Borges sigue vivo

[Opinión]
Es notable el modo en que Borges, tal vez de forma involuntaria, encarnó una de las grandes señas de identidad de América Latina, que es el espacio de la frontera, ese lugar en donde todo tiene cabida porque todo se mezcla
Es notable el modo en que Borges, tal vez de forma involuntaria, encarnó una de las grandes señas de identidad de América Latina, que es el espacio de la frontera, ese lugar en donde todo tiene cabida porque todo se mezcla

En uno de sus extraordinarios ensayos, Juan Goytisolo afirma que la renovación de la literatura en lengua española en el siglo XX provino de dos hechos fundamentales que no se dieron en España sino en América Latina: la relectura que Jorge Luis Borges hizo de la obra de Cervantes, y la que José Lezama Lima hizo de Góngora. A partir de ahí, dice Goytisolo, la escritura en español recuperó su condición universal, enriquecida por una cantera de la que formaron parte autores como Octavio Paz, García Márquez, Vargas Llosa, Guillermo Cabrera Infante, Fuentes, Cortázar y tantos otros. Con ellos el castellano volvió a ser el vehículo de una gran literatura que rompió los confines de su propia geografía y se difuminó por todo el mundo, en una especie de segundo Siglo de Oro.

Esto quiere decir que en el principio estuvo Borges. En el principio, en el medio y en el final, pues si hay un autor latinoamericano del siglo XX que pertenece al canon de las letras universales es él. Esto podemos decirlo hoy, 30 años después de su muerte, cuando la literatura en lengua española ha recorrido otros caminos y cuando el paso del tiempo, que en el fondo es el gran tema del arte, nos va revelando la materia esencial de la que están hechas ciertas obras. 

Pero vamos por partes. ¿Cuál fue la gran revolución de Borges? William Ospina afirma que la cultura en la que vivimos no sería concebible sin él, pues de algún modo “trajo a América Latina todas las cosas del mundo”. Dicho de otro modo, la obra de Borges familiarizó a sus lectores con contenidos que provenían de culturas lejanas, en la geografía y en la Historia, sin necesidad de que todo eso pasara antes por España o cualquier otro de los centros culturales de los que América Latina era subsidiaria, pues él, con su inmensa curiosidad, fue directamente a las Eddas escandinavas, a Swedenborg y a los místicos en lenguas originales, a Dante y a la Biblia y a Platón, por poner solo unos pocos ejemplos, y lo procesó todo a través de sus obras, y por eso al leerlas uno tiene la sensación de estar en contacto directo con un legado que, de otro modo, habría tardado tal vez siglos en llegar por la vía de los tradicionales intermediarios. Esto indica que Borges, al escribir, fue también un gran divulgador de ideas y estéticas que, sin él, habrían sido sencillamente inalcanzables.

Es notable también el modo en que Borges, tal vez de forma involuntaria, encarnó una de las grandes señas de identidad de América Latina, que es el espacio de la frontera, ese lugar en donde todo tiene cabida porque todo se mezcla: la gran cultura de Occidente y de Oriente con la tradición criolla, las filosofías helénicas, las gestas épicas, la mística monoteísta del Mediterráneo con el austero fragor de las tradiciones de la pampa, Aberdeen y Stratford con Buenos Aires y el sur, “que guarda un puñal y una guitarra”. La periferia cultural que era América Latina vista desde Europa acaba transformada en El Aleph, ese gran “centro que está en todas partes” y que es la verdadera metáfora del Nuevo Mundo. De algún modo, Borges dejó sentada una verdad que tanto Lezama Lima, en Cuba, como Octavio Paz y Carlos Fuentes en el extremo norte de América profesaron: se es latinoamericano a condición de incorporarlo todo. La cultura del mundo nos pertenece porque ninguna tradición nos limita. Tal vez la gran influencia de Borges consistió en subrayar el hecho de que la cultura humana, toda, es una larga tradición que nos precede en muchas lenguas y que se ha escenificado en variados géneros, pero que a todos nos pertenece por igual y por eso debemos aspirar no solo a incorporarla a nuestra vida sino además a continuarla.

Y algo más, que está en Borges de un modo visceral: la alegría del conocimiento, el buen humor de la cultura. Borges, ciego, levanta la cara y esboza una sonrisa. Su amor por una frase, por un titubeo de Platón o Schopenhauer, provoca un resplandor en su rostro. Cuando habla de Dante y se fija en detalles increíbles, cuando nos sugiere que Platón fue el primer novelista al decir “Platón, creo, no estaba allí” en “La muerte de Sócrates”, o cuando le avergüenza que en alemán la palabra “luna” sea masculina. La cultura universal hará más intensa y feliz nuestra vida, pero esa cultura no es una agencia de pompas fúnebres, sino algo jubiloso. Su admirado Nietzsche lo esbozó en La gaya ciencia. El saber no está desligado de la sonrisa y esto Borges lo desarrolló en otro arte en el que fue genial: el de la conversación. Su repentismo, su ironía, su capacidad de síntesis, su humor negro y a veces su lúcida picardía, como cuando dijo que Lorca era “un andaluz profesional”, o que Cien años de soledad estaba muy bien pero que podría haberse quedado en cincuenta. Borges nos enseñó que vivir entre libros es uno de los muchos modos de ser feliz. “Que otros se jacten de las páginas que han escrito. Yo me enorgullezco de las que he leído”, dijo.

Pero si vemos su escritura, esa alegría de la cultura infinita está unida a un extraordinario rigor y a cierta prosodia, a una idea casi mística de que hay palabras que se buscan y desean estar juntas, y otras que se repelen. Porque Borges enseñó que un texto es un espacio de austeridad en el que solo sobrevive la palabra necesaria, y así es su escritura: desnuda de elementos hipnóticos, implacable, sorpresiva en su sencillez.

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Tal vez por eso, la obra de Borges no solo permanece intacta, sino que crece y revive en los nuevos lectores. Esto a diferencia de algunos de sus contemporáneos argentinos, como Ernesto Sabato o el propio Cortázar, que comienzan a ser golpeados por las nuevas generaciones y sus incómodas preguntas, que reconocen en los libros de Sabato la voz de un moralista algo cascarrabias que no siempre les agrada, y con Cortázar surgen dudas: ¿por qué los hombres de Rayuela se burlan de la poca cultura de la Maga, pero todos quieren acostarse con ella? Son las vacilaciones de los jóvenes lectores del siglo XXI.

Borges, en cambio, sigue siendo un referente porque la cultura latinoamericana de hoy —como dijo William Ospina— es en gran parte una creación suya. Una de sus herencias para las nuevas generaciones es el derecho a apropiarse de cualquier tradición, no solo de la propia y nacional. Como si Borges hubiera puesto un visado en los pasaportes de sus discípulos que les permitiría, a partir de él, visitar literariamente todos los mundos. Los mismos que él incorporó a nuestra cultura. Esto es algo que está en el ADN de la que podríamos llamar Generación de los Noventa, con autores como los de la antología McOndo, publicada en 1996, o los mexicanos del Crack, de ese mismo año. Borges hizo ver que no era obligatorio ser mexicano ni colombiano en cada libro, y así novelistas como Jorge Volpi, Alberto Fuguet o Ignacio Padilla se sintieron libres de escribir ficciones situadas en otras geografías y tradiciones, con personajes de otros mundos. “Olvidadizo de que ya lo era —dijo Borges, refiriéndose a su primer libro, Fervor de Buenos Aires— me impuse la obligación de ser argentino”. Estas palabras y su verdadero sentido fueron escuchadas por sus discípulos. Luego, un autor como Rodrigo Fresán decidió centrar su escritura en la reflexión sobre la propia escritura. Haber leído a Borges se transformó, de repente, en el convencimiento de que todo era posible y que nadie estaba obligado a escribir de un modo y no de otro.

Ahora bien, quien desea seguir en la estela de Borges debe contar con un gran talento y una extraordinaria originalidad, pues es muy fácil caer en lo que podemos denominar “escritura borgiana”, que en su versión más banal consiste en el uso indiscriminado de ciertos verbos, como “fatigar” de forma transitiva (“fatigó los oscuros corredores”) o de ciertas frases iniciales al estilo de “Antiguas leyendas permiten afirmar”... La prosa de Borges, como la de García Márquez o la de Cortázar, tiene un fuerte acento en lo formal que delata a cualquiera que desee cobijarse bajo su sombra. Quienes hemos sido jurados de premios literarios a obras no publicadas sabemos que hay un verdadero ejército de escritores borgianos que se quedaron atrapados en su prosa (igual que hay garciamarquitos cortazaritos, y más recientemente bolañitos).

No son los únicos casos y por supuesto hay verdaderos escritores, algunos muy grandes, que lograron entrar en su tradición sin transformarse en copistas. Autores que partieron de Borges para ir hacia fronteras literarias más lejanas. Veamos algunos casos. Uno de ellos fue Roberto Bolaño. Su primer libro publicado, La literatura nazi en América (1993), es una clarísima relectura de Historia universal de la infamia, de Borges, que a su vez se basa en las Vidas imaginarias, de Marcel Schwob. Bolaño, como Borges, estructura el libro en una serie de biografías apócrifas, en su caso de escritores latinoamericanos de ideología nazi, lo que le permite crear una suerte de “Bestiario latinoamericano” y a la vez hablar de los problemas del continente, tal como hace Borges, solo que con un pasado más remoto, pero ambos configuran la idea de que este continente, en su extraordinaria historia, también puede ser el nido de las más pavorosas serpientes. Para Bolaño, Borges fue el centro del canon literario y, a su vez, las nuevas generaciones consideran a Bolaño el eje insoslayable de una temática posterior al Boom que expresa la desesperanza de la juventud y su deseo suicida de continuar creyendo y apostando por la poesía. Pero Bolaño, que fustigó a los autores del Boom en sus textos, jamás tuvo una palabra que no fuera de admiración hacia Borges, al cual idolatraba y a quien, de algún modo, prolonga y enriquece en sus libros.

En la literatura argentina, César Aira es probablemente el autor que más sigue una senda borgiana. En su libro Ema, la cautiva, por ejemplo, el segundo capítulo comienza así: “Tan invariable era la configuración de la pampa que en el curso de toda la mañana solo tuvieron que desviarse unos cien metros”. Ahí se ve la temperatura de Borges, su lenguaje sencillo y conciso, pero puesto al servicio de algo más. Aira tiene su propio mundo, y en él está sobre todo esa profunda libertad que Borges promulgó y obtuvo para la escritura. Y algo más: la brevedad. Las novelas de Aira, ninguna de más de 150 páginas —aunque dependiendo del tipo de letra—, parecen sentir la nostalgia del cuento; y a cambio son precisas, rigurosas e implacables, otro rasgo en el que podemos reconocer la huella de Borges.

Uno de los autores colombianos de más éxito en el mundo, Héctor Abad Faciolince, tituló el libro en el que narra el asesinato de su padre con un verso de Borges:El olvido que seremos (“Ya somos el olvido que seremos”) pues el día en que lo mataron, el doctor Héctor Abad Gómez llevaba ese poema en el bolsillo, copiado a mano, para leerlo en el funeral de un sindicalista que había sido asesinado el día anterior. A raíz de este episodio, Héctor Abad Faciolince buscó el original del poema y no lo encontró en las obras completas, lo que dio pie a una intensa búsqueda bibliófila que lo llevó a escribir un segundo texto llamado Un poema en el bolsillo. De algún modo, la obra de Borges gravita en torno a la de Abad Faciolince, aunque de un modo trágico, pero es que en el fondo cada escritor, sea de la generación que sea, lleva a su propio Borges consigo. Esto se ve también en William Ospina, que al igual que Borges ha ido creando una obra conformada por poesía y ensayos de factura muy literaria.

Autores más jóvenes como Andrés Neuman o Juan Gabriel Vásquez también habitan un ecosistema en el que Borges está presente a través de sus variadas metamorfosis: el interés por ocupar literariamente los resquicios o las zonas de penumbra de la Historia, el interés por incorporar la literatura y en general la cultura como parte esencial de la novela, el rigor del lenguaje y sobre todo la mezcla de géneros, esa voluntaria supresión de las fronteras literarias que permite transformar en cuento fantástico lo que empezó siendo un ensayo, o viceversa.

Es cierto que todos estos aspectos pertenecen no solo a la obra de Borges, sino también a la de muchos otros autores, pero al estar en sus libros pareciera que influyen más y que repercuten con mayor fuerza en la escritura de las generaciones que lo sucedieron en estos 30 años, y por eso su imagen de autor totalizador, que no solo dejó una obra magistral sino que además abrió todos los caminos, es la que seguimos viendo hoy, al recordar ese 14 de junio de 1986 en el que su escritura se detuvo, dando inicio a una nueva serie de infinitas e inagotables lecturas.