Breverías

Minificción, aforismos o epigramas. El relato fugitivo ha cobrado un auge inusitado en tiempos de lo instantáneo y la concisión. Tres especialistas en el género presentan sus trabajos recientes.
Tommy Ingberg
Tommy Ingberg

Trizemas (1)

Josu Landa

A Armando González Torres


Nunca ames a nadie como a ti mismo: corres el riesgo de desencantarte más rápido.

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No es el tiempo lo que pasa. Eres tú el que pasa.

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Por el lugar en que se hallan, las bajas pasiones son las más fáciles de adquirir.

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La experiencia del Vacío absoluto tiene todas las trazas de una Plenitud absoluta. ¿Paradoja de un vértigo inefable o ardid de la Palabra siempre presta a decir hasta lo indecible?

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Al menos en castellano, “cítrico” es anagrama de “crítico”. 

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El lecho de Procusto sigue siendo el mueble de mayor demanda entre los políticos. La mueblería virtual donde puede adquirirse, desde hace milenios, ha extendido su franquicia por todos los confines del mundo, al margen de fronteras, religiones e ideologías.

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Ser dios y volverse hombre ¿no es una incitación a la decadencia como ley de la Historia?

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Hay que tener piel de monstruo, para lavarse con jabón hecho con grasa humana y seguir como si nada.

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Ciertas corrientes filosóficas han logrado que algunos llenen sus bocas y montones de cuartillas de nada.

(P.d.: El Filósofo Perro dice que eso se aplica a los oficiantes de todas las filosofías, pero eso es pura doxa —y de la peor: pura opinión personal)

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463. Descubrimiento del siglo: cada tanto, aparece un asesino, matando a la Gallina de los Huevos de Oro. Eso demuestra que ella es la verdadera Ave Fénix.

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Internet: la kriptonita de los culteranos.

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Palabras, palabras, palabras... Palabras, palabras, palabras...¿Qué más se puede decir?

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Plagiador: persona que nunca llega a las citas.

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La balada de Cioran: ahora que mi alma —esa impudicia— yace en el escupitajo que acabas de pisar, disfruta a tus anchas el premio prometido a tu hazaña: el asco.

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Obsérvenlo: se inviste y, acto seguido, embiste.

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Después de Armenia, Guernica, Auschwitz, el Gulag, Hiroshima, My Lai, los khemeres rojos, Sabra y Chatila, Sarajevo, Ruanda, Gaza, El Chorrillo... no se vale que la Mona Lisa siga con su sonrisita.

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La geometría también parece contar con asesinos en serie. ¿Cómo explicar, si no, que nos topemos con tanto punto muerto?

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Híbrido de profeta con sofista: eso es el intelectual moderno. Se entiende que haya fracasado en sociedades que claman por profetas puros y están hartas de la caterva de sofistas, que copan los más poderosos medios de expresión.

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Parece ser que al Diablo ya no le da por comprar almas. Es una lástima: ayudaría en algo a paliar tanta crisis económica.

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El sueño —el adormilamiento— de la razón genera monstruos, pero su excesiva vivacidad, también. Así que sólo le queda autogestionarse a diario el sedante que lo mantenga en equilibrio o batirse a muerte con sus engendros.

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Quienes hablan de dioses imbéciles están bajo sospecha de proyección.

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El espectáculo de quienes hablan de “Sociedad del Espectáculo”, como si hubieran descubierto algo nuevo, 2400 años después de la caverna de Platón.

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Anular el arte del vértigo en la gente, distraer ese anhelo con televisión, psicotrópicos, mercadotecnia e internet: psicotráfico y narcotráfico... lo demás es vil dinero.

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Triunfar... ya resulta obsceno. Hacerlo por temor al fracaso ya es cosa de cobardes.

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Asignaturas faltantes en el currículum de políticos, empresarios y burócratas: Vergüenza I y II, Teoría y Práctica del Escrúpulo, Arrepentimiento (Pasado y presente), Taller Optativo de Retórica del Sentimiento (Rubor, Lágrimas, Gemidos, Suspiros).

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Al menos, un tramo del camino hacia el infierno está empedrado con libros pésimos, malos, regulares... y alguno que otro bueno y aun excelente, colocado ahí con intenciones diabólicas.

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Bienaventurados los simples de espíritu, mientras permanezcan callados. Porque, en lo que abren la boca o se ponen a mandar sus tweets, agitan los peores demonios.

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El colmo del optimismo, según el pesimista: creer que algún día desaparecerá el género humano.

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Noticiero de Última Hora (Sección de Filosofía): "Fuentes bien informadas han confirmado que las Razones de Peso decidieron ponerse a dieta."

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La insaciable voracidad capitalista, en medio del desastre ecológico, anuncia una derivación insólita de la alquimia: la conversión del agua en oro.

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El próximo salto en la evolución humana o el proyecto prioritario de la ingeniería genética debe significar un golpe mortal al racismo: convirtámonos todos en camaleones.

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Lloraríamos sin rubor y hasta con alegría, si la sonrisa, en un acto de insólita caridad, le prestara su máscara al llanto.

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El silencio de la hierba al crecer, el silencio de las flores abriéndose, el silencio del perezoso cuando se mueve, el silencio de nuestros propios huesos al expandirse... Tantos silencios que no hemos podido aprender...

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Si voy a estar contigo, que sea sólo en las buenas. No quisiera ser incongruente.

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¿Nostalgia del Laberinto o del Minotauro?

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Ya que lo hacen con el agua, con el aire, con todo...los pretendidos amos del mundo deberían privatizar también el sentido común. A ver si así...

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Quieren que la verdad sea presentable, tersa, dulzona, digerible... Para eso está la mentira piadosa.

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¿Se imaginan el Apocalipsis, justo cuando se instaure de pleno la era de la Densidad?

 

Municiones

Guillermo Samperio

(Fragmentos del libro Maravillas malabares.Cátedra, 2015)


El amor enciende el corazón y apaga la luz.

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Lo mismo que las ideas falsas y verdaderas, las moscas tienen también un sitio en el pensamiento.

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La mosca es un punto y seguido que anda por toda la página en blanco.

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La mosca llena de puntos suspensivos el calendario.

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La gallina ciega es impúdica.

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En la canasta, las víboras se mezclan a la manera de un inquieto abecedario de letras góticas.

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Cuando el borracho se cae, se cae de lado.

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El apellido del borracho empieza con “ese” y terminas hasta las heces.

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Sobre la banqueta, las víboras dibujan las eses del borracho.

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Buda necesita correr o poner en práctica el método aeróbico de Jane Fonda.

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Los zapatos amarillos con bolitas rojas y verde limón lucen agradables en los pies de la esposa del payaso Tornillín.

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Los teléfonos negros están de luto.

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El cíclope bizco mira solo un lado de la vida.

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En mi mente de arena transita sobre el horizonte una caravana de camellos contra media naranja solar y una grácil palmera.

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Un cíclope tuerto tiene ceguera de altura.

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Mi cerebro naranja piensa a gajos.

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Los sueños espías son del desierto de la congoja.

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La brevedad es una catarina anaranjada.

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Mi mente es una arena gris entre la humareda de las fábricas.

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Sentí la cabeza vacía semejante a la caja que extraña sus zapatos nuevos.

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Cuando te llevaste tus cosas mi cabeza fue una legumbre que devora un sombrío topo.

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El durazno se sonroja.

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Las palabras de las nubes son de espuma de afeitar.

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Las mariposas están ausentes.

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Los vidrios de los trenes llevan untada la nostalgia.

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Las palmeras son el pentagrama del desierto durante el ocaso.

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En el país de los ciegos, el cíclope es el rey.

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Las amapolas son la fiebre del jardín.

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Para dormirse, las tijeras cierran las piernas.

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En tus labios nacieron golondrinas rojizas.

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La vanidad de la mujer se nota en su vergüenza por una bastilla deshilachada.

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Tu cabello es el sueño del campo de trigo

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El canto del gato es la llave del sol.

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La lluvia de papel la dibuja un lápiz.

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La balanza lentamente danza el minué de los miligramos.

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Vemos la luna nueva en el fondo de la botella celeste.

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La piedra de tus labios es mi corazón.

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Mis manos esbozan la media luna de tus hombros.

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El papagayo de tus gestos es una máscara ignominiosa.

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El libro de nuestra historia es un abanico destartalado.

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Un rostro sonriente dibujado con espuma de afeitar sobre el espejo es un buen saludo, pera también puede ser el inicio de una peste.

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El espejo huye, pero el tiempo se abrevia.

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La mirada del cíclope es un periscopio para ver las nubes.

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Un compás negro dibuja círculos viciosos.

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El acento de tu vida va en zapatos rojos al distanciarte de mi cama.

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Los barcos son un gran  pez de madera de que llevan sus aletas despegadas.

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Las cacas de la mosca son los puntos suspensivos del calendario.

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El secreto es un clavo en el zapato.

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La vestimenta de un cojo la confeccionó un diseñador manco.

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Un círculo vicioso se rompe por cualquiera de sus partes.

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Cuando el pianista toca, le lava los dientes al piano.

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Las tijeras del sastre son piernas que bailan can–can.

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La máquina del tiempo está descontinuada. El cuarzo la desplazó.

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En los platos de la balanza se sirve la sopa de coditos.

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Un fantasma es una sábana sin pies.

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Las cosquillas son las hormigas del cuerpo.

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El espejo que no miramos tiene agua de silencios.

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Las palmeras actuales son punks.

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El horizonte de un enano es de sexos.

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Por el ojo de una aguja vi la luna con una estrella y una palmera cruzada por un camello.

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Descartes pensó el amor como una bicicleta de tres ruedas.

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Asegura el fantasma de la Ópera que vio al Hombre Invisible.

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El triángulo amoroso es poliédrico.

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La dignidad del rinoceronte está en sus armas de siempre, en su traje acerado de guerrero, caballero medieval.

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Un rinoceronte sueña con los instrumentos de guerra de Aquiles.


Lola la parvularia

Javier Perucho

Fragmento de Enjambre de historias. Naveluz/ UNAM, 2015. Descarga gratuita


Lo en el jardín

En las mañanas de cada domingo, tendías un cobertor sobre el césped, deshacías sus arrugas como si plancharas un mantel o tu blusa, luego desanudabas los tirantes para despojarte del vestido y tenderte bajo el sol del mediodía tal cual yo te conocía: blanca del mentón hasta el dedo meñique de tu pie izquierdo. Negras nubes en el pubis, girones más negros en la frente y un cúmulo oscuro y desordenado flotando sobre tu cabeza, coronada por diminutas flores arrancadas del jardín, injertadas por mí mientras te contemplaba, alelado por tu osadía: posar sin corpiño ni braga ante el sol resplandeciente y la mirada azorada de los niños del vecindario que transitaban en sus bicicletas. Si la baranda no te encubría de los fisgones, menos yo podría hacerlo de las miradas de esos mozalbetes, la histeria de sus madres y el ánimo lascivo de los padres que se asomaban al jardín para arrobarse con el nido de aves que resguardabas entre las piernas.


Pilosías

¿Por qué solo bajo la regadera me rasura el pubis, don Humbert? En el jardín justo al mediodía, ¿no podría?


Solitaria

No sé cuándo lo aprendí ni quién me lo enseñó. Ya que don Humbert no me llenaba durante las noches ni con sus turgencias matutinas. Cuando entraba a la ducha y su cálida llovizna caía sobre mi cuerpo, mis manos tentaleaban la grieta de mis piernas hasta que sonreía, hasta que reía, hasta la carcajada profunda de una dicha sin sosiego. Luego enjabonaba el cabello. Con una esponja me esmeraba en mis piernas, brazos, axilas, rostro y manos. Cuando salía, Humbert me preguntaba, Qué tanto hacías ahí dentro, se oía mucho ruido. Nada, le respondía. Y seguía mi camino hacia la recámara para escarmenar y secar ese torbellino que sobrevolaba mi cabeza —así le decía don HH—. Pero antes de vestirme, clausurada la puerta con el cerrojo, el cordial de nuevo husmeaba entre mis labios vaginales, pero sin llegar hasta la carcajada.


Prostática

Míster Humbert, ¿por qué su mástil ya no se eriza?


Novelerías

Cuando Lolita envejeció, se convirtió en la protagonista de una novela sobre nínfulas.


Pioneros

Yo le pedía variaciones, le insistía cada noche con sus días, pero él era muy testarudo. Nada más se complacía con la grieta que mi pubis oscurece. Por eso busqué nuevos exploradores para que sofocaran los incendios que estallaban en mis grutas, planicies, laderas y colinas.


Genitálica

¿Ay, Humbert, por qué cada vez que hablas los genitales se asoman en tus palabras?

 

Reclamo

Le falta brutalidad, don Humbert. Azóteme, gríteme, regañe a su querida —eso soy para usted, ¿verdad?—. Enciérreme bajo llave, pero no me hable con esos melifluos pétalos de voz que no meten a la compostura, ni espantan, ni callan cuando lo ordenan.


Infidencias de Humbert Humbert

Retozaba con Lolita solo cuando su ciclo circadiano se anunciaba por los cólicos, justo en ese instante olía su cuenca, oteaba sus enaguas y, si mostraban rastros de sangre, me disponía a sorberla por la noche. Mentira que gozara de ella. Conmigo no conoció hombre. Únicamente me importaba su ninfulidad y la sangre virginal que escurría de su vértice, por eso nunca la penetré, ni la poseí por otros frentes. Sangre, virgen y nínfula: una promesa triplicada de vida: la mía. Nada más buscaba su sangre menstrual, que bebía directamente de su fuente, labios embrocados en otros labios. A ella no le gustaba —eso decía, la muy ladina, pero sus pupilas se iluminaban con lujuria gatuna a cada lengüetazo—, mas yo me afanaba hasta que dejaba de arañarme o empujarme o gritarme maldiciones con esa voz de carretonero ebrio para que no sorbiera más de su manantial. Al resistirse felinamente a que le chupara el líquido de su musgo, se intensificaban sus gemidos, espasmos y desmayos. Cuando terminaba su periodo —días de luna, así los llamaba Lolita—, ya en nuestro lecho le daba la espalda a esa mugrienta infanta pedorra. Yo lo único que quería era mantenerme sabio, joven y blanco sorbiendo sus fluidos. Nada más.