ámpula. Es sabiduría en comprimidos y, a veces, hiel en cápsulas. Se puede, quizá, etiquetar al autor de misántropo, misógino y desencantado, pero nunca de falso ni de superficial. Este hombre, cuya casa se conserva en el barrio de Coyoacán, vio apagadas hacia el final de su vida las luces de la fortuna y murió en la miseria. Su vasta experiencia, tanto pública como privada, las largas horas dedicadas al escudriñamiento de las virtudes y los vicios —sobre todo de estos últimos— que caracterizan a los seres humanos, supo verterlos en agudos aforismos. Meditabundo, no pocas veces ingenioso, dotado de la necesaria dosis de sentido del humor, pesimista pero sin perder, a pesar de todo, la esperanza de que la humanidad al fin se redima, se rescate a sí misma. Sosa nos proporciona en su libro las lecciones, con frecuencia amargas, que ha recibido, como él mismo dice, “en la escuela de la vida”.

Estos “disparos al aire” (José Antonio Ramos Sucre), estos granizos de sabiduría que se precipitan desde un cielo encapotado, pueden fracturar cráneos y reventar corazones. Sosa habla de la ambición, pero no la condena siempre y cuando no sea desmedida: “Cabe la nobleza en la ambición, mas si degrada en codicia, es capaz de toda indignidad y de toda bajeza”, apunta, sutil.

En otro aforismo, advierte a los presuntuosos, a los envanecidos, sobre su postrera y contundente desaparición: “La muerte no ve consumada su victoria sobre nosotros cuando hace que cese de latir nuestro corazón, sino cuando se extingue nuestro recuerdo en la memoria de los que amamos al vivir”.

No es casualidad que este autor prefiera el aforismo para expresar su pensamiento, derivado de sus vivencias, pues se pronuncia en contra del “hablar mucho”, que no siempre se corresponde con “hablar bien”. El vulgo prefiere a los charlatanes, a los locuaces que hablan mucho pero no dicen nada, en vez de atender a los que verdaderamente tienen algo que decir, aunque hablen poco. Hablar bien no consiste en emplear muchas palabras. Quien habla en demasía suele ser un timador que engaña a fuerza de palabras como el merolico de la plaza. Pero hay que guardarse, asimismo, de los que al escribir destilan frases venenosas y definitivas, de los que al escribir juzgan y acribillan al prójimo como si cada una de sus palabras fuera una pedrada: “Los que presumen de no escribir sino frases lapidarias, acaban por lapidarnos con ellas”.

¿Qué es el amor para este solitario? El amor es un dandi caprichoso que tiene en su guardarropa muchos vestidos, se nos ocurre al leer estas páginas. No solo se puede amar a otro ser sino que también se puede amar, por ejemplo, el poder, un libro, un confortable sillón o un coche. “El amor, como Proteo, reviste formas tan múltiples, que nada hay más absurdo que llamar amor únicamente a la atracción de dos seres”. Se puede orientar este sentimiento al mismo tiempo hacia varias personas, porque el amor, contra lo que pudiera pensarse, no es excluyente ni tiene límites.

En cuanto al mundo de los libros, Sosa nos previene contra esos volúmenes que nos abruman a fuerza de páginas y más páginas. Otra vez descubrimos aquí su predilección por la brevedad. “Ciertos libros son como las alcachofas: tienen muchas hojas y muy poca sustancia aprovechable”.

Quien escala en la sociedad o en la política mediante el fraude, la mentira o la difamación podrá alcanzar, en apariencia, la anhelada cima, pero no podrá engañar al ojo que sabe juzgarlo y reducirlo a su justa e insignificante medida: “Cometer bajezas para ascender a las cimas sociales o políticas, es demostrar que se es indigno de llegar a ellas”.

Somos esclavos de la sociedad a la cual pertenecemos. La dificultosa convivencia con los otros nos pide más y más, lo cual no quiere decir que obtendremos una justa compensación por nuestros esfuerzos y sacrificios: “La sociedad es el amo que mayores y más constantes servicios exige, y el que peor los recompensa”.

Un aforismo de indudable actualidad en el México que nos ha tocado vivir señala que debemos enderezar nuestros afanes a la preservación de la paz que tanto nos ha costado. En estos tiempos turbulentos, amenazada la paz social, conviene tener en cuenta la advertencia del yucateco contra aquellos que se sienten tentados a lograr sus fines por medios violentos: “Se pierde fácilmente hasta lo que con dificultad se alcanzó. Por lo tanto, la nación que ha conquistado los beneficios de la paz, debe, a toda costa, evitar su pérdida”.

En este mundo abundan los listillos: esos tipos que mediante ardides no del todo lícitos pretenden aventajar a los demás y obtener beneficios que no les corresponden. De engañabobos está lleno el mundo, parece decir el siguiente aforismo: “Desconfiad de los que todo el mundo califica de listos. Recordad que es muy frecuente en ellos el pasarse de listos”.

Somos vanidosos e intransigentes. En una simple charla queremos hacer valer a toda costa nuestro punto de vista incluso cuando nos demuestren que estamos equivocados. Es común que en una discusión de café, los adversarios terminen cada uno convencido más que nunca de la fuerza y veracidad de sus argumentos. Pero aun si conseguimos rebatir los argumentos del otro, raro será que se dé por vencido: “Podréis lograr convencer con vuestros razonamientos al que con vosotros discute; de lo que rara vez podréis gloriaos es de que lo confiese”.

No siempre escapa Sosa a la camisa de fuerza de la moral prevaleciente en su época, pero también en esos casos consigue hallar una filosa arista. Como en el siguiente disparo, no exento, por cierto, de cierta pátina misógina: “Los que se convierten en adalides de la mujer que cayó, lo hacen, no por noble generosidad, sino porque esperan alcanzar también sus favores”.

¿Y qué decir de los que usan peluca para ocultar su calvicie? ¿O de los que se tiñen el pelo para negar sus canas? Al leer el siguiente proyectil, conviene recordar que a principios del siglo pasado los tintes para el cabello no eran tan eficientes y naturales como los de ahora (¿los de ahora sí lo son?, cabe preguntarse). El aforista levanta su fusil, apunta y dispara: “Usar peluca suele ser una positiva necesidad; teñirse el cabello es siempre ponerse en ridículo voluntariamente”.

Más que recomendable es la lectura de este precursor del aforismo en México, ahora que esta modalidad literaria está tan en boga, como lo demuestran algunos libros de reciente aparición. Baste citar el volumen Lapidario. Antología del aforismo mexicano (FOEM, Toluca, 2015), de Hiram Barrios. Provecho y deleite, horas de meditación sobre los temas más diversos y no pocas sonrisas será lo que obtendremos una vez que nos animemos a probar el “jugo amargo” de estas elucubraciones de un solterón.


*mrf